¿Cómo funciona el principio de autoridad en la bibliografía?

            En las líneas que siguen trato de exponer algunas cuestiones acerca del conocido como principio de autoridad, uno de los males que —según creo— asolan nuestra sociedad. Ante todo, tengo claro que este breve artículo, como siempre, solo es mi modesta opinión; me complacería bastante que quien lo leyera dejara, si quisiera, algún comentario en el mismo, de manera que se generase una especie de macrodebate. Nunca me gustó la polémica —de hecho, por inútil, la aborrezco—, pero creo que estas líneas son sugerentes. Pocas palabras pueden desencadenar muchas opiniones. Allá voy.

            Entiendo —si es que entiendo algo— por principio de autoridad una ley dictada por un individuo conocido. Este, como persona con poder e influencia sobre la sociedad, impone un criterio que, bajo un aparente velo de racionalismo, es acatado por las masas por el hecho de que este individuo es comúnmente reconocido y alabado (o al contrario); pero el problema principal de esto radica en lo siguiente: ¿qué ocurre si la masa social, en muchas ocasiones desprovista de suficiente juicio (no debido a su naturaleza, sino a los prejuicios sociales), acata una frase de un personaje conocido, sin estar de acuerdo racionalmente con la afirmación, sino más bien con el señorito que la dicta? En ocasiones, la sociedad sigue las opiniones de varios individuos ilustres por varias causas: 1) por la presión de la opinión común (es decir, por demagogia e ingeniería social); 2) por la apariencia del personaje que dicta las leyes (por ejemplo, porque este es atractivo o viste bien, lo cual es risible); o 3) por convicción personal (¡decisión extraña!). Escoger o seguir las dos primeras causas en la elección de una opinión es, bajo mi punto de vista, la negación de la razón humana; el ser humano ha nacido con la facultad de pensar y sopesar todo tipo de aspectos vitales. Ante esta facultad no deben imponerse la presión social ni las apariencias, que nada tienen que ver con la verdadera razón, sino con las pasiones convencionales de la sociedad, que, por si fuera poco, varían según el eje diatópico y diacrónico en que nos encontremos.

            A continuación, consideramos las siguientes citas, extraídas de ciertas obras tradicionales:

El pueblo, desgraciadamente, es todavía muy ignorante; y es mantenido en su ignorancia por los esfuerzos sistemáticos de todos los gobiernos, que consideran esa ignorancia, no sin razón, como una de las condiciones más esenciales de su propia potencia. (Voltaire, 1756: Estudio sobre los hábitos y el espíritu de las naciones)

La libertad del hombre consiste únicamente en esto, que obedece a las leyes naturales, porque las ha reconocido él mismo como tales y no porque le hayan sido impuestas exteriormente por una voluntad extraña, divina o humana cualquiera, colectiva o individual. (Descartes, 1641: Meditaciones metafísicas. Manuel García Morente ed. Barcelona: Espasa-Libros, p. 80)

¿Quién no estaría de acuerdo con las dos ideas de libertad absoluta que se proponen en ambas citas? Es probable (o no) que poca gente; pero lo que más llama la atención es que más de una persona habría denegado leer estas citas, por el mero hecho de pertenecer a Voltaire y a Descartes, respectivamente. «¡Es que yo soy empirista!», reclamarían algunos. «¡Pero Voltaire era masón!», gritarían —esto siempre— otros.  Qué prima, entonces: ¿la idea contenida en el texto o el principio de autoridad de sus escritores? Veamos más:

En fin, una parte de la juventud estudiosa, de aquellos intelectuales que se oponen a la mentira, a la hipocresía, a la iniquidad y a la cobardía del Estado y de sus esbirros burocráticos, debe encontrar en sí el valor suficiente para volverles las espaldas a estos, además de bastante pasión para abrazar sin reservas la causa justa humana de la sociedad. Estos —y no el Estado, con sus manipulaciones de todo tipo— serán los verdaderos instructores del pueblo. (Rousseau, 1762: Emilio o De la educación. Traducción y prólogo de Mauro Armiño. Madrid: Alianza editorial, p. 526)

De lo que hay que asombrarse, pues, no es de la acción omnipotente que esas ideas [las manipuladoras y socialmente admitidas], que expresan la conciencia colectiva de la sociedad, ejercen sobre la masa de los hombres sino al contrario, que se encuentren en esa masa individuos que tienen el pensamiento, la voluntad y el valor para combatirlas. Porque la presión de la sociedad sobre el individuo es inmensa, y no hay carácter bastante fuerte, ni inteligencia bastante poderosa que puedan considerarse al abrigo del alcance de esa influencia tan despótica como irresistible. (Rousseau, 1762: Cartas morales y otra correspondencia filosófica. R.A. Leigh ed. Madrid: Plaza y Valdés, p. 98)

Estas dos citas abogan por la emancipación del pensamiento ante cualquier tipo de ley social o paternal. Como vemos, ambas pertenecen al pensador ilustrado Rousseau. «Rousseau era, realmente, un opresor burgués que solo pretendía dar más fuerza a su Estado. Este tipo solo pretendía obtener el poder que después se habría quitado a la monarquía», se quejarán algunos, que, por ver que la cita es del pobre pensador francés, desdeñarán leerla. ¿Con qué legitimación hablan de este autor, si su opinión solo se sustenta sobre otras opiniones de la misma índole, es decir, hechas de barro? ¿Se están basando en el principio de autoridad antes que en el de la razón? Veamos la última cita:

«Nuestros padres han pensado y hecho así, nosotros debemos pensar y obrar como ellos; todo el mundo piensa y obra así a nuestro alrededor, ¿por qué habríamos de pensar y de obrar de otro modo que como todo el mundo?». Estas palabras expresan la filosofía, la convicción y la práctica de las 99/100 partes de la humanidad, tomada indiferentemente en todas las clases de la sociedad. Y como lo he observado ya, ése es el mayor impedimento para el progreso y para la emancipación más rápida de la especie humana. (Jordan B. Peterson, 2018: 12 reglas para vivir: un antídoto al caos. Barcelona: Planeta, p. 214)

Se trata de un fragmento del profesor Jordan Peterson, uno de los polemistas más conocidos a día de hoy. ¿No apuesta este profesor, como Rousseau, por la emancipación del intelecto humano de cualquier tipo de prejuicio anterior?

            Llegados a este punto del artículo, los lectores se encontrarán, de seguro, divididos. Por un lado: «¡Viva Jordan Peterson! Él sí que sabe cómo hablar»; por otro, los anarquistas: «¡Rousseau demuestra que, realmente, no es más que un opresor de la sociedad y un mentiroso!»; los socialistas: «¡Pero si Descartes era un partidario del absolutismo! ¿Cómo va a hablar ese señor de libertad ante cualquier tipo de ley que no sea natural?». Un buen amigo, al leer la tercera cita, me comentó: «Me recuerda a Balder mucho», lo cual me hace pensar que está de acuerdo con ella. Hay opiniones de todo tipo, y un sector de los lectores de este artículo estará satisfecho, frente a otro, que no lo estará tanto. Sin embargo, todavía no hemos acabado…

            Confieso que, para haber escrito tan poco, ya he mentido. Las anteriores citas no son ni de Voltaire, ni de Descartes, ni de Rousseau, ni de Peterson (¡solo faltaba Trump!), sino del conocido filósofo ruso Mijaíl Aleksándrovich Bakunin; sí, todas ellas pertenecen a este autor. Veámoslas, al fin, bien citadas:

El pueblo, desgraciadamente, es todavía muy ignorante; y es mantenido en su ignorancia por los esfuerzos sistemáticos de todos los gobiernos, que consideran esa ignorancia, no sin razón, como una de las condiciones más esenciales de su propia potencia. (Bakunin, 1882: Dios y el Estado. Christian Ferrer ed. Madrid – Buenos Aires: LaMalatesta, p. 17)

La libertad del hombre consiste únicamente en esto, que obedece a las leyes naturales, porque las ha reconocido él mismo como tales y no porque le hayan sido impuestas exteriormente por una voluntad extraña, divina o humana cualquiera, colectiva o individual. (Id., p. 30)

En fin, una parte de la juventud estudiosa, aquellos de entre los burgueses estudiosos que sienten bastante odio contra la mentira, contra la hipocresía, contra la iniquidad y contra la cobardía de la burguesía, para encontrar en sí el valor de volverle las espaldas, y bastante pasión para abrazar sin reservas la causa justa y humana del proletariado, éstos serán, como lo he dicho ya, los instructores fraternales del pueblo. (Id., pp. 60-61)

De lo que hay que asombrarse, pues, no es de la acción omnipotente que esas ideas, que expresan la conciencia colectiva de la sociedad, ejercen sobre la masa de los hombres sino al contrario, que se encuentren en esa masa individuos que tienen el pensamiento, la voluntad y el valor para combatirlas. Porque la presión de la sociedad sobre el individuo es inmensa, y no hay carácter bastante fuerte, ni inteligencia bastante poderosa que puedan considerarse al abrigo del alcance de esa influencia tan despótica como irresistible. (Id., p. 98)

«Nuestros padres han pensado y hecho así, nosotros debemos pensar y obrar como ellos; todo el mundo piensa y obra así a nuestro alrededor, ¿por qué habríamos de pensar y de obrar de otro modo que como todo el mundo?». Estas palabras expresan la filosofía, la convicción y la práctica de las 99/100 partes de la humanidad, tomada indiferentemente en todas las clases de la sociedad. Y como lo he observado ya, ése es el mayor impedimento para el progreso y para la emancipación más rápida de la especie humana. (Id., p. 99)

Lectores, ¿seguís igual de divididos? Anarquistas, ¿estáis contra Rousseau? Partidarios de Peterson, ¿cómo os encontráis? ¡Ahora es Bakunin quien sale al escenario!

            En este momento, qué pesa más: ¿el recuerdo de las citas, que es lo que realmente importa, por contener las ideas elementales del discurso, o el anarquismo con su circulada, junto al retrato del barbudo rostro de Bakunin? ¿Es esto el principio de autoridad? Si lo es, entonces estamos repletos de prejuicios, los cuales, según creo, no sirven para nada en esta vida; pero si esto no es el principio de autoridad —porque no lo seguimos jamás—, ¿somos anarquistas, como Bakunin? No, porque no hemos leído su obra completa, sino solo cuatro míseros fragmentos. Este es otro de los males de este mundo: considerar por seguro algo, habiendo examinado solo un décimo de lo que es.

            No voy a continuar con mi mala prosa. En lo que sigue, como prometí, planteo solo preguntas (¿debería haberlo planteado así desde el principio?), en aras de generar un amplio debate acerca de este escabroso asunto: ¿existe el principio de autoridad? Si es así, ¿acaso este principio aparece en la actualidad más enardecido que nunca, debido sobre todo al acopio de bibliografía? ¿Debería pesar más la autoría de un texto o el texto en sí? En caso de pesar más lo primero, ¿no incurriríamos en la negación de la razón? De pesar más lo segundo, ¿sería preferible borrar los nombres de todos los libros del mundo para eliminar el criterio de autoridad? ¿Serían todos los libros anónimos? Pero, en ese caso, ¿acaso no estaríamos negando, nuevamente, la razón humana, en cuanto que el ser humano debe ser capaz de madurar mentalmente y considerar que no debe dejarse guiar por el principio de autoridad? ¿Tanto pesan, en este caso, el retrato de Bakunin y la circulada para los espíritus prejuiciados y ligeros de la actualidad?

            Espera un momento, lector: ¿no podría haberte vuelto a mentir? ¿Y si las citas tampoco son de Bakunin, sino de otro autor, o incluso mías? Quizá sería preferible, para tu mayor seguro, que no te fiaras de mí, porque también te impongo mi criterio de autoridad; por contra, podrías basarse en tu propio raciocinio. Espera, no busques en Internet las citas, porque te basas en su criterio de autoridad. ¡Qué disparate! Ahora, lector, es tu turno. Yo ya no pretendo decirte si la cita es de tal o cual personaje… Lo que más aborrezco es la autoridad y el poder. Pues, ¿qué objetivo pueden tener ambos, si no es el de utilizarse contra alguien y abusar de él, negando su creatividad humana?

Imagen destaca extraída de: Encuentran tumba del único amigo del faraón en Egipto y guardián de sus secretos – VIX

Carlos Martínez García

15 Comentarios
  1. Pablo Moral Pérez 1 año

    Mmmm magnífico señor Carlos, me quito el sombrero ante usted, esta hecho todo un traviesillo…

    Solo te ha faltado proclamar: «Dios ha muerto, y YO lo estoy matando ahora mismo» (¿Se puede considerar principio de autoridad una frase dirigida a desmontarlo en pos del criterio propio del superhombre?)

    Sin embargo, el señor Nietzsche, y voy a citarle aún a riesgo de entrar en el dichoso principio que has puesto en tela de juicio, indicaba este suceso no de forma ceremoniosa, sino con gran preocupación. Esto, debido a, en sus propias palabras: «Y si Dios esta muerto, todo esta permitido» (o dicho de otra forma, «Nada es verdad, todo está permitido» como nuestro amigo @adrian trata en su genial artículo del mismo nombre) Esto fue un aviso que llegó previamente, y sin ser escuchado, al mayor período bélico de la historia humana, que se saldó con millones de muertos…

    De modo que, amigo mío, te planteo yo a tí en respuesta a tus múltiples preguntas, alguna otra: ¿Si nadie tiene autoridad, cómo se mantiene la ley? ¿Y si no hay ley, cómo impedir que alguien abuse de su «creatividad humana» para perjudicar a otros? El motivo por el que varios autores, con Nietzsche a la cabeza, denunciaran esta muerte del principio de autoridad, es porque al caos que surge de su abandono total le sigue algo aún peor: el nihilismo. Nuestra historia ha probado extensamente que, si no tenemos nada a lo que agarrarnos, por lo que nada es verdad, y podemos diseñar nuestra propia verdad con la razón humana como dices, todo puede ser verdad, ergo todo está permitido, tanto lo bueno como lo malo (ya que estos mismos conceptos quedan distorsionados)

    Sólo imagínate una sociedad en la que no hubiera ningún tipo de autoridad o confianza en lo que otros dicen, ya no a nivel político o del gobierno, sino en toda relación humana: ¿puedo creer a mi novia si me dice que ha sido fiel, por ser ella, sin que me enseñe grabaciones de todo lo que ha hecho? ¿Puedo creer al hombre del tiempo y lo que dice sólo por sus estudios? Y un largo etc… Terrorífico pensar a dónde nos puede llevar este nihilismo desbocado. Es muy fácil pensar que el ser humano se adaptaría y lo juzgaría todo racionalmente, pero no hemos brillado por hacerlo ni aún cuándo no teníamos obstáculos para ello, y ello es porque en nuestra programación biológica hay inscrito un mecanismo de supervivencia básico que al activarse, prevalece en nuestro sistema nervioso sobre la propia razón: la defensa ante la inseguridad.

    Y por eso mismo es por lo que surgen los también vapuleados por tu artículo prejuicios: son un mecanismo de defensa natural, no un constructo social, creado por nuestra evolución biológica para defender nuestro control del pensamiento frente a la falta de seguridad, ya que nos permiten reducir el número de situaciones de caos vital que percibimos y agarrarnos a algo. Ello por no hablar de la imposibilidad de procesar racionalmente al 100% toda la realidad que vivimos constantemente y juzgarla, como propones (sería optimo, desde luego, pero imagínalo, tener que meditar hasta tus impulsos más básicos, o leer y considerar toda la infinita bibliografía de que disponemos hoy día) Igual la divinidad sería capaz de llevar esta proeza a cabo (de ahí su estatus) pero el pobre cerebro humano me temo que colapsaría…

    Los prejuicios, igual que una autoridad mínima de algún tipo, son necesarios me temo. El nihilismo y la sobrecarga cognitiva hacen inviable lo contrario. Por lo que me veo en la obligación de señalar que veo, en mi humilde perspectiva, totalmente contraproducente y autolesivo desdeñarlos en su totalidad como tan alegremente has planteado.

    Dicho esto, y con esto concluyo, desde una perspectiva más moderada, me sumo a tu llamamiento a denunciar los inmensos problemas que trae el abuso de estos mecanismos de supervivencia: del totalitarismo a la intolerancia, pasándo por la demagogia y muchos más… Pero, esta crítica en la que concuerdo contigo, siempre desde la moderación, compañero. Recuerda a Aristóteles (sí, otra vez el dichoso principio de autoridad, lo sé, pero creo que él sí se lo ha ganado): «La virtud se halla en el término medio»

    Un saludo, y me ha encantado este artículo pese a lo duro que parezca que he sido aquí.

    • Autor
      Carlos Martínez García 1 año

      Gran amigo y compañero:

      Confieso que has suscitado contra mí preguntas tan interesantes que, anoche, me vi atacado por el insomnio; y créeme: eso es bueno, porque significa que mi interés por responder a tus inteligentes objeciones me traían mentalmente atareado. Para responderte, en lo que sigue procedo de la siguiente manera: copio, entre comillado, tus afirmaciones, y te las refuto en lo que sigue. Ah, y no te preocupes por haber sido duro: la dureza solo proviene —para mí— de la imposición de la luz natural en los argumentos; de no ser así, nada es duro, sino un mero fantasma que, si bien parece amedrentarnos, de ser tocado por nosotros, desaparece, traspasado, al instante. Mi propósito aquí es más el de descubrir el ingenioso artificio de tus objeciones que el de responderte como adversario —palabra muy fea, que para mí designa un tipo de relación social que ni existe—.

      «Y si Dios está muerto, todo está permitido». Tema un tanto inverosímil, en cuanto que Dios no rige las leyes humanas, sino, en todo caso, según se ha pensado antiguamente —y según he confirmado conmigo mismo—, las naturales; de suerte que, si Dios está muerto, no todo está permitido, porque, ¿quién queda? El ser humano, que sería un pequeño reducto de Dios (trataré este tema en otro escrito…)

      «Nuestra historia ha probado extensamente que, si no tenemos nada a lo que agarrarnos, por lo que nada es verdad, y podemos diseñar nuestra propia verdad con la razón humana, como dices, todo puede ser verdad, ergo todo está permitido». Confieso que, si bien entiendo lo que quieres decir, no lo puedo compartir, en cuanto que no está demostrado por una secuencia lógica hilvanada; no entiendo en qué momentos nuestra historia ha probado lo que comentas, simplemente.

      «Si nadie tiene autoridad, ¿cómo se mantiene la ley? Y si no hay ley, ¿cómo impedir que alguien abuse de su «creatividad humana» para perjudicar a otros?». Concedo tus preguntas (que, realmente, son afirmaciones, bajo el velo de la mentirosa interrogación); aunque confieso que no llego a comprender muy bien cómo tú mismo —así lo sé yo de tu boca— abogas por la creatividad humana y por la no sujeción a las manipulaciones estatales, y acatas, sorprendentemente, por contra, la autoridad. A no ser que pretendas tener tú la autoridad, lo cual me resultaría vomitivo.

      «Es muy fácil pensar que el ser humano se adaptaría y lo juzgaría todo racionalmente, pero no hemos brillado por hacerlo ni aun cuando no teníamos obstáculos para ello». Lo concedo; la luz natural (no los prejuicios) se ha impuesto sobre mí. Gran comentario…

      «Y por eso mismo es por lo que surgen los también vapuleados por tu artículo prejuicios: son un mecanismo de defensa natural, no un constructo social, creado por nuestra evolución biológica para defender nuestro control del pensamiento frente a la falta de seguridad, ya que nos permiten reducir el número de situaciones de caos vital que percibimos y agarrarnos a algo». Esto no lo concedo. Veamos qué me dice la luz natural —si es que dice algo—: estás hablando de que los prejuicios «son un mecanismo de defensa natural (…) creado por nuestra evolución biológica», lo cual implicaría que son ideas innatas al ser humano; ¿acaso no es un mecanismo de defensa natural el retirar la mano, de inmediato, de una hoguera candente? Pues, en tanto que cualquier ser humano realizaría esta acción de seguro —nadie puede evitarla, por muy estoico que sea—, podemos admitir que se trata de un mecanismo biológico, o innato, que es lo mismo. De suerte que los prejuicios no pueden ser lo que tú dices —biológicos o innatos—, en cuanto que un recién nacido no los tiene, pero seguro que sí apartará la mano de la hoguera candente. Si no son innatos, ¿qué son los prejuicios? Adquisiciones sociales que, por su mera naturaleza cambiante (según las zonas geográficas y los culturemas), son variables, esto es, pertenecen a los constructos sociales. Y, como tales, es nuestro deber —o no, según se quiera— deshacernos de estos prejuicios o, al menos, reconstruirlos desde sus cimientos. ¿Qué es esto, más que el superhombre que a ti tanto te gusta?

      «Ello por no hablar de la imposibilidad de procesar racionalmente al 100% toda la realidad que vivimos constantemente y juzgarla, como propones». Totalmente cierto, solo que yo no propongo eso, ni por asomo.

      «(…) totalmente contraproducente y autolesivo desdeñarlos en su totalidad como tan alegremente has planteado». No los he desdeñado en su totalidad, sino que solo he señalado que existen, con cierta ironía.

      Un gran (¿gran?) saludo, amigo. Ya debatiremos este tema largamente en alguna ponencia o reunión.
      CM

  2. Rodrigo Lázaro 1 año

    Sr. Carlos, impactado me hallo por su artículo.

    Haciendo caso al párrafo introductorio del artículo, me dispongo a indicar en este comentario una breve reflexión sobre lo leído.

    Como bien has dicho, no podemos considerarnos de una ideología en referencia a una cita «porque no hemos leído su obra completa, sino solo cuatro míseros fragmentos.» En mi opinión el principio de autoridad, aunque de valor a las palabras, no va más allá de darles un sentido y una interpretación objetiva. Al igual que si extraemos fragmentos del Antiguo Testamento sin conocer la filosofía Cristiana, y citándola correctamente, podríamos afirmar que los católicos (o los judíos) son unos bárbaros y unos retrógrados. Por ello, algo que veo más peligroso que atribuir una cita a un autor, otorgándole autoridad, es extraer una cita dentro de un contexto, aislándolo de su mensaje original y la intencionalidad del texto. Es cierto que el autor ya contagia al texto un sentido pero yo, en determinadas ocasiones cuando es una obra notable, abogo más por el sentido de la obra por ser la fuente más directa, ¿no creéis?.

    Un saludo y enhorabuena por el artículo.

    • Autor
      Carlos Martínez García 1 año

      Sr. —como tú dices— Rodrigo:

      Te doy mil gracias, de verdad, por tu comentario. Es justo lo que pretendía: generar algo de debate, tanto en EM como en Balder, en alguna ponencia/reunión. Procedo de la misma forma que con nuestro amigo @pablomp: comillas y respuestas.

      «En mi opinión, el principio de autoridad, aunque dé valor a las palabras, no va más allá de darles un sentido y una interpretación objetiva». Exactamente, es lo que quería decir en mi publicación: la luz natural de la razón (lo que tú llamas «interpretación objetiva», que es lo mismo, pero enmascarado en sintagmas diferentes) debe imponerse a la autoridad de cualquier tipo.

      «(…) algo que veo más peligroso que atribuir una cita a un autor, otorgándole autoridad, es extraer una cita dentro de un contexto, aislándolo de su mensaje original y de la intencionalidad del texto». Por mi parte, te digo que no hallo nada peligroso en tal práctica; pues, si estamos de acuerdo con la cita en concreto, ¿qué nos impide acoplarla a nuestro intelecto y, por ende, a nuestro modo de vida? Como tú comentas, es cierto que ese fragmento de cita puede —de hecho, siempre está— estar conectado con el resto del texto en cuestión, pero también es nuestra opción el acatarla o no como parte del mismo. Podemos considerar la cita en sí, sin más; te voy a poner mi caso: yo he leído dos obras de Bakunin —pongo a este señor porque aparece en mi artículo—, y no estoy de acuerdo con la totalidad de su obra (eso, en mi opinión, es imposible, por el mero hecho de ser humanos), pero sí con una gran cantidad de sus párrafos. ¿Indica esto que me gustan las ideas concretas de los párrafos o el autor? En todo caso, creo que me gusta todo de lo primero, y parte de lo segundo.

      De nuevo, gracias, y hasta pronto.
      CM

  3. Lucía Plaza Suárez 1 año

    Mi más sincera enhorabuena, Carlos. Es un deleite leerte, tanto por la buena prosa que te caracteriza como por las grandes reflexiones que suscitas. Una vez más, haciendo uso de tus argucias pícaras, generas en mi persona —y por lo que veo, en el resto de lectores— un impacto positivo que nos lleva a replantearnos muchas de las cuestiones que, en un principio, parecían estar claras.
    Particularmente, me quedo con una idea que, a partir de ahora, tomaré como máxima: esa luz natural que identificas con la razón debe primar por encima de cualquier «excusa». Considero que esta misma es la base de la libertad, y que solo a partir de ella podemos alcanzarla.
    Por otro lado, respondiendo a la pregunta de si debería pesar más la autoría de un texto que el texto en sí, diría claramente que no. Bajo mi punto de vista, el autor de un texto no deja de ser una mente pensante que llega a una serie de conclusiones y decide plasmarlas para que esas ideas sean compartidas. Sin embargo, un texto, desde mi humilde opinión, supera a aquel que lo pone de manifiesto. Desde el momento en el que el entramado de sintagmas y oraciones quedan plasmadas en un humilde papel, ya son capaces de ilustrar a los lectores, pues ya contienen en sí el significado.
    Con esto, no quiero menospreciar a los valientes escritores, pero sí decir que una vez que han expuesto sus reflexiones, estas dejan de ser solo suyas. Es entonces cuando el escrito toma el protagonismo y el redactor adquiere un segundo plano más discreto. Para que se comprenda mejor este modesto argumento, me serviré del siguiente ejemplo: un hombre y una mujer engendran un hijo. Los padres serían los autores, y ese retoño que se está gestando, el libro. Durante la fecundación, los padres son «el motor» que acciona la vida de ese pequeño, pero cuando este nace y crece, ya es él por sí mismo y sus progenitores son meros acompañantes —sin entrar en detalle de la necesidad de la interacción y los cuidados esenciales en los primeros años de vida—. Esto mismo ocurriría con una obra; una vez escrita, no necesita cargar con el peso de su autoría.
    Por último, añadir que, la opción que se propone sobre el anonimato de las obras, me parece innecesario. Considero que, de ser así, no solo no conseguiríamos eliminar el prejuicio de autoría, sino que aparecería otro inconveniente: la inmadurez como consecuencia de no haber sido capaces de superar el impacto de la autoridad. En otras palabras, seguiríamos siendo esclavos de la hipocresía.
    Un abrazo enorme y espero con ansias otra pequeña «catábasis» como esta.

    • Autor
      Carlos Martínez García 1 año

      Hola:

      «La luz natural», sí… La luz natural, como podemos comprobar en casos como este, logra iluminar la habitación que es el pensamiento. Este se encuentra repleto de prejuicios de los que, ya por adoctrinamientos, ya por nuestra incapacidad de dominar nuestro espíritu desde niños (y estar bajo el yugo de nuestros familiares o cuidadores, en geenral), no podemos librarnos completamente; pero sí podemos apaciguarlos, como trato de comentar en este breve artículo de opinión. El criterio de autoridad no es, en sí mismo, negativo, sino que es malo el uso que algunos «amigotes» hacen de él. Hay, pues, dos opciones: cerrar la ventana, conformándonos con los meros prejuicios y no permitiendo que penetre la verdadera luz natural; o abrirla (¿podría resultar esto demasiado iluminador?). Ahora bien: hagamos una cosa o la otra, de seguro que la luz natural estará más allá de la ventana. Eso no lo podemos cambiar. Es nuestra opción —de acuerdo con el libre albedrío— atenernos a las tinieblas o a la luz (tampoco quiero decir que las tinieblas sean malas en su totalidad…). En lo tocante a lo demás, estoy de acuerdo. Ya lo comentaba en el propio cuerpo textual: no creo que sea necesario concluir que las obras han de ser anónimas; creo que esto es la negación de la Razón humana; es nuestro deber el saber, en este caso, cómo leer.

      En unos días publicaré otro artículo cuyo tema será bastante similar.

      Hasta pronto.

  4. Guillermo Colina 1 año

    Querido Carlos; no puedo empezar mi pequeña aportación en este gran espacio, sin exponer la gratitud que poseo, y a su vez -si Aristóteles me lo permite- la felicidad, al poder escribir, de forma apaciguada y amable, en esta página de divulgación literaria-filosófica y, porqué no, de divulgación vital. Porque, qué sentido tiene la vida sino es preguntarse por ella. Por ello, y sin más dilación, quiero aportar mi pequeño átomo para crear entre todos un grano de arena en esta inmensidad indescifrablemente infinita, que es la vida y el universo.
    Tras leer en diversas ocasiones la disertación que voy a intentar comentar, no me queda otra que decir que hasta me has hecho dudar de si era yo -o no- el que este texto escribe. No puedes dudar -o sí-, amigo Carlos, de tu atracción a Descartes.
    Empiezas la disertación diciendo que ‘el principio de autoridad es uno de los males que asolan nuestra sociedad’. Siempre me gusta preguntarme porqué y, en esta ocasión, no será menos. A lo que me lleva a pensar, en mi humilde opinión, que es fruto del bajo nivel literario-académico que existe en la sociedad, del cual, hablaré en unos pocos minutos.
    En lo que continúa comentas, con un gran nivel literario, que; ‘pocas palabras pueden desencadenar muchas opiniones’. En este punto debo de no estar del todo de acuerdo, a saber: En mi opinión, muchas palabra pueden desencadenar muchas opiniones, pero, según mi matización, para que tu frase sea precisa, debería ser algo así; ‘pocas palabras pueden desencadenar muchas opiniones inteligentes’.
    Continuemos. En la primera parte, vuelves a dejar entrever esa necesidad que tienen los grandes filólogos y filósofos de preguntarse si realmente sabemos algo. Me recuerda mucho a una conversación que tuve con una gran amiga, no hace mucho, sobre el ser de Parménides. Porque, llegamos a la conclusión de que, decir ‘el ser es’ ya es decir demasiado, porque, ¿Qué es el ser? ¿Qué es ser? Pero también debo decir que por lo menos algo debemos de dar por sentado, ya que sino sería imposible comunicarnos entre nosotros como pensó el primer maestro de Platón, Crátilo, que llega a la conclusión de que nada que queremos decir realmente tiene el sentido que queremos darle y, por tanto, hablar no sirve de nada. Es por ello por lo que decide callarse y Platón debe buscar otro maestro, el cuál, todos conocemos como Sócrates (posteriormente, Platón, le dedica uno de sus diálogos cuyo nombre es el propio del ex maestro, diciendo justo lo contrario a lo que Crátilo enseñaba cuando hablaba, pero claro, como ahora no habla, no puede decir nada sobre ese ataque. Una de las grandes genialidades de Platón).
    No puedo dejar pasar la ocasión de comentar tu oración ‘aparente velo de racionalidad’ en la cual, debo exponer lo que explica José Lasaga Medina en su libro; Vida y obra de Ortega y Gasset (que, personalmente, recomiendo encarecidamente a todo aquel lector que busque adentrarse en las ideas de Ortega de una forma muy general pero de una manera sobresaliente), a saber; ‘La verdad viene de ‘desvelar’, es decir, quitar el velo a la cosa’. He debido juntar estas dos frases porque, de manera general, muestran muy bien lo que quieres trasmitir, a mi parecer. Todo aquello que aprehendemos, todo aquello que leemos, miramos y aprendemos a través de los sentidos, tiene un velo el cual debemos quitar (en mi opinión, leyendo más y aprehendiendo sobre el tema) para conocer realmente lo dado. Esto que acabo de comentar, que parece muy trivial, es un gran problema en la sociedad actual, ya que, bajo mi punto de vista… NO SE LE QUITA EL VELO A LA COSA ¿Qué peor cosa que eso ? Ahora, debo volver a sacar a Ortega y Gasset aquí, ya que vemos claramente con esto que la masa ya no busca ser otra cosa que no sea masa. La masa quiere ser masa. Creo que es ahí donde radica el problema. Entonces, amigo Carlos, te hago una pregunta; ¿En qué mundo vivimos -donde ha gobernado el no quitar el velo a la cosa- si se venden más libros de Belén Esteban que de Unamuno o que de Pío Baroja y su Zalacaín? Dicho esto, no me parece tan extraño pues que acaten sin ápice de duda las frases de algún señorito -como tú mismo lo mencionas- que haya dedicado su vida a reflexionar. Cuando a un cerdo le das caviar, no se lo comerá creyendo que es una porquería, sin saber realmente que es la más preciada comida. Lo mismo pasa ahora, no leen lo que deben leer (como decía nuestro gran Moisés; ‘Guille, el problema ya no es que se esté perdiendo el hábito de la lectura, que también, sino que se está perdiendo el hábito de la buena lectura’), pero al ver una frase decente, al tener trasfondo -el cual, la mayoría no tendrán ni idea-, pues no pueden ni ponerlo en duda. Porque, en verdad, pensándolo ¿Cómo va a poner en duda a Kant alguien que lee a Federico Moccia?
    Siento alargarme demasiado, es por ello que prefiero dejar sin tocar ciertos temas, los cuales podremos debatir más adelante como las redes sociales y la acción potencial que tienen en la sociedad.
    Pones una frase, otra más que me parece de un apreciado nivel literario, muy interesante, a saber; ‘negación de la razón humana’. No tengo nada que decir, simplemente decirte que no hay mejor explicación. Negarse a sí mismo es peor que cualquier acto malvado.
    Para ir terminando, he de decir, que has jugado con nosotros como has querido, engañándonos en los textos expuestos. Lo que me ha llevado a pensar, en primer lugar, y de una manera graciosa, que quizá la duda metódica que tienes en ti puede llegar a ser un problema, y, en segundo lugar ¿Y si el problema reside en mí y en el resto de lectores que, cuando leemos una página de divulgación literaria-filosófica, me haya convencido lo primero que has puesto sin poner duda en ello? En mi defensa diré que por lo menos he sido «engañado» por una página interesante y literaria, y no por Telecinco.
    Para acabar, ahora sí que sí, hay varios tipos de personas, y, con ello, varios tipos de estudiantes. Quien estudia filología, filosofía o historia -entre otras- puede creer lo que dice el profesor (por el argumento de autoridad, que es el tema a debatir aquí), e incluso puede creer lo que pone en 10 libros, pero, salgo al ataque, cómo no, porque, ¿Dónde reside la verdad? Hay que ser consecuente y consciente de quién eres y quién es el que tienes en frente. Por ello -lo que voy a decir ahora parece lógico, pero no lo es tanto cuando vemos el top de ventas de los últimos años en lecturas -me quedo antes con un solo libro de Emmanuel Kant que con 10 libros de Belén Esteban, si es que algún día los consigue-.
    Sé que alomejor me he apartado en algunos casos de lo que, a priori, era la cuestión. Pero creo que es algo intrínseco en la persona que se informa y quiere aportar algo, ni más ni menos que un filósofo en potencia, como, orgulloso, puedo decir que soy.
    Así que, tras esto, no me quedan nada más que preguntas y más preguntas. ¿En qué punto podemos aceptar algo como verdadero? ¿Somos libres en nuestras elecciones si realmente no le hemos quitado el velo a la ‘cosa’? ¿Somos libres de hacer las acciones que hacemos creyendo que las hacemos por nosotros mismos? ¿Somos libres de actuar como actuamos con nosotros mismos?
    Vuelvo a repetir, que me he desviado quizá del tema, pero he intentado exponerlo de la mejor manera posible. Y, viendo el tema que está en debate, no puedo irme sin meter más leña al fuego, con una frase de mi gran amigo nocturno D. Ortega y Gasset, a saber; ‘La razón (…) es la meditación sobre un tema cualquiera, cuando es ella positiva y auténtica, aleja inevitablemente al meditador de la opinión recibida o ambiente.’ {¿Qué es filosofía? Ortega y Gasset. p. 35}. Meditar sobre un tema cualquiera de manera positiva y auténtica, nos dice Ortega, nos ayuda a quitar ese velo a la cosa. Nos ayuda a aprender.

  5. Autor
    Carlos Martínez García 1 año

    Querido Guillermo:

    Confieso que tu comentario ha sembrado en mi espíritu tan grandes semillas de dudas y debates, que bien podría saberme ahora un campo de trigo por segar; pero lo que es más: si bien en la actualidad «se han perdido las buenas lecturas» —como tú mismo comentas—, parece que todavía quedan individuos con grandes comentarios que aportar. Este es el caso de tu amable y completo comentario. Repito: tengo tantas dudas que, como tú, no sé si estoy escribiendo yo mismo este comentario. Sin embargo, de lo que jamás dudaré es de que dudo, por lo que existo; esto es, estoy escribiendo el comentario ciertamente, poniendo en juego substancia pensante (y voluntad) junto a substancia extensa (los cuerpos geométricos que conforman mis dedos, en el teclado). ¡Por fin podemos dejar de dudar algo!

    «Siempre me gusta preguntarme porqué». Me parece bellísima esta afirmación: siempre es necesario preguntarse por la causa eficiente de las cosas (más que por su aspecto teleológico) para conocer los entes con claridad y distinción. Ciertamente, como comentas, quizá haya precipitado demasiado mi pensamiento al afirmar, sin evidencia alguna, por qué el principio de autoridad es un mal que asola la actualidad. Tú mismo respondes a ello; pero yo aportaría algo más: el principio de autoridad limita la capacidad humana de la creatividad, principal productora del intelecto y del pensamiento; ergo es malo, porque su aplicación constituye la negación de la Razón humana.

    «’La verdad viene de ‘desvelar’, es decir, quitar el velo a la cosa’». No sé por qué, pero esta sentencia me suena demasiado; creo que la he debido leer en algún tipo de introducción o comentario previo de algún investigador. Lo cierto es que estoy de acuerdo, aunque, querido Guille, antes de acatar esta sentencia como verídica, deberíamos preguntarnos qué significa exactamente «desvelar algo». En mi opinión, esto consiste simplemente en demostrar que existe una substancia extensa que, en cierta manera, puede ser concebida y pensada por nosotros (o sea, por nuestra substancia pensante). Por ejemplo, «desvelar un árbol» consistiría en investigar esta figura desde varios planos: el físico o geométrico (extensión y superficie), el pragmático o situacional, el biológico, y, por último, el lingüístico-gramatical. Piénsalo: ¿por qué llamamos «árbol» a árboles que son sobremanera diferentes? El lenguaje constituye una suerte de filtro para el intelecto, de algún modo. Ahí lo dejo…

    «(…) es un gran problema en la sociedad actual, ya que, bajo mi punto de vista… NO SE LE QUITA EL VELO A LA COSA». Preferiría decir que los demás son los que se encargan de quitar el velo de nuestras cosas (lo cual encaja con el tema de que hablo en el artículo)…

    «’Guille, el problema ya no es que se esté perdiendo el hábito de la lectura, que también, sino que se está perdiendo el hábito de la buena lectura’». En este punto, lo siento mucho por ti, buen amigo, y por Moisés, gran profesor, pero no estoy de acuerdo. Me parece que el problema no es la lectura en sí, sino la manera en que los lectores se niegan a activar su pensamiento de una manera seria ante cualquier lectura. Piénsalo: si lees a cualquier famosilla o si lees a Kant, realmente, lo que importa es poner en juego nuestro pensamiento, porque, ¿qué diferencia habría entre leer a Belén Esteban o a Kant, si no reflexionamos acerca de ello? Con esto quiero decir que se puede leer a Kant como si leyeras a Belén Esteban, sin problema. En conclusión: yo muevo el problema al sujeto, más que al libro en sí o al autor del mismo.

    En cuanto al engaño de este artículo, te diré que no tenía otra intención que demostrar a los lectores cuán determinados estamos por las citas de los autores. En ocasiones, estos nos gustan sobremanera, y pensamos: «¡Ya estoy de acuerdo seguro, porque es Kant!»; pero no tiene por qué ser así, como he demostrado con Rousseau y compañía, junto a Bakunin. Importa más, por ende, el texto en sí, más que el autorcillo que aparezca en él. Sin embargo, tampoco hay que menospreciar al autor, sino a nosotros mismos, que nos postramos ante nuestro propio yugo de gustos o disgustos sociales (de autoría, entre otros).

    «Así que, tras esto, no me quedan nada más que preguntas y más preguntas. ¿En qué punto podemos aceptar algo como verdadero? ¿Somos libres en nuestras elecciones si realmente no le hemos quitado el velo a la ‘cosa’? ¿Somos libres de hacer las acciones que hacemos creyendo que las hacemos por nosotros mismos? ¿Somos libres de actuar como actuamos con nosotros mismos?». Me parecen grandes preguntas para un comentario tan desaliñado y exiguo como el mío, por lo que, si te parece, podemos debatirlos más adelante, e incluso hacer una publicación conjunta. Lo cierto es que tengo demasiadas ideas acerca de ello; siempre quise escribir algo relacionado con este tópico, por lo que me alegra muchísimo encontrar a gente como tú.

    «’La razón (…) es la meditación sobre un tema cualquiera, cuando es ella positiva y auténtica, aleja inevitablemente al meditador de la opinión recibida o ambiente’». Se trata de una idea orteguiana bastante recurrente en su obra. Por mi parte, diré que es muy similar a lo que ya puso en juego este mismo autor en «La deshumanización del arte»: el arte nuevo (en tu comentario, la razón), irrumpe en un panorama en que todavía ejerce su dominio un viejo y tradicional arte (la opinión); pero he aquí que este arte antiguo, por fuerza, será desplazado por las nuevas clases sociales y sus gustos, aunque estas sean, en primer lugar, de número reducido, y sean atacadas por la opinión establecida en defensa del viejo arte. Esto decía Ortega acerca de las vanguardias, y tuvo razón. Todavía la tiene: lo nuevo acaba por imponerse.

    Nuevamente, como ya te dije hace unas horas, agradezco muchísimo tu comentario. Escritos así enriquecen, ya no solo mi publicación (parca donde las haya), sino nuestra página web.

    Mil gracias.

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