¿Polo, es mejor cometer injusticia o sufrirla?

Releyendo a Platón. Diálogos. El Gorgias II

INTRODUCCIÓN

Publicamos, como dijimos la semana pasada, la parte del diálogo en la que Sócrates y Polo conversan. Parte la cual, personalmente, he llamado “segunda parte del diálogo del Gorgias”. La última parte -diálogo con Calicles- lo publicaremos la semana que viene para acabar, por fin, este buceo a modo de resumen del gran diálogo.

   Sin hacer una introducción muy extensa debo advertirles que es preferible, por no decir obligatorio, leer primeramente la primera parte del Gorgias; de la cual hablo aquí.

   En esa otra publicación que acabo de mencionar, hago una introducción como es debida a esta obra, la cual invito a que se lea para comprender mejor qué es el Gorgias y la repercusión que puede llegar a tener, además de entender mejor el contexto histórico donde se escribe y así, tener una idea notable sobre este diálogo.

   Sin más dilación, en esta parte del diálogo -preciosa a mi parecer- veremos la lucha continua entre Polo y Sócrates. Veremos y entenderemos por qué a Sócrates se le ha definido siempre como una persona con un don especial en el ámbito de la oratoria.

 

GORGIAS: SEGUNDA PARTE

DIÁLOGO CON POLO

Polo comienza su interlocución espetando a Sócrates que sería rústico llevar dicha conversación con Gorgias a tales extremos. Comenta que no puede ponerse en duda que la retórica no sepa qué es la justicia, además de que, Gorgias puede enseñarla a los demás (Polo deja entrever que el fallo de Gorgias ha sido el dejarse llevar por los senderos espinosos que quería Sócrates).

   Sócrates le dice a Polo que hace bien en intentar rectificar a los mayores, siendo él joven, en el diálogo si algo ha sido mal dicho. Pero antes, cómo no, Sócrates le pide a Polo que sea prudente con las respuestas que le va a dar a sus preguntas, como ya hizo con Gorgias. Polo medio sorprendido le pregunta si no va a poder responder todo lo que él piense, a lo que Sócrates, con gran virtuosidad, le responde lo siguiente, a saber:

SÓC. –– Sufrirías un gran daño, excelente Polo, si habiendo venido a Atenas, el lugar de Grecia donde hay mayor libertad para hablar, sólo tú aquí fueras privado de ella. Pero considera el caso contrario: si tú pronuncias largos discursos sin querer responder a lo que te pregunte, ¿no sufriré yo un gran daño si no se me permite marcharme y dejar de escucharte? Si tienes interés en la cuestión que hemos tratado y quieres rectificarla, pon de nuevo a discusión, como acabo de decir, lo que te parezca; pregunta y contesta alternativamente, como Gorgias y yo; refútame y permite que te refute. (461e-462a)

Tras esto, digamos que los papeles se invierten y es Polo quien toma las riendas de las preguntas en el diálogo, donde, ahora, es Sócrates quien responde.

   Polo, de manera astuta, pregunta a Sócrates que qué es para él la retórica. Sócrates, tras varias preguntas, responde que no es ningún arte y que es una especie de práctica de producir cierto grado de placer. Pero, para sorpresa de Polo, lo interesante viene con las siguientes preguntas cuando Polo pregunta a Sócrates qué arte es para él el de la culinaria. Ante esto, Sócrates responde con lo mismo, es decir, no es ningún arte, únicamente es una especie de práctica que produce agrado y placer. Sócrates aclara a Polo que no quiere decir que él piense que culinaria y oratoria son lo mismo, sino que son parte de la misma actividad, esto es, la adulación.

   En esta parte vuelve a entrometerse, de manera sucinta, Gorgias. A Sócrates se le ha propuesto que diga si para él la oratoria es bella o fea, a lo que contesta diciendo que le han hecho muy pocas preguntas y que de lo que de su opinión saben al respecto sobre la oratoria, no entenderán la respuesta si se la da de pronto, sin indagar más en la cuestión. Aún así, por insistencia, Sócrates contesta que para él es fea porque llama feo a lo malo.

   Tras esto es cuando resurge Gorgias para que le explique Sócrates a él -dado que Polo es joven e impaciente- qué opinión tiene sobre la retórica. Antes de empezar Sócrates a explicar su opinión sobre la retórica le hace ver a Gorgias, el cual está de acuerdo, que hay por una parte cuerpo y por otra parte alma, como dos artes diferenciadas (no cabe duda de que es otro pensamiento filosófico de Platón y que inyecta notablemente en esta parte del diálogo. Bien conocido es por todos el dualismo platónico entre alma y cuerpo).

   Con esta breve explicación, lo que Sócrates dice es que, como hay dos artes diferenciadas, el arte del alma él lo llama política, empero encuentra algún problema en hacerlo para el cuerpo. Por ello, establece una división en el arte del cuerpo que, con ello, le obliga a hacer una división del arte del alma. Con lo cual el cuerpo le queda con la división entre gimnasia y medicina, y el alma con la división entre legislación y justicia. Estas cuatro artes no debemos tomarlas como separadas, sino que cada una es dependiente de la otra. La legislación a la gimnasia y la justicia a la medicina. Estos puntos en común, sabiendo que entre ellas hay también diferencias, lo son porque comparten el mismo objeto.

   Por ende, Sócrates dice que la adulación es la que posee estas cuatro artes, que, a su vez, siempre procuran el mejor estado, del cuerpo las unas y del alma las otras (ahora hay un matiz bastante imperceptible y el cual, estoy seguro, habrá que leer varias veces el párrafo donde se encuentra para entender bien qué quiere decir. Si, como digo, esta parte es complicada de entender aún leyéndola detenidamente varias veces, qué cabe esperar de oyentes que únicamente han podido escucharlo rápido y una única vez).

   Este matiz, no es ni más ni menos que, para Sócrates esta adulación se percibe sin conocimiento razonado, es una conjetura, y, por ello, al arte que se le encasilla a cada uno de estas cuatro partes mencionadas anteriormente, es un arte fingido. Dice Sócrates en una pequeña parte de su gran discurso lo siguiente:

SÓC. –– (…) no se ocupa del bien, sino que, captándose a la insensatez por medio de lo más agradable en cada ocasión, produce engaño, hasta el punto de parecer digna de gran valor. Así pues, la culinaria se introduce en la medicina y finge conocer los alimentos más convenientes para el cuerpo, de manera que si, ante niños u hombres tan insensatos como niños, un cocinero y un médico tuvieran que poner en juicio quién de los dos conoce mejor los alimentos beneficiosos y nocivos, el médico moriría de hambre. A esto lo llamo adulación y afirmo que es feo, Polo ––pues es a ti a quien me dirijo––, porque pone su punto de mira en el placer sin el bien; digo que no es arte, sino práctica, porque no tiene ningún fundamento por el que ofrecer las cosas que ella ofrece ni sabe cuál es la naturaleza de ellas, de modo que no puede decir la causa de cada una. Yo no llamo arte a lo que es irracional. (464d-465a)

Por tanto Sócrates ve que el supuesto arte que pertenece a la adulación, como puede ser la culinaria, está bajo el arte de la medicina. Del mismo modo que la sofística en comparación con la legislación. La culinaria es a la medicina lo que la retórica es a la justicia. Vuelve a remarcar Sócrates que son diferentes por naturaleza, pero que, al estar muy próximas, se confunden y, por ello, ni sofistas ni oradores saben cuál es su propia función ni los demás hombres saben cómo servirse de ellos.

   Para acabar su extenso discurso, Sócrates saca a Anaxágoras a la conversación [Anaxágoras de Clazómenas nació en los primeros años del s. V y murió en el 428. Durante mucho tiempo vivió en Atenas en el círculo de Pericles. A consecuencia de una acusación de impiedad marchó a Lámpsaco, donde murió. Fue uno de los más destacados entre los llamados “filósofos de la naturaleza”. La novedad más notable en Anaxágoras es que el proceso de mezcla y separación de los elementos no es ni puramente mecánico ni casual. En el fondo de todo el proceso está un espíritu que lo domina todo: el noûs. La frase citada es: pánta chrēnzata ên homoû eîta noûs elthòn autà diekósmese (todas las cosas estaban mezcladas después vino «el espíritu» y las ordenó] y explica con él que, el alma debe gobernar al cuerpo, dado que si no, el pensamiento de Anaxágoras surgiría con mucha fuerza, el cual dice que «todas las cosas juntas» estarían mezcladas en una sola, quedando sin distinguir las que pertenecen a la medicina a la higiene y a la culinaria (el alma es, sin duda, quién gobierna el cuerpo, dado que el cuerpo por sí mismo juzgaría, conjeturando por sus propios placeres).

   Sócrates al ver que se ha extendido en su discurso, comenta lo siguiente, a saber:

SÓC. –– (…) Quizá he obrado de modo inconsecuente prohibiéndote los largos discursos y habiendo alargado el mío demasiado. Sin embargo, tengo una disculpa, pues cuando hablaba brevemente no me comprendías ni eras capaz de sacar provecho de mis respuestas, sino que necesitabas explicación. Por tanto, si tampoco yo puedo servirme de las tuyas, alarga tus discursos; pero, en caso contrario, déjame utilizarlas, pues es justo. Ahora, si puedes servirte en algo de mi contestación, sírvete. (465d-466a)

No cabe duda que esta parte del diálogo es compleja y, personalmente, he intentado exponer las ideas principales de la mejor manera posible. Aún así, mejor será que sea el propio lector quien la lea y así poder sacar mejores conclusiones. Este discurso se encuentra entre 464b y 466a.

   Polo parece que no se ha enterado muy bien del planteamiento socrático, y, por ello, sigue preguntando. Replica a Sócrates el negar que los oradores son los más poderosos en las ciudades. Mas para Sócrates son los oradores los ciudadanos menos poderosos. En esta parte Sócrates vuelve con una de sus artimañas y vemos cómo hace ver a Polo que es él quien ha defendido desde el principio que los oradores, al igual que los tiranos, no tienen un gran poder -aun creyéndose él que sí lo tienen-. Dice Sócrates que no puede afirmar Polo que tienen un gran poder si, a la vez, defiende que tener un gran poder es un bien para quien lo posee. Lo explica así Platón:

SÓC. –– (…) los oradores, que hacen en la ciudad lo que les parece, e igualmente los tiranos, no poseen ningún bien con esto, pues el poder, como tú dices, es un bien, pero tú mismo reconoces que hacer lo que a uno le parece, cuando está privado de razón, es un mal. (467a)

En este punto vemos cómo Sócrates afirma tajantemente que no hacen los oradores lo que quieren pero sí lo que les parece mejor. Con estas afirmaciones, digamos que Polo se pone en tono chulesco, dejando entrever que Sócrates dice cosas sorprendentes y absurdas, o mejor aún, sorprendentemente absurdas. Por tanto, Sócrates, con una réplica preciosa, imita el modo de hablar de Polo (por ejemplo el inicio de la frase es «Oh excelente Polo…»).

   En este punto del diálogo vuelve a ser Sócrates el que toma las riendas de las preguntas y Polo el que contesta. Las preguntas de Sócrates van envolviendo a Polo hasta aceptar que es posible que un hombre haga en la ciudad lo que le parezca bien, sin que esto signifique que tiene un gran poder y que hace lo que quiere (insto a que se lea; 467c hasta 468e).

 

   Cuando ya acaba de liar a Polo para aceptar lo que al principio negó, éste le responde con lo siguiente:

POL. –– Como si tú, Sócrates, no prefirieras tener facultad de hacer en la ciudad lo que te parezca a no tenerla, y no sintieras envidia al ver que uno condena a muerte al que le parece bien, le despoja de sus bienes o lo encarcela. (468e) [Estas salidas son frecuentes en Polo. Cuando un razonamiento le deja convicto, recurre a los procedimientos de persuasión propios de la retórica, tales como los sentimientos personales, el juicio de la mayoría, la exageración de las opiniones del contrario, etc. A partir de aquí hasta 473e, Polo ofrece buena muestra de todos ellos].

Polo sigue empeñado en su idea, y vuelve a decir que el orador es un hombre envidiable porque tiene la facultad de hacer lo que quiera en la ciudad -capaz de despojar de sus bienes o de encarcelar-. Cómo no, Sócrates, sorprendido, quiere saber si es envidiable cuando obra justamente, o también injustamente (cosa que sería impensable para Sócrates, y, por ello, para Platón). Por estos lares, como era de esperar, viene una de las partes más conocidas del Gorgias, dónde Sócrates, como hemos podido ver en la publicación sobre la Apología, prefiere recibir injusticia que cometerla, a saber:

SÓC. ––Porque el mayor mal es cometer injusticia.

POL. –– ¿Éste es el mayor mal? ¿No es mayor recibirla?

SÓC. –– De ningún modo.

POL. –– Entonces, ¿tú preferirías recibir la injusticia a cometerla?

SÓC. –– No quisiera ni lo uno ni lo otro; pero si fuera necesario cometerla o sufrirla, preferiría sufrirla a cometerla. (469b-469c)

Tras esto, Sócrates hace ver a Polo que está equivocado dado que tener un gran poder no significa hacer lo que a uno le apetezca, dado que Sócrates podría tener un cuchillo en el brazo y matar a quien le venga en gana y conseguir, con medios forzosos, lo que él quisiera. Polo, como se suele decir, sigue en sus trece y le pone el ejemplo de Arquelao, para demostrar que un hombre injusto puede ser feliz (recordemos que para Platón el ser feliz estaba estrechamente ligado al ser justo).

[Arquelao, hijo de Perdicas II, rey de Macedonia desde 413 a 399, supo hacer de su corte un centro de atracción de los más famosos poetas y puso los cimientos del poderío macedonio. Tucídides(II 100, 2) dice que impulsó a la potencia militar de su pueblo más que los ocho reyes que le precedieron. Platón no juzga aquí más que la ruindad moral de sus acciones. Véase 525d. Su padre, Perdicas II, reinó desde 450 a 413 en contactos alternativamente amigables y hostiles con Atenas].

 

   A lo que Sócrates sigue con la defensa de su pensamiento y dice que, al no conocer a Arquelao no sabrá si es justo o injusto y, por tanto, no sabrá si es feliz o no. Polo, tras una larga intervención, en la que dice que, aunque no se le conozca personalmente, se sabe perfectamente que Arquelao era injusto dado que degolló a su tío -Alcetas- y a su primo -Alejandro, hijo de Alcetas- engañándoles diciéndoles que les iba a devolver el reino del que le había despojado Perdicas. Y, al acudir a su llamada, les embriagó, les metió en un carro de noche y degolló a ambos sin saberse nada más acerca de ellos (según parece, Arquelao era un tipo al que no le temblaba la mano. Se cuentan de él historias bastantes inefables).

   Polo, con dicha historia, quería hacer ver a Sócrates que se podía ser injusto y feliz. A lo que Sócrates le cuenta que no se ha enterado de nada y que no está de acuerdo con nada de lo que dice. Y pasa a explicar a Polo el porqué. Esta respuesta de Sócrates he de ponerla, dado que un gran amigo mío que también publica artículos en elefectomedici.es tiene un artículo que trata sobre los argumentos de autoridad (de verdad que insto a que se vaya al artículo y se lea, es muy bueno. Además de que se creó debates en los comentarios muy interesantes) y, vamos a ver la posición de Sócrates ante esto, a saber:

SÓC. –– Oh feliz Polo, intentas convencerme con procedimientos retóricos como los que creen que refutan ante los tribunales. En efecto, allí estiman que los unos refutan a los otros cuando presentan, en apoyo de sus afirmaciones, numerosos testigos dignos de crédito, mientras el que mantiene lo contrario no presenta más que uno solo o ninguno. Pero ésta clase de comprobación no tiene valor alguno para averiguar la verdad, pues, en ocasiones, puede alguien ser condenado por los testimonios falsos de muchos y, al parecer, prestigiosos testigos. Sobre lo que dices vendrán ahora a apoyar tus palabras casi todos los atenienses y extranjeros, si deseas presentar contra mí testigos de que no digo verdad. Tendrás de tu parte, si es que quieres, a Nicias, el hijo de Nicérato, y con él a sus hermanos, cuyos trípodes están colocados en fila en el templo de Dioniso; asimismo, si quieres, tendrás también a Aristócrates, hijo de Escelio, el donante de esa hermosa ofrenda que está en el templo de Apolo y, si quieres, a todo el linaje de Pericles o a cualquier otra familia de Atenas que elijas. Pero yo, aunque no soy más que uno, no acepto tu opinión; en efecto, no me obligas a ello con razones, sino que presentas contra mí muchos testigos falsos e intentas despojarme de mi posesión y de la verdad. Yo, por mi parte, si no te presento como testigo de lo que yo digo a ti mismo, que eres uno solo, considero que no he llevado a cabo nada digno de tenerse en cuenta sobre el objeto de nuestra conversación. Creo que tampoco tú habrás conseguido nada si yo, aunque soy uno solo, no estoy de acuerdo contigo, y si no abandonas todos estos otros testimonios. Así pues, existe esta clase de prueba en la que creéis tú y otros muchos, pero hay también otra que es la mía. Comparemos, por tanto, una y otra y examinemos si difieren en algo. Pues, precisamente, las cuestiones que discutimos no son mínimas, sino, casi con seguridad, aquellas acerca de las cuales saber la verdad es lo más bello, e ignorarla lo más vergonzoso. En efecto, lo fundamental de ellas consiste en conocer o ignorar quién es feliz y quién no lo es. Empezando por la cuestión que ahora tratamos, tú crees posible que el hombre que obra mal y es injusto sea dichoso, si realmente estimas que Arquelao es injusto por una parte y por la otra es feliz. (471e-472d)

Sin darle muchas más vueltas a esto, podemos observar que Sócrates y Polo difieren en este tema. Incluso Sócrates le dice a Polo que algo más dichado sería aquél que, cometiendo una injusticia pague por ello, cosa que Polo no acepta dado que, para él, como sabemos, alguien que haya sido injusto, si no es castigado por la justicia, es decir, si se ha salido con la suya, puede ser muy feliz (Platón insiste con frecuencia en que el castigo redunda en beneficio del culpable. Afirma Platón que, de hecho, sería el único medio de librarse de la injusticia).

   Para acabar, aunque en el diálogo continúan hojas y hojas sobre dicho tema, os voy a exponer dos argumentos, uno de cada interlocutor. Por ejemplo, Polo dice así a Sócrates:

POL. –– ¿Qué dices? Si un hombre, obrando injustamente al tratar de hacerse con la tiranía, es apresado y, una vez detenido, es torturado, se le mutila, se le queman los ojos y, después de haber sufrido él mismo otros muchos ultrajes de todas clases y de haber visto sufrirlos a sus hijos y a su mujer, es finalmente crucificado o untado de pez y quemado, ¿este hombre será así más feliz que si se libra de estos suplicios, se establece como tirano y gobierna durante toda su vida haciendo lo que quiere, envidiado y considerado feliz por los ciudadanos y los extranjeros? ¿Dices que refutar esto es imposible? (473b-473d)

Sócrates, un poco más avanzada la conversación le comenta (esta parte me parece interesante porque deja claro Sócrates que reírse para menospreciar el mensaje del otro interlocutor no sería válido para refutar nada. Y, como sabemos, en cualquier canal de televisión que pongamos a día de hoy, cuando hay algún debate, si es que a eso se le puede denominar de tal modo, cuando las ideas han quebrado y ya no hay más discurso argumentativo, cosa habitual entre tertulianos a día de hoy, tristemente, el medio que parece más convincente es mirar a la cámara riéndose y negando con la cabeza. Señores, Sócrates tiene un mensaje para vosotros):

SÓC. –– Ciertamente jamás serán felices ninguno de los dos, ni el que ha alcanzado injustamente la tiranía ni el que, apresado, sufre la pena, pues entre dos desgraciados ninguno puede ser más feliz; sin embargo, es más desgraciado el que escapa al castigo y consigue ser tirano. ¿Qué es eso, Polo? ¿Te ríes? ¿Es éste otro nuevo procedimiento de refutación? ¿Reírse cuando el interlocutor dice algo, sin argumentar contra ello? (…) No soy político, Polo; el año pasado, habiéndome correspondido por sorteo ser miembro del Consejo, cuando mi tribu ejercía la presidencia y yo debía dirigir la votación, di que reír y no supe hacerlo. Así pues, no me mandes ahora recoger el voto de los que están aquí; si no tienes un medio de refutación mejor que éstos, cédeme el turno, como te acabo de decir, y comprueba la clase de refutación que yo creo necesaria. En efecto, yo no sé presentar en apoyo de lo que digo más que un solo testigo, aquél con quien mantengo la conversación, sin preocuparme de los demás, y tampoco sé pedir más voto que el suyo; con la multitud ni siquiera hablo. En consecuencia, mira si quieres por tu parte ofrecerte a una refutación respondiendo a mis preguntas. Creo firmemente que yo, tú y los demás hombres consideramos que cometer injusticia es peor que recibirla y que escapar al castigo es peor que sufrirlo. [473d-473e (…) 474b]

No podemos dejar esta parte del diálogo sin ver quién y cómo gana el que gana. No quiero dar pistas, pero todos sabemos de antemano quién es el ganador. Pero, debemos verlo y, además, debemos verlo con palabras de Platón dado que lo hace de manera magnífica y podremos ver los grandes dotes que han hecho, entre otras cosas, a Sócrates ser el filósofo tan reputado que es incluso veinticinco siglos después. Dice así Platón:

SÓC. –– Para que lo sepas, respóndeme como si empezando de nuevo te preguntara: ¿Qué es peor, a tu juicio, cometer injusticia o recibirla?

POL. ––Recibirla, según mi opinión.

SÓC. –– ¿Y qué es más feo, cometer injusticia o recibirla? Contesta.

POL. ––Cometerla.

SÓC. –– Por consiguiente, es también peor, puesto que es más feo.

POL. –– De ningún modo.

SÓC. –– Ya comprendo; crees, según parece, que no es lo mismo lo bello y lo bueno, lo malo y lo feo.

POL. –– No, por cierto.

SÓC. ––¿Y qué piensas de esto? A todas las cosas bellas, como los cuerpos, los colores, las figuras, los sonidos y las costumbres, ¿las llamas en cada ocasión bellas sin ninguna otra referencia? Por ejemplo, en primer lugar, a los cuerpos bellos, ¿no los llamas bellos o por su utilidad, con relación a lo que cada uno de ellos es útil, o por algún deleite, si su vista produce gozo a quienes los contemplan? ¿Puedes decir algo más aparte de esto sobre la belleza del cuerpo?

POL. –– No puedo.

SÓC. –– Y del mismo modo todo lo demás; las figuras y los colores, ¿no los llamas bellos por algún deleite, por alguna utilidad o por ambas cosas?

POL. –– Sí.

SÓC. –– ¿Y, asimismo, los sonidos y todo lo referente a la música?

POL. –– Sí.

SÓC. –– Ciertamente también en lo referente a las leyes y costumbres; las que son bellas no carecen, sin duda, de esta cualidad, la de ser útiles o agradables o ambas cosas juntas.

POL. –– No carecen, en verdad, según creo.

SÓC. –– ¿Y así es también la belleza de los conocimientos?

POL. –– Exactamente. Por cierto que ahora das una buena definición al definir lo bello por el placer y el bien.

SÓC. –– ¿No se define, entonces, lo feo por lo contrario, por el dolor y el mal?

POL. –– Forzosamente.

SÓC. –– Así pues, cuando entre dos cosas bellas una es más bella que la otra, es porque la supera en una de estas dos cualidades o en ambas; esto es, en placer, en utilidad o en uno y otra.

POL. ––Cierto.

SÓC. ––También cuando entre dos cosas feas una es más fea que la otra es porque la supera en dolor o en daño; ¿no es preciso que sea así?

POL. –– Sí.

SÓC. ––Pues prosigamos. ¿Qué decíamos hace poco sobre cometer injusticia y recibir injusticia? ¿No decías que recibirla es peor y que cometerla es más feo?

POL. –– Sí lo decía.

SÓC. –– Luego, si cometer injusticia es más feo que recibirla, ¿no es, ciertamente, más doloroso y sería más feo porque lo supera en dolor o en daño, o en ambas cosas juntas? ¿No es preciso que sea así también esto?

POL. –– ¿Cómo no?

SÓC. –– Examinemos en primer lugar esto; ¿acaso cometer injusticia produce mayor dolor que recibirla, y los que cometen injusticia experimentan mayor sufrimiento que los que la reciben?

POL. –– Esto de ningún modo, Sócrates.

SÓC. ––Luego no lo supera en dolor.

POL. –– Ciertamente, no.

SÓC. –– Y bien, si no lo supera en dolor, tampoco en ambas cosas juntas.

POL. –– Parece que no.

SÓC. ––Queda, pues, que lo supere en la otra.

POL. ––Sí.

SÓC. –– En el daño.

POL. ––Es probable.

SÓC. –– Entonces, si lo supera en daño, cometer injusticia es peor que recibirla.

POL. –– Es evidente.

SÓC. ––¿No es cierto que la mayoría de los hombres reconocen, y también tú lo reconocías hace poco, que es más feo cometer injusticia que recibirla?

POL. –– Sí.

SÓC. –– Y ahora resulta evidente que es más dañoso.

POL. ––Así parece.

SÓC. –– ¿Preferirías, entonces, lo más dañoso y lo más feo a lo menos? No vaciles en responder, Polo; no vas a sufrir ningún daño. Entrégate valientemente a la razón como a un médico y responde; di sí o no a lo que te pregunto.

POL. –– Pues no lo preferiría, Sócrates.

SÓC. –– ¿Lo preferiría alguna otra persona?

POL. –– Me parece que no, al menos según este razonamiento.

SÓC. ––Luego era verdad mi afirmación de que ni yo, ni tú, ni ningún otro hombre preferiría cometer injusticia a recibirla, porque es precisamente más dañoso.

POL. ––Así parece. (474c-475e)

Tras esta genialidad de Sócrates, digna de que apareciese en revistas, en televisiones, radio y periódicos, proseguimos con la discusión que viene de manera ulterior, dado que, como hemos tenido la posibilidad de ver, Sócrates ya gana la primera discusión.

   La segunda es la pregunta que quedó abierta de si el que comete injusticia recibe su castigo es el peor de los males, como dirá Polo, o si el mayor de los males es cometer injusticia y, además, no pagar por ello, como defenderá Sócrates. Dado que, aunque me encantaría, ya hemos visto cómo Sócrates gana de una manera increíble a Polo la primera discusión, y dado a la extensión del trabajo y para no aburrir, la segunda discusión no la pondremos por aquí pero sí aconsejaría que se leyese (476a-481b).

   Sócrates hace ver en estas hojas, a través de sus cualificadas preguntas, a Polo, que está equivocado y le hace aceptar varias cosas, como por ejemplo que, para la riqueza, el cuerpo y el alma, hay tres males respectivos, la pobreza, la enfermedad y la injusticia. Además, la más fea de todas es la injusticia, es decir, el mal del alma. Con ello, continuando con sus preguntas, vemos que la justicia, por ende, será la más bella de todas las artes, más incluso que la medicina y que el arte de los negocios. El hombre más feliz es aquél que no tiene maldad en el alma, aquél que es justo.

   Después de estas hojas y largos diálogos rimbombantes, Polo calla y entra Calicles a la conversación para continuar con la pregunta de fondo pero con otros argumentos. La parte en la que se entromete Calicles al diálogo, será la tercera y última parte del diálogo; la cual veremos la semana que viene.

   Les dejo para acabar, un video donde se expone los temas principales del diálogo, desde la interlocución con Polo, hasta el final.

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