¿CUANDO SE ES MAYOR, FILOSAR ES PERDER LA CONDICIÓN DE HOMBRE?

Releyendo a Platón. Diálogos. El Gorgias III

Antes de empezar a leer este artículo, es necesario recordar al lector que se ubica en la tercera, y última, parte de un grupo de artículos sobre el diálogo platónico del Gorgias. Por ello creo conveniente que lean las dos primeras partes para poder entender mejor el diálogo. En el primer artículo, se hace una introducción “extensa” sobre el diálogo, además se hace el resumen sobre la parte en la que Sócrates conversa con Gorgias. En el segundo artículo se resume la parte en la que Sócrates dialoga con Polo. Y, en esta última parte, pondremos fin al diálogo con la intervención de Sócrates con Calicles.

   El lector que realmente haya llegado hasta aquí es, ni más ni menos, porque le interesa bastante el tema, por ello, no dividiremos esta parte en dos, como tenía pensado al principio por su extensión, sino que lo dejaremos en una única publicación.

GORGIAS: TERCERA PARTE

DIÁLOGO CON CALICLES

Calicles entra en el diálogo preguntando que si Sócrates está hablando en serio, que de ser así, los humanos haríamos todo lo contrario a lo que debemos. Sócrates, con parsimonia, le contesta con un largo discurso.

   Primero le dice que ambos tienen en común que aman, Sócrates a Alcibíades, hijo de Clinias, y a la filosofía (Alcibíades, famoso político ateniense (450-404). Es imposible esbozar aquí los rasgos de esta interesante personalidad. Pasó su juventud en casa de su tutor, Pericles. Fue discípulo y amigo de Sócrates. Desde 420 hasta 406, años decisivos de la guerra del Peloponeso, fue el motor de toda la política de Atenas: coalición con Argos, expedición a Sicilia, revolución de los Cuatrocientos, etc. Huido de Atenas aconsejó militarmente a Esparta, primero, y a Persia, después. Volvió a Atenas con todos los honores en 407, pero fue desterrado de nuevo) y que Calicles ama a los dos Demos, al de Atenas y al hijo de Pirilampes (Platón indica de esta sencilla manera que el nuevo interlocutor de Sócrates es un político. Demo, hijo de Pirilampes, de quién habla Aristófanes, era hermanastro de Platón, pues Pirilampes fue el segundo marido de Perictíone. El personaje lleva como nombre propio el de la palabra Démos “pueblo”. El amor homosexual hacia los varones jóvenes era muy frecuente).

   Con esto Sócrates muy inteligentemente hace ver que la política hace que no puedas oponerte, por hábil que seas, a tus amores. Si dices una cosa y al pueblo no le parece bien, rápidamente es capaz de cambiar su discurso, dirá Sócrates. Por ello Sócrates dice que, todos estamos enamorados de algo, y que él prefiere estarlo de la filosofía que siempre dice lo mismo y no como los políticos que cambian de opinión constantemente según convenga. Para acabar su discurso, Sócrates le insta a Calicles que explique cómo puede ser que cometer injusticia y no sufrir el castigo, cuando se es culpable, no es el mayor de todos los males. Dice así Sócrates:

SÓC. –– (…) yo creo, excelente amigo, que es mejor que mi lira esté desafinada y que desentone de mí, e igualmente el coro que yo dirija, y que muchos hombres no estén de acuerdo conmigo y me contradigan, antes de que yo, que no soy más que uno, esté en desacuerdo conmigo mismo y me contradiga. (482b)

   Calicles comienza su discurso haciendo un repaso del diálogo anterior con Gorgias y Polo, y cuáles eran, según él, los fallos que habían tenido los interlocutores -curiosamente, para Calicles, el fallo había sido que Sócrates había dejado mal a Gorgias desde el inicio si éste responde “no” a la pregunta primera de Sócrates, a saber: “si alguien viene a comprar tus servicios, podrías tú enseñarle qué es lo justo”. Y que, obviamente, Gorgias, ya engañado, según Calicles, tuvo que decir que sí forzosamente y ya se metió de lleno en el agujero que quería Sócrates-. Así lo explica Calicles, a saber:

CAL. –– (…) En la mayor parte de los casos son contrarias entre sí la naturaleza y la ley; así pues, si alguien por vergüenza no se atreve a decir lo que piensa, se ve obligado a contradecirse. Sin duda, tú te has percatado de esta sutileza y obras de mala fe en las discusiones, y si alguien está hablando desde el punto de vista de la ley, tú le interrogas desde el punto de vista de la naturaleza, y si habla de la naturaleza, le preguntas sobre la ley. Como acabas de hacer en lo de cometer injusticia y sufrirla. Al hablar Polo de lo que es más feo con arreglo a la ley, tú tomaste el razonamiento con arreglo a la naturaleza (482e-483a).

   Calicles hace una reivindicación de que, para él, sí que es justo que por naturaleza el fuerte tenga más que el débil y que, el poderoso más que el que no lo es. De hecho, según expone Calicles, así pasa en el reino animal. Es decir, Calicles hace un elogio y una defensa de que lo justo sea lo que la ley natural dictamine, y no tanto que sea justo o injusto en una medida no natural, como puede ser, según dice Calicles, y según dijo que amaba Sócrates, la filosofía;

CAL. –– (…) Por bien dotada que esté una persona, si sigue filosofando después de la juventud, necesariamente se hace inexperta de todo lo que es preciso que conozca el que tiene el propósito de ser un hombre esclarecido y bien considerado (484c-484d).

   La crítica de Calicles, además de la comentada, es que el que filosofa de mayor es igual que el que juega y hace gamberradas sin ser un niño. Al niño no se le ve mal cuando juguetea, pero a un adulto que juguetea o pronuncia mal, según dice Calicles, es digno der ser azotado. Y que lo mismo pasa con la filosofía, cuando se es mayor, filosofar es perder la condición de hombre y huir por lares no importantes en la ciudad y en el día a día. Tras esta gran acusación por parte de Calicles, cómo no, es el turno de Sócrates. Y empieza con una pregunta bastante desconcertante hacia Calicles que debe explicársela posteriormente.

   Le pregunta Sócrates que si él cree que si su alma fuese de oro “¿no me sentiría contento cuando encontrarse alguna de esas piedras que sirven para probar el oro, y, tras la prueba, saber que me encuentro perfectamente?”

   Sócrates le dice que en lo que él esté de acuerdo con Calicles sobre lo que el alma de Sócrates piensa, eso es ya la verdad misma. En este monólogo Sócrates le espeta que cuando Calicles habló con su círculo más cercano -Tisandro de Afirma, Andrón y Nausicides de Colarges- llegaron a la conclusión de no filosofar hasta la perfección. Por tanto, al final, Sócrates le dice que él cree que la filosofía no hace que defiendas cosas distintas, es decir, que la filosofía no hace que caigas en contradicción. Por ende, Sócrates dice que él había entendido que para Calicles, lo justo con arreglo a la naturaleza -como defendía en boca de Píndaro- es que el más poderoso arrebate los bienes del menos poderoso, que domine el mejor al inferior y que posea más el más apto que el inepto.

   Calicles acepta, es eso justamente lo que él defiende. Por tanto Sócrates continúa y le pregunta a Calicles si es una misma cosa, o si son cosas distintas para él, ser más poderoso, ser mejor y ser más fuerte. Calicles contesta afirmativamente. Por tanto, en esta parte, Sócrates empieza de nuevo con sus preguntas y sus notables capacidades para el diálogo, y hace que Calicles afirme cada una de las cosas individualmente -es decir, con preguntas, Calicles afirma que las leyes de la naturaleza son de los mejores y de los más poderosos-. Tras esto, Sócrates hace un análisis y ve algún fallo en Calicles y se lo hace ver -hace ver a Calicles que obrar con arreglo a la ley es igual que hacerlo con arreglo a la naturaleza, y que por ello obrar naturalmente debería ser la máxima de «preferir recibir injusticia a cometerla»-. Éste, enfadado le dice lo siguiente, a saber:

CAL. –– Este hombre no dejará de decir tonterías. Dime, Sócrates, ¿no te avergüenzas a tu edad de andar a la caza de palabras y de considerar como un hallazgo el que alguien se equivoque en un vocablo? En efecto, ¿crees que yo digo que ser más poderoso es distinto de ser mejor? ¿No te estoy diciendo hace tiempo que para mí es lo mismo mejor y más poderoso? ¿O crees que digo que, si se reúne una chusma de esclavos y de gentes de todas clases, sin ningún valer, excepto quizá ser más fuertes de cuerpo, y dicen algo, esto es ley?

SÓC. ––Bien, sapientísimo Calicles; ¿es eso lo que dices?

CAL. –– Exactamente.

SÓC. –– Pues bien, afortunado amigo, también yo vengo sospechando hace tiempo que es a eso a lo que tú llamas más poderoso, y te pregunto porque deseo afanosamente saber con claridad lo que quieres decir. Pues, sin duda, tú no consideras que dos juntos son mejores que uno solo, ni a tus esclavos mejores que tú mismo porque sean más fuertes que tú. Sin embargo, di, comenzando de nuevo, ¿qué entiendes por los mejores, puesto que no son los más fuertes? Y, admirable Calicles, enséñame con más dulzura para que no me marche de tu escuela.

CAL. –– Te burlas, Sócrates.

SÓC. ––Por Zeto, Calicles, del cual te has servido ahora para dirigirme tantas ironías. Pero, vamos, ¿quiénes dices que son los mejores?

CAL. –– Los más aptos.

SÓC. –– ¿No ves que tú mismo dices palabras, pero no explicas nada? ¿No vas a decir si llamas mejores y más poderosos a los de mejor juicio o a otros?

CAL. –– Sí, por Zeus, a éstos me refiero exactamente. (489b-489e)

   Tras esto, he de decir que viene una parte, la cual expondremos como lo pone Platón para no perder detalle, que es, casi sin duda, una de las partes donde más ‘vacile’ he visto por parte de Sócrates; sí que es cierto que él siempre hace alguna cosa graciosa para convencer al rival de su estupidez, pero lo que viene a continuación es una de las partes más atrevidas que he leído de Sócrates, a saber;

SÓC. –– En efecto, muchas veces una persona de buen juicio es más poderosa, según tus palabras, que innumerables insensatos y es preciso que éste domine y que los otros sean dominados, y que quien domina posea más que los dominados. Me parece que quieres decir esto ––y no ando a la caza de palabras––, si dices que uno solo es más poderoso que un gran número de hombres.

CAL. –– Pues esto es lo que digo. Sin duda, creo que eso es lo justo por naturaleza, que el mejor y de más juicio gobierne a los menos capaces y posea más que ellos.

SÓC. –– Detente ahí; ¿qué irás a decir ahora? Supongamos que estamos en un mismo lugar, como ahora, muchas personas reunidas, que tenemos en común muchos alimentos y bebidas y que somos de todas las condiciones: unos fuertes, otros débiles, y que uno de nosotros es de mejor juicio acerca de esto por ser médico, pero que, como es natural, es más fuerte que unos y más débil que otros; ¿no es cierto que éste, por ser de mejor juicio que nosotros, será mejor y más poderoso respecto a esto?

CAL. ––Sin duda.

SÓC. –– ¿Habrá de tener, entonces, más parte de estos alimentos que nosotros, porque es mejor, o bien, por tener el mando, es preciso que reparta todo, pero que en el consumo y empleo de ello para su propio cuerpo no tome en exceso, si no quiere sufrir daño, sino que tome más que unos y menos que otros, y si es precisamente el más débil de todos, no tendrá el mejor menos que todos? ¿No es así, amigo?

CAL. –– Hablas de alimentos, de bebidas, de médicos, de tonterías. Yo no digo eso. SÓC. –– ¿Acaso no llamas mejor al de más juicio? Di sí o no.

CAL. –– Sí.

SÓC. ––¿Y no es preciso que el mejor tenga más?

CAL. –– Pero no alimentos ni bebidas.

SÓC. ––Ya comprendo. ¿Quizá vestidos, y es preciso que el tejedor más hábil tenga el manto más grande y que pasee con los vestidos más numerosos y bellos?

CAL. ––¿De qué vestidos hablas?

SÓC. –– Pues bien, respecto al calzado, es evidente que debe tener más el de más juicio para esto y el mejor. Quizá es preciso que el zapatero ande llevando puesto más calzado y de mayor tamaño que nadie.

CAL. ––¿Qué calzado es ese? Insistes en decir tonterías.

SÓC. –– Pues si no te refieres a esto, quizá sea a esto otro; por ejemplo, el agricultor de buen juicio para el cultivo de la tierra y, además, bueno y honrado ¿no debe quizá tener más parte de las semillas y usar para sus terrenos la mayor cantidad posible de ellas? CAL. –– ¡Siempre diciendo lo mismo, Sócrates!

SÓC. –– No sólo lo mismo, Calicles, sino también sobre las mismas cosas. (490a-490e)

   Tras esto Sócrates le dice que a él le están censurando continuamente diciendo las mismas cosas, y que a Calicles no se le está censurando aún diciendo cada vez cosas distintas. Calicles al ver su error, rectifica y matiza que para él, se refería a que, los mejores y más poderosos son los que tienen mayor juicio para el gobierno de la ciudad. Esta parte mejor será leerla directamente de Platón, una parte donde reaparece brevemente Gorgias para decirle a Calicles que conteste a Sócrates y así poder acabar con la conversación. Aquí Sócrates da un repaso a todo el diálogo y a las preguntas más importantes que se han afirmado o negado rotundamente para, así, poder dar rodeos hasta hacer ver a Calicles que está equivocado. Habla de la culinaria, de lo bello, lo bueno, lo malo, la bondad, la naturaleza, la tragedia, etc. Dado la extensión, no podré plasmarla en este texto, pero sí os dejo dónde poder encontrarlo -para los más vagos, leyendo esta parte, se puede ver un gran resumen de por dónde ha ido direccionalmente el diálogo anterior-; 495c – 519b.

   En esta parte, dado que la extensión es muy grande, ya que Sócrates no para de preguntar a Calicles hasta llegar al fin que él busca, vamos a resumirla y la dividimos en tres temáticas principales. Quien lo haya leído es posible que se haya perdido en ciertas preguntas dado que es dificultoso acompañar a Sócrates en sus preguntas y en su línea discursiva. Esta será la división: Primero, sobre el hedonismo (491a-500a), segundo, sobre el mejor modo de vida (500a-509c), y tercero, sobre la política y el buen político (509c-519b). Empecemos por la parte que hemos llamado “sobre el hedonismo”.

   En esta parte Sócrates discute, a rasgos generales, si para Calicles el que gobierna debe saber controlarse a sí mismo, es decir, si sabe controlar sus impulsos, pulsiones y placeres. Calicles vuelve a exponer su idea naturalista sobre la justicia y la belleza. Es decir, para él la justicia y la belleza van de la mano con el ámbito natural propio del ser humano, y sin eso, el hombre no podría ser feliz. El que quiera vivir rectamente debe dejar que sus deseos no se repriman, debe dejarlos hacerse tan grandes como ellos quieran. Además, hace Calicles, a mi parecer, un ataque directo a Sócrates defendiendo que, además de lo dicho, aquellos que no son capaces de conseguir esto, se auto complacen alabando la moderación y la justicia debido a que son débiles. Estas cosas, van en contra de la naturaleza del hombre y, por tanto, para Calicles son necedades y cosas sin valor.

   Sócrates, cómo no, vuelve a irse a otro tema y le pregunta si es importante que esos que dominan la ciudad se dominen a sí mismos o no, es decir, si el que gobierna debe ser moderado y dueño de sí mismo, dominar las pasiones y deseos que le surjan -en lenguaje del psicopedagogo de turno, si debe ser capaz el que gobierna la ciudad de tener una gran inteligencia emocional-. Calicles, ante esto, le contesta a Sócrates que según las reglas de la naturaleza el que gobierna no puede ser moderado dado que debe dejar crecer sus deseos sin reprimirlos, y que así llegará a ser un gran tirano o príncipe, dado que, para Calicles, no habría algo más vergonzoso y perjudicial que la moderación cuando ostentas esos poderes. Ir en contra de la naturaleza son necedades y cosas sin valor.

   Sócrates le pregunta a Calicles si él defiende que la virtud es procurar satisfacción sea como sea, sin reprimir los deseos. Calicles afirma. Sócrates le espeta la idea que tiene a Calicles con estas palabras “Es terrible la vida de los que tú dices. No me extrañaría que Eurípides dijera la verdad en estos versos -¿Quién sabe si vivir es morir y morir es vivir?-” [esta idea se le atribuye a Heráclito](492e).

   Sócrates hace un largo monólogo expresando diferentes opiniones, como que, para él, los insensatos son como un cedazo agujereado, es decir, tienen el alma rota. Y, para mostrar que los moderados son más felices que los desenfrenados, expresa diferentes alegorías (como la analogía que acabamos de mencionar, de que su alma estaría rota, vacía. Continuamente a esta analogía, expresa Sócrates que si se defiende la teoría de Calicles sería como tener toneles para llenarlos de vino, de miel y leche, y que todos estuviesen agujereados, además de que fuesen líquidos escasos). Esto lo dice Sócrates para convencer con ejemplos a Calicles de que el moderado sería más feliz que el disoluto.

   Pero claro, para Calicles, el placer no lo tiene el que posee los toneles llenos, ya que, en ese momento, ni goza ni sufre, empero, el vivir agradablemente consiste en derramar todo lo posible. Tras unas preguntas de Sócrates, con la afirmación correspondiente por parte de Calicles, sobre si el vivir plácidamente consiste en beber cuando se tiene sed, o en comer cuando se tiene hambre o en rascarse cuando se tiene sarna, Calicles le echa en cara a Sócrates si no le da vergüenza llevar a extremos la conversación y, cómo no, Sócrates contesta diciendo que no ha sido él quien lo ha llevado, sino Calicles, ya que no le ha explicado aún qué placeres son buenos y cuáles malos, además, es Calicles quien afirma semejantes estupideces como decir que aquél que goza, sea de cualquier modo, es el feliz.

   Continua Sócrates preguntando si es lo mismo para Calicles placer y bien. Calicles a regañadientes afirma que es la misma cosa. Por ello Sócrates, tras ciertas preguntas, hace afirmar a Calicles que es posible sentir placer y dolor al mismo tiempo pero que es imposible ser al mismo tiempo feliz y desgraciado. Por tanto, según vemos, Sócrates llega a la conclusión de que, para Calicles, realmente sentir placer no es ser feliz, ni sentir dolor es ser desgraciado; por consiguiente, resulta el placer distinto del bien.

   Para seguir reafirmando lo que defiende Sócrates, éste le hace ver a Calicles su error con ciertos ejemplos como, por ejemplo, este, a saber: “al mismo tiempo que cesamos de tener sed, ¿no dejamos también de sentir placer en beber?” (497a-497b). Como Calicles ve que está perdiendo en el diálogo se hace el despistado ante las siguientes preguntas de Sócrates, y, en ese momento, entra Gorgias a replicar a Calicles que no haga eso y conteste para acabar lo antes posible.

   Y, para acabar esta parte del diálogo, llegan a la conclusión de que, cómo no, Sócrates tenía razón, es decir, los bienes y los placeres se dejan de experimentar simultáneamente, aún siendo distintos, y, los males y los dolores, al ser distintos, no dejan de experimentarse a la par. (Junta Sócrates preguntas diversas, juntando por ello a los insensatos junto con los malos, los buenos con los sensatos y, cómo cada uno de ellos sufren o gozan y de qué manera lo hacen. En fin, le hace un caos en la cabeza a Calicles hasta que cae en contradicción y falla) -estas preguntas serían muy recomendables leer para entender mejor la capacidad de retórica que tenía Sócrates, el cómo va de una pregunta a otra sin parecer, a veces, que estén de ningún modo ligadas y, de pronto que sea capaz de juntarlo todo y hacer ver al interlocutor que ha errado. Esta parte del diálogo solo podré exponer un pequeño trozo por cuestión de elongación del propio artículo-.

SÓC. –– Reflexiona, pues, conmigo lo que resulta de nuestros razonamientos, pues dicen que es bello repetir y considerar dos y tres veces las cosas bellas. Decimos que son buenos el sensato y el valiente. ¿Es así?

CAL. –– Sí.

SÓC. ––¿Y que son malos el insensato y el cobarde?

CAL. –– Sin duda.

SÓC. ––¿Y por otra parte que es bueno el que goza?

CAL. –– Sí.

SÓC. ––¿Y malo el que sufre?

CAL. –– Forzosamente.

SÓC. –– Pero ¿no decimos que sufren y gozan igualmente el bueno y el malo y, quizá; aún más el malo?

CAL. –– Sí.

SÓC. –– Por consiguiente, ¿no resulta el malo tan malo y tan bueno como el bueno o mejor aún que el bueno? ¿No son éstas y aquéllas de antes las conclusiones que se deducen cuando se afirma que son la misma cosa los placeres y los bienes? ¿No es forzoso esto, Calicles? (498e-499b)

   Y así damos por terminada la primera división que hemos hecho en esta parte del diálogo, como hemos mencionado anteriormente. Como dijimos, esta parte puede hacerse bastante tediosa de leer, pero sobre todo de seguir como tal, dado que hace Sócrates una línea discursiva muy rocambolesca. Por ello hemos dividido esta parte en tres. Veamos la segunda, a la que hemos llamado “sobre el mejor modo de vida”.

   En esta parte Sócrates comienza explicando los dos puntos de vista que existen ante la problemática sobre la pregunta de cuál es el mejor modo de vida. Sócrates, a través de preguntas, hace ver a Calicles, que existe el placer y que existe el bien y que, por tanto, al no ser lo mismo, habría que ver cómo conseguir una y otra en la vida. La diferencia que expone Sócrates sobre lo que él opina entre placer y bien es la siguiente, a saber:

SÓC. –– (…) y añadía que la medicina ha examinado la naturaleza de aquello que cura, conoce la causa de lo que hace y puede dar razón de todos sus actos, al contrario de la culinaria, que pone todo su cuidado en el placer, se dirige a este objeto sin ningún arte y, sin haber examinado la naturaleza ni la causa del placer, es, por así decirlo, completamente irracional y sin cálculo. Solamente guarda por rutina y práctica el recuerdo de lo que habitualmente suele suceder, por medio del cual procura los placeres. (500e-501b)

   Tras esto, Sócrates pone diferentes ejemplos para que Calicles sea el que diga en qué ocasión, en dichos ejemplos, se realiza por placer propio o por el bien de dar placer al resto (Platón, al precisar “en los concursos”, deja a salvo el valor que tenía la enseñanza de la cítara en la educación de los atenienses.). Con ello, Sócrates hace ver, de nuevo, a Calicles que, como en su ejemplo, la poesía ditirámbica se basa en acallar lo placentero y agradable cuando sea malo y en decir y cantar lo útil, aunque sea molesto o agrade a los oyentes. Es decir, que como afirma Calicles, la poesía ditirámbica se dirige más al placer y a dar gusto a los espectadores. Y, con lo que se ha dicho anteriormente, llega a la conclusión Sócrates, y se la hace ver a Calicles, de que en verdad, eso es, ni más ni menos que, adulación.

   Con esto, Sócrates quiere hacer una analogía y explicar por qué, para él, un orador no es nada más que un adulador. Sócrates dice que si se quita todo tipo de melodía a la poesía hablada anteriormente -ditirámbica-, se convertiría en simples palabras las cuales se pueden decir delante del pueblo. Por ello, la actividad poética es, en cierto modo, una forma de oratoria popular y, por tanto, adulación.

   Calicles, ante esto, aunque dice que no puede mencionar ningún ejemplo de su actualidad -pero sí de la anterioridad como, por ejemplo, Temístocles, Cimón, Milcíades y Pericles-, sí que piensa que hay ciertas personas públicas que al hacer oratoria buscan el bien común, el bien del alma de los ciudadanos. Por ello, afirmamos nosotros también que hay dos tipos de oratoria. Una de ellas será adulación y vergonzosa oratoria popular, aunque hermosa siempre. La otra, empero, es la que procura que las almas de los ciudadanos se hagan mejores y es la que se esfuerza en decir lo más conveniente, ya sea agradable o no para los oyentes.

   Sócrates pone en duda la afirmación de Calicles ya que, si, como se vieron obligados a afirmar en la interlocución, el arte es satisfacer los deseos cuyo cumplimiento hace mejor al hombre y no los que, satisfechos, le hacen peor, podríase poner en duda que los ejemplos dados por Calicles como ‘buenos’ oradores fuesen así realmente.

   En este momento, Sócrates, dando vueltas en su argumentación, como nos tiene acostumbrados, hace ver y expone su pensamiento de que el bien y el orden van de la mano, es decir, un alma sin orden sería mala. Añade que, al buen orden del cuerpo, se le da el nombre de “saludable”. Del alma ordenada se origina la salud y las condiciones de bienestar del cuerpo (es decir, el buen orden del cuerpo se le daría el nombre de saludable y, al buen orden del alma, al menos en el ámbito de la justicia, se le llama ley o norma).

   Sócrates, saca la conclusión, aceptada por Calicles que, por esto mencionado, al buen orden del alma se le puede dar el nombre de norma y de ley en el ámbito de la justicia, además, por este orden del alma en el ámbito de la justicia es por lo que los hombres se hacen justos y ordenados -tener un alma ordenada te ayuda a ser ordenado y justo-. Sócrates, tras esto, pone varios ejemplos prácticos de diversas artes y, posteriormente, hace ver a Calicles que con el alma pasa lo mismo, es decir, si está enferma por ser insensata, inmoderada, injusta o impía, sería necesaria privarla de sus deseos e impedirla que haga otras cosas que no sea las que le ayuden a mejorarse.

   Al afirmar esto, sucesivamente afirmamos que, al menos en este caso, la reprensión es mejor para el alma que el desenfreno -el cual, no olvidemos, Calicles consideraba mejor antes-. Calicles, seguramente enfadado por ver que ha vuelto a ‘perder’ y ver cómo Sócrates vuelve hacerle decir X y, luego, no X, le dice a Sócrates que en verdad no está haciendo caso al diálogo, simplemente responde para complacer a Gorgias y, así, acabar cuanto antes el diálogo.

   Calicles le propone que siga solo su discurso (Sócrates) a modo de monólogo -vemos a un Calicles con ganas de irse, no es la primera vez, ni será la última, que deja caer el hecho de que Sócrates acabe el diálogo con un pequeño monólogo y poner fin a la interlocución. Tanto es así que, como veremos, Sócrates acaba el diálogo solo, ya que Calicles se cansa y se va-.

   Sócrates, en esta ocasión le dice a Calicles que es preciso saber cuál es la verdad y cuál es el error del tema del que se trata y que, para ello, necesita a alguien que pueda debatir y rebatir con él. Calicles, bastante cansado ya, acepta la propuesta de Sócrates donde será el viejo sabio quien hable, a modo de discurso, y será Calicles quien interrumpirá y refutará si algo le parece falso de lo que dice Sócrates.

 

   Sócrates continúa, pues, con interlocuciones muy amplias, dónde Calicles solo dirá algo cuando crea que no está Sócrates en lo cierto. Sócrates comienza haciendo una compilación de las ideas claras que se han sacado en el diálogo con Calicles -no es lo mismo lo agradable y lo bueno, se debe hacer lo agradable a causa de lo bueno y no lo bueno a causa de lo agradable. La condición de las cosas se rige por su orden. El alma moderada es buena, entre otras cosas- (este primer discurso de Sócrates sería recomendable leerlo directamente dado que Platón hace un compendio perfecto de los temas hablados entre Sócrates y Calicles. 506c-509c). Tras esto, empezamos la tercera parte a la que hemos llamado “sobre la política y el buen político”, dando con esta parte casi fin al diálogo.

   En esta parte continua Sócrates con el tema de cometer y recibir injusticia -dos males que, recordemos, cometer era peor mal que recibirla-. Para Calicles es necesario que una persona tenga un poder que le libre de ese mal y no por voluntad o por deseo de no sufrir injusticia (es decir, por deseo de no recibir injusticia no vas a dejar de recibirla, pero, si pones un remedio, en esta caso lo llaman ‘poder’, sí que sería posible no recibir dicha injusticia).

   Con esto, Sócrates le saca a Calicles que también sería necesario por lógica, tener un poder, un arte, que, necesariamente ha de aprenderse, haga no cometer injusticia. Tras esto, Sócrates hace un discurso elocuente a la par que extenso para a lo que un diálogo se refiere (es, personalmente, seguramente la parte que más me guste ya que veo que, Sócrates, junta, sino todos, varios temas hablados a lo largo del diálogo y los junta para ver qué sería necesario para ser buen político -es muy posible que, tras esta lectura lleguen a la conclusión, queridos lectores, que pocos políticos actuales han leído este tan importante diálogo-).

   Entonces Sócrates comienza haciendo que Calicles acepte que lo mejor para poder gobernar en una ciudad es ser idéntico al gobernador. Por ello, alguien que quiera el poder debe ser el mejor amigo posible, es decir, el más semejante de su semejante. Esto también es malo porque, como explica Sócrates, si solo se pudiese llegar a gobernar de ese modo, el que sea más bueno que el tirano, éste le temerá y nunca será amigo suyo. Además, quien sea peor que el tirano, éste le despreciará y nunca se interesará por él como por un amigo. Con esto, además, el tirano habrá conseguido que no se le haga injusticia, pero no habrá conseguido no cometerla él mismo, espeta Sócrates.

   Ahora, Sócrates con la afirmación de la que se ha hablado a lo largo del diálogo, a saber, que es la retórica la mejor de las artes, entre otras cosas, porque nos permite salvarnos de los peligros que nos vayan surgiendo, como digo, será Sócrates, pues, quien ponga el ejemplo del nadar; el nadar también, según el punto de vista de Calicles sería el mejor arte de todos, dado que, ante un naufragio, el nadar sería el arte que nos hiciese prolongar al máximo la vida. Además, expone Sócrates el pensamiento de que, incluso alguien que sepa nadar y salve ciertas vidas no podría ufanarse y estar orgulloso de eso, dado que él no sabe a quién le ha hecho un favor salvándole la vida a y quién no (estos personajes, los cuales, como vemos, Sócrates incluso afirma que deberían morir antes que seguir viviendo), así lo dice Platón, a saber:

SÓC. –– (…) si un hombre atacado por enfermedades graves e incurables no se ha ahogado, éste es un desgraciado por no haber muerto y no ha recibido de él ningún beneficio (512a)

   Al igual que pasaría con aquél que tenga muchos males incurables del alma, a ése no le conviene vivir, ni se le ha dado ningún beneficio ayudándolo a salvar su vida. Por tanto, visto esto, debemos actuar como políticos, mirando al pueblo y haciendo actos que hagan mejorarles en el mayor grado posible -y ya no solo en alargar su vida como hemos visto con el mar-. Por ello, antes de dedicarse a cualquier arte, bueno será aprender de él y ver, con la experiencia, a quién hemos podido mejorar con dicho arte.

   Por ello Sócrates pone la política de ejemplo y a Calicles que es político y le dice que, antes de gobernar, ha de preguntarse que a quién ha hecho él mejor con la política. Lo expresa así Platón, a saber:

SÓC. –– (…) ¿ha hecho ya Calicles mejor a algún ciudadano? ¿Hay alguno que, habiendo sido antes malvado, injusto, desenfrenado e insensato, por intervención de Calicles se haya hecho bueno y honrado, sea forastero o ciudadano, esclavo o libre? (515a)

   Con todo esto, vuelve Sócrates a cuando Calicles mencionó lo que para él fueron buenos políticos -Pericles, Cimón, Milcíades y Temístocles-. Si para Calicles fueron buenos políticos es porque hicieron a los ciudadanos mejores -esto es lo que un hombre bueno debe procurar a su ciudad-. Pero Sócrates no está de acuerdo y lo hace ver así a Calicles:

SÓC. –– (…) ¿la especie humana es o no una especie animal?

CAL. –– ¿Cómo no?

SÓC. –– ¿No eran hombres los que tenía bajo su cuidado Pericles?

CAL. –– Sí.

SÓC. ––¿Y qué? ¿No era preciso, según antes hemos convenido, que, por su intervención, éstos se hicieran más justos de lo que antes eran, si es verdad que él, que los gobernaba, era un buen político?

CAL. –– Ciertamente.

SÓC. –– Y bien, los justos son de ánimo pacífico, según dijo Homero. ¿Qué dices tú? ¿No piensas lo mismo?

CAL. –– Sí.

SÓC. –– Pero, sin embargo, Pericles los hizo más irritables de lo que eran cuando los tomó por su cuenta, y esto contra él mismo, contra quien menos hubiera deseado.

CAL. ––¿Quieres que te diga que estoy de acuerdo?

SÓC. –– Sí, si crees que digo verdad.

CAL. –– Pues de acuerdo.

SÓC. –– Y si los hizo más irritables, ¿no los hizo también más injustos y peores?

CAL. –– De acuerdo también.

SÓC. –– Por consiguiente, Pericles no era un buen político, según este razonamiento.

   Con diferentes artimañas Sócrates hace ver a Calicles que se equivocaba al decir que esos antiguos políticos sí que fueron buenos políticos. Aún así, incluso Sócrates acepta que eran mejores los anteriores que los de ahora, a saber:

CAL. –– Sin embargo, se está muy lejos, Sócrates, de que alguno de los de ahora lleve a cabo algo semejante a lo que cualquiera de aquéllos dejó hecho.

SÓC. ––Amigo Calicles, tampoco yo los censuro en cuanto servidores de la ciudad; al contrario, creo que han sido más diligentes que los de ahora y más capaces de procurar a la ciudad lo que ella deseaba; pero en cuanto a modificar las pasiones y reprimirlas tratando de persuadir a los ciudadanos y de llevarlos contra su voluntad a aquello que pueda hacerlos mejores, en nada superan, por así decirlo, aquéllos a éstos, y, sin embargo, es esta la única misión de un buen ciudadano. También yo estoy de acuerdo contigo en que aquéllos han sido más hábiles que los de ahora para facilitar la construcción de naves, murallas, arsenales y otras muchas cosas semejantes. (517a-517c)

   Lo que prosigue me parece una parte de lo más interesante dado que, quien lea la parte susodicha podrá ver claramente, quizá, una posible representación a nivel político de lo que ocurre a día de hoy.

   Hace Sócrates una queja de que se elogia a políticos que supuestamente hicieron grande a Atenas y que, en la realidad, no se dan cuenta de que por culpa de ésos la ciudad está “hinchada y emponzoñada”. Esto es debido, entre otras cosa, dice Sócrates, por gastar los recursos en “vaciedades”. Y, además, cuando venga una crisis, en vez de echar la culpa al gobernante, se la echarán a sus consejeros y alabarán al político del pueblo, que, en verdad, según sigue contando Sócrates, son los verdaderos culpables. Con ello, aunque el pueblo no sea autor de dichos daños, por ignorancia, sí serán cómplices.

   Termina el diálogo con el bellísimo mito sobre el juicio de los muertos y el destino final de las almas. Sin perder unidad en el diálogo, ahora se encuentra Sócrates consigo mismo y sus intercambios de ideas permiten elevar a un plano ético las conclusiones conseguidas. Habla sobre temas interesantes como los efectos del castigo; diciendo que solo es provechoso para aquellos que han cometido delitos reparables y servirán únicamente como ejemplo para aquellos hombres suyos delitos son irreparables, como, por ejemplo, Arquelao.

   Saca unas conclusiones últimas del diálogo y acaba diciendo que la conclusión final consiste en vivir y morir practicando la justicia y todas las demás virtudes.

   Ponemos punto y final a este buceo minucioso por la obra del Gorgias de Platón, sin duda alguna uno de los diálogos más importantes que posee. Espero que hayan disfrutado y hayan aprendido lo más posible sobre esta maravillosa obra platónica.

 

 

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