¿Parte oriental bárbara y parte occidental civilizada? Imperiofobia y leyenda negra IV.

En este artículo intentaremos hacer una pequeña recolección de historias y pasajes interesantes, o mejor dicho, de los más interesantes, y trataremos de ver cómo y en qué medida la rusofobia ha tenido una de las mayores leyendas negras a sus espaldas.

   Para pasar a hablar de la leyenda negra en Rusia, nada mejor que lo que Winston Churchill, primer ministro de Reino Unido entre los años 1940-1945 y, posteriormente, entre 1951-1955, decía acerca de ella: «Rusia es una adivinanza, envuelta en un misterio, dentro de un enigma».

   Como dice María Elvira, hay una gran perplejidad a la hora de hablar sobre Rusia desde Europa Occidental; en líneas generales la opinión común es que los rusos son como unos europeos a medio cocer o simplemente unos bárbaros que a simple vista no lo parecen, porque se han dado un barniz de civilización.

   Según Pyotr Romanov nada ha cambiado en la rusofobia tradicional con la desaparición de la URSS. Considera que el problema está anclado en el cerebro de los occidentales tan profundamente que poco puede hacerse para erradicarlo. Pero, como sucede con la leyenda negra, este prejuicio racista no ha llegado a la mente occidental por casualidad ni se ha generado espontáneamente.

   Nos comenta la escritora que la rusofobia en España no ha sido nunca muy fuerte; la propaganda franquista no iba contra Rusia y los rusos, sino contra el comunismo. Tanto es así que antes de la Guerra Civil no había prejuicios contra Rusia -de haberlos serían simples clichés nacionales-. Nos advierte María Elvira lo siguiente:

«La etapa comunista es la que menos nos interesa en la evolución de la rusofobia, porque comunismo y anticomunismo vivían enzarzados en una guerra constante de propaganda que tiende a desenfocar el fenómeno que aquí queremos estudiar. Para analizar la rusofobia aisladamente hay que ir al periodo anterior y posterior a la URSS, y se verá que existe una continuidad que rebasa por completo las ideologías al uso. La imperiofobia es un fenómeno supraideológico cuyo anclaje es mucho más profundo que cualquier credo liberal, socialdemócrata o comunista».

   Las relaciones o trencillas históricas que han tenido España y Rusia tampoco se cuentan por miles. Conocida es la historia de que cuando España se tropezó en Alaska con los rusos, en la época de Carlos III (1759-1788), la monarquía comprendió que Rusia podría ser un formidable amigo y que debía cultivarse esa relación. Tanto es así que Gaspar Melchor de Jovellanos fue designado para ir a Moscú en calidad de embajador para establecer acuerdos de largo alcance con los rusos.

   Las ideas que se tienen en general sobre Rusia cambian radicalmente con la Revolución de 1917 (curiosamente). En estas décadas, viajeros, visitantes, escritores, transmiten una imagen completamente opuesta a la tradicional. Rusia ya no es un pueblo atrasado y bárbaro: es la tierra prometida, la tierra del porvenir. Se ha convertido en la patria del proletariado, una aurora de resurrección frente a la explotación y la pobreza.

   Desde George B. Shaw a García Márquez, intelectuales y pueblo tuvieron fe en el mito soviético y confiaron en su capacidad para redimir el género humano. Con la desaparición del estado comunista, en España los rusos se han convertido en una imagen habitual, al menos en grandes capitales y, sobre todo, en el sur; incluso Marbella abrió en 2012 una televisión rusa.

   Se considera, o al menos eso se dice en la literatura, que la rusofobia nació en Gran Bretaña durante la guerra de Crimea (1853-1856). Pero, añade María Elvira, la realidad es que nació con la Ilustración francesa. Para entender bien esto debemos explicar sucintamente el contexto histórico de la época:

«A lo largo del siglo XVIII surgieron una serie de conflictos coloniales entre Gran Bretaña y Francia que acabaron con la destrucción de casi todo el imperio colonial francés en una serie de guerras sucesivas. La pérdida más dolorosa se produce con la guerra de los Siete Años (1756-1763) (…) Francia se ve obligada a retirarse de la que había sido la perla de la aventura colonial americana (…) Con el Tratado de París en 1763, Francia perdió todas sus posesiones coloniales continentales (…) La pérdida de Nueva Francia provocó una frustración muy honda, que precisamente por serlo, rara vez se manifiesta de manera abierta, pero que está en el origen de muchas actitudes de las élites ilustradas francesas (…) Se diría que para la Ilustración francesa esto no ha pasado. Pero está ahí e influye, y mucho».

   Con esto, Francia posee un menosprecio para con los imperios coetáneos o nacientes. Se buscará como ejemplo todo aquello que se considera anticuado y despreciable al gran imperio americano de entonces: España. Imperios que son bárbaros, atrasados, degenerados y casi dignos de compasión según exponen los escritos de los Ilustrados franceses. Anteriormente hemos dicho que la envidia era una de las características principales de las leyendas negras y no hay mejor ejemplo de esto que lo que sucedió en Francia. Porque Francia ya no solo atacaba con propaganda al Imperio español, sino también, en su momento, a Estados Unidos y a Rusia.

   Antes del Tratado de París, Rusia es para la Ilustración francesa un ejemplo digno de imitación; después, una realidad histórica condenada al fracaso. Francia piensa que el gran imperio del zar Pedro, en 1700, no podría haber llegado a lo que fue sin la ayuda de Francia y la Ilustración. Por ello, nos cabe una pregunta; ¿cómo es posible que las artes francesas, el talento francés, la cultura francesa en manos de unos semibárbaros hayan alumbrado un imperio de proporciones épicas y no haya podido engendrar nada semejante para Francia? Realmente la opinión pública francesa está convencida de que todo cuanto sucede en Rusia y en Estados Unidos es obra de sus ilustrados.

   Alexis de Tocqueville, en su libro El Antiguo Régimen y la Revolución, nos cuenta que el francés medio cree de verdad que los estadounidenses no hacen más que seguir las indicaciones de los ilustrados franceses para regir a su país. Explica que los franceses llevan décadas viviendo en la ciudad ideal construida por sus escritores, hasta el extremo de creer que los americanos se limitaban a ejecutar lo concebido por ellos.

   Cabe señalar además que cuando uno piensa en la Ilustración, lo que se le viene a la cabeza es Francia. La autora nos dice que esto es debido a un producto cultural creado y vendido por los propios ilustrados franceses en una operación de marketing intelectual que debería hacer palidecer de envidia a las más modernas compañías publicitarias. Por ello, acaba María Elvira, la Ilustración en modo alguno fue un movimiento francés, ni siquiera en su origen, sino paneuropeo, y que revistió en cada lugar formas peculiares y muy variadas.

   El zar Pedro I se transforma en la literatura francesa del momento en un nuevo Alejandro, a la vez conquistador y civilizador. Antes de él solo hay tinieblas; después, brillan las luces de la Ilustración en Rusia, por benéfico efecto de los ilustrados franceses.

   El interés de los franceses por el mundo ruso, nos dicen Gianluigi Goggi y Georges Dulac en su obra Recherches sur Diderot et sur l’Encyclopédie, es que «si la bárbara Rusia había podido recorrer semejante camino, ¿qué no haría la civilizada Francia, una vez gobernada según la razón, por un déspota bienhechor?».

   María Elvira nos dice que en este sinvivir con Rusia que proyecta el deseo de un imperio que Francia nunca ha podido materializar, participa Voltaire a manos llenas; con una parcialidad y una falta de criterio asombrosa. Habla sobre la batalla de Poltava (1709) como un suceso útil para la humanidad, y ve en la participación de Polonia una victoria frente a la anarquía y la intolerancia. Pero, como dice María Elvira, en dicha batalla se marcó el fin de Suecia como superpotencia europea y, aparte de usar todas las palabras mágicas; “género humano”, “anarquía”, “intolerancia”, “civilización”, etc., no se ve la razón por la que todo esto sea un éxito de la “tolerancia”. Nos explica María Elvira lo siguiente sobre Voltaire:

«A Voltaire le fascina, como a otros ilustrados, el misterio grandioso que entraña la construcción de un imperio, el misterio y, naturalmente, el poder. Siempre el poder. Desde los años treinta va y viene a este asunto. Sin embargo, no comprende que el tipo de hombre que él es no sirve para ese menester. Hay que estar dispuesto a salir de los salones, de los encajes y las pelucas para afrontar una empresa de esa envergadura. Francia tuvo muchos y notables ilustrados, pero no tuvo imperio, porque puso su admiración en un modelo de hombre que es poco partidario de dormir al raso».

   Tan interesados en Rusia fueron que es conocida la polémica que enfrentó a Diderot, Rousseau, Voltaire y otros ilustrados a propósito de Rusia y del concepto de civilización. Curiosamente cuando Diderot marcha a Rusia por una oferta de Catalina II de Rusia -con la cual mantuvo lazos muy estrechos- que ya le había ayudado en temas económicos antes de conocerle siquiera. Como decimos, es curioso, pues, que tras ir a Rusia su planteamiento cambie y sea opuesto al de Voltaire. Diderot defiende que es imposible hacer florecer las artes y las ciencias en Rusia. Civilización y Rusia le parecen a Diderot dos conceptos difícilmente compatibles. Para Diderot la civilización es el resultado de una evolución lenta, que tiene que pasar por una serie de etapas necesariamente. Este proceso se ha verificado solo en la Europa Occidental y halla su más perfecta manifestación en Francia. Los ilustrados no muestran ningún pudor y la modestia brilla por su ausencia.

   La pregunta que se hacían estos ilustrados franceses -insiste la escritora en que esta obsesión por Rusia es exclusivamente francesa. No se da en otros países- era la siguiente: ¿podemos nosotros que somos la quintaesencia de la civilización, civilizar Rusia, dado que son cristianos y éstos no son civilizados?

   Uno de los principales problemas de la Ilustración francesa es la investigación sobre los imperios y, por envidia, como venimos defendiendo, dicen lo siguiente: si son nuevos, como Rusia, están sin civilizar. Si son viejos, como España, están corrompidos, degradados y atrasados. Si están germinando, como Estados Unidos, van a degenerar rápidamente.

   Cuando en 1768, el barón Zanthier expresa su convencimiento a Diderot de que los rusos, una vez organizados y con mayor población se lanzarían a conquistar territorios más cálidos, Diderot contestó lo siguiente:

«No temas nada, el pueblo ruso nunca pueda ganar tanta importancia. El clima es duro. Tienen muchos bosques y la madera crece con extrema lentitud».

   Para Diderot hay una relación directa entre la inmensidad de los bosques y el subdesarrollo demográfico. Ahora bien, es para los rusos imposible abatir bosques para dar espacio a las personas, puesto que necesitan la madera para sobrevivir en un clima tan frío. Sin bosques, no hay madera, y sin madera no hay fuego ni calor en invierno. Además, la prisión del hielo y la nieve es un obstáculo invencible. Para Diderot, pues, el Imperio ruso está destinado a desmembrarse de manera más o menos inmediata, expone estas ideas en su obra Histoire des Deux Indes y en Sur la civilisation de la Russie. Además añade Diderot que con los fondos que tiene Rusia, dice que aproximadamente 13 millones de Rublos, esta podría pensar en hacer la guerra a Turquía, pero ni de lejos, salvo que pidiese ayuda económica, podría hacer la guerra en Europa.

   Isabel de Madariaga, en su obra Russia in the Age of Catherine, señala la polémica de Rousseau y Voltaire y dice que tuvo una resonancia enorme en Europa y polarizó el debate sobre Rusia en los años sesenta y después. Estas discusiones de los ilustrados franceses sobre la civilización/barbarie de Rusia influyeron en todos los ambientes intelectuales de Europa y crearon los prejuicios antirrusos que ya nunca abandonarían la Europa Occidental.

   Por todo esto, se crean enfrentamientos en las filas ilustradas francesas; Baudeau y Voltaire consideran al zar Pedro I un auténtico Alejandro civilizador, frente a Rousseau y Diderot. Para los primeros, civilizar a Rusia era bueno, puesto que servirá de gran muralla frente a los tártaros y otros pueblos salvajes de Asia. Nos explica lo siguiente María Elvira, a saber:

«La palabra “tártaro” la usan los ilustrados franceses sin tener muy claro lo que nombra (…) los ilustrados franceses, la mayor parte de los cuales no visitó nunca Rusia ni hablaba ruso, no solo se permitían opinar con total libertad y fantasía sobre esa realidad enorme que era y es Rusia, la cual se les escapaba por completo, sino que además, en un tono condescendiente e irritantemente superior, se permiten dar consejos sobre cómo hay que gobernar el Imperio ruso, después de haber perdido el suyo. Esto lo harán también con España y con Estados Unidos (…) Opinar sobre Rusia y España es, en la segunda mitad del siglo XVIII, casi un deporte intelectual en Francia».

   No podemos acabar de hablar sobre la leyenda negra, y las implicaciones que tuvo, sobre Rusia, y no mencionar a Napoleón. Bonaparte intentó expandir la propaganda antirrusa -especialmente el conocido como el “Testamento de Pedro el Grande”- por Europa para probar que el Occidente estaba inevitablemente destinado a ser el botín de Rusia. Pero, como dice María Elvira, «absolutamente engañado sobre lo que era Rusia en realidad, Napoleón emprendió una desastrosa campaña militar que destrozó su ejército y su país. Es un camino que, cada cierto tiempo, recorren una o varias naciones de Occidente, llevadas por esa capacidad infinita para el autoengaño propia de los europeos».

   Otro de los países más implicados en la propaganda antiimperialista fue Reino Unido. La clase dirigente británica insiste en que su política es defensiva y para ello hay que demostrar que el enemigo es agresivo y nos odia. El 18 de octubre de 1838 el Morning Herald abría su artículo de portada con esta frase: “The policy of Russia has long been impregnated with the spirit of deadly hostility to England” [La política de Rusia lleva mucho tiempo impregnada del espíritu de hostilidad mortal hacia Inglaterra]. Europa se llenó de panfletos vulgares sobre Rusia.

   El estereotipo del ruso borracho, ignorante, bárbaro y ferozmente agresivo se expandió por toda la prensa europea y se hizo omnipresente en los países que contendieron en esta guerra e incluso en los que no lo hicieron, como España. Los rusos no solo daban miedo, estaban en el nivel infraeuropeo de la existencia. Su inferioridad moral les vetaba pertenecer al conjunto de las naciones civilizadas. Nos dice la autora lo siguiente:

«La depravación de los imperios es un lugar común de las propagandas antiimperiales que persiguió a los romanos y persigue todavía a los españoles, a los estadounidenses y a los rusos. En el caso de los rusos no necesita ni siquiera maquillaje. John Maynard Keynes llegó a escribir que la violencia bolchevique era “the fruit of some beastliness in the Russian nature” [el fruto de cierta bestia en la naturaleza rusa], mezclada con “cruelty and stupidity [crueldad y estupidez]».

   Este pánico a los rusos era el resultado de promover consciente y deliberadamente un estado de histeria colectiva por parte de las élites anglosajonas, un particular en el que tenían una larga experiencia. Los tópicos de la propaganda antirrusa se expandieron por el mundo entero. Incluso el australiano Sydney Morning Herald publicó una serie de viñetas de rusos bárbaros y grotescos con comentarios como este: «Esos horribles rusos vienen a echar abajo nuestras casas, a llevarse a nuestras mujeres y a hacernos esclavos, con sus asquerosos bigotes y barbas quieren condenarnos a vivir bajo la grasa y la pringue de sus barbas». En los periódicos australianos se discutía seriamente qué ciudad atacarían los rusos primero: Sídney o Melbourne. El miedo alcanzó tintes paranoicos y grotescos, como el 8 de septiembre de 1854, cuando se produjo una explosión de gas completamente fortuita y la gente se echó a la calle aterrorizada al grito de “¡Que vienen los rusos!”

   Para acabar con este artículo, hablaremos muy por encima de cómo los filósofos también tenían cosas que decir en contra de Rusia. Bakunin escribió lo siguiente: «Hay pocos rusos […] que ignoran hasta qué punto los alemanes odian a Rusia […] Este odio es una de las más fuertes pasiones nacionales de Alemania». Otro ejemplo es Marx; éste se refiere con frecuencia al término «Knut ruso» (látigo típico de Rusia. Denominaba también al castigo que con él se aplicaba por determinados delitos), para referirse a Rusia, su sinónimo.

   Hegel y una parte del Idealismo alemán negaban a los rusos cualquier contribución a la civilización europea y hasta el derecho a una vida independiente sin la tutela de los “pueblos superiores”.

   En palabras de la escritora se nos cuenta lo siguiente, a saber:

«No debe extrañar que Karl Marx se aprestara a colaborar con David Urquhart en la campaña antirrusa del Free Press, uno de los periódicos de Urquhart, durante el bienio 1856-1857. A fin de cuentas, había heredado del Idealismo alemán, y de Hegel, para más precisión, una rusofobia visceral. Esta siguió siendo una fuente constante de fricciones entre los revolucionarios en el periodo posterior a la guerra de Crimea. Los choques entre Bakunin y Marx fueron especialmente intensos. Al alemán le preocupaba mucho el crecimiento del poder ruso. A mediados de abril de 1871, Bakunin publica en Ginebra la parte primera de El imperio knutgermánico y la revolución social. Explica aquí que “ese excelente patriota alemán” que es Karl Marx, yerra completamente cuando acusa a la influencia rusa de ser la causa de los males de Alemania, y que Marx debería haber “empleado su inmensa erudición” en comprender que Alemania ha producido, llevado y desarrollado históricamente en ella misma, todos los elementos de su actual esclavitud, pero sabe que Marx evitará decir toda la verdad sobre este punto».

   Nombres que todavía hoy despiertan nuestra más profunda admiración como Voltaire, Rousseau, Goethe, Fichte o Hegel, compartieron ideas antisemitas, sobre la significación de los cráneos o sobre la natural inferioridad de los pueblos mediterráneos o eslavos.

   Dejamos aquí esta aportación que espero que les haya gustado y les haya ayudado en nuevos aprendizajes. Si quieren dejar cualquier comentario, como siempre, les insto a ello. Les dejo un video de la autora, María Elvira Roca Barea, el cual no tiene desperdicio; si pueden, véanlo.

 

6 Comentarios
  1. Pablo Moral Pérez 6 meses

    Compañero Guillermo, gracias por los aportes de esta serie, cada vez más interesante y llena de anécdotas. ¡Qué ganas de llegar a España!

    Sobre lo tratado en la presente entrada, a la luz de esta historia no es de extrañar que los rusos mantengan tanto recelo a occidente y a aliarse con estos. Pero me llama más la atención cierto patrón «intelectual» discernible en Europa: la creencia por parte de ciertos pueblos del norte del continente, principal pero no exclusivamente Francia, Reino Unido y Alemania, de esa autonoción de «pueblos superiores» que mencionas en el artículo. Históricamente ha dado lugar a eventos vergonzosos. Pero el pasado, pasado está. ¿No?

    Curioso es que, aunque en menor grado, todavía se pueden observar ciertas reminiscencias, a día de hoy, de esta actitud, aunque más suavizadas. Es de sobra conocido el acrónimo «PIGS» empleado durante los años de la crisis financiera iniciada en 2008 para referirse a Portugal, Irlanda, Grecia y España, con esa cierta connotación negativa que cualquiera con algo de dominio de inglés puede percibir. La forma en que los países nórdicos defienden su modelo como algo «único» que está destinado al fracaso en otros lugares (ya tengo un artículo debatiendo en extenso cuánto de esa afirmación tiene que ver con las propias personas, y cuanto con circunstancias geográficas, demográficas e históricas particulares). La tendencia de Francia y Alemania a intentar controlar todo en la UE por ser «los más capaces e importantes». O varios de los eslóganes propagandísticos frente al resto de Europa que se observaron en la campaña pro-brexit británica.

    Pero esto no se limita a las grandes esferas y los círculos político-intelectuales: por ejemplo, cuándo estuve en Alemania, observé múltiples detalles bastante feos, como algún puerta de discoteca que niega la entrada a quienes no fueran europeos blancos y atractivos, un camarero que, al no recibir una propina tan cuantiosa como la esperada, te espeta que «esto no es España», o algún chico de nuestra misma edad que no sabe si en España tenemos si quiera WiFi… Entre otros casos. Parece que mala hierba nunca muere.

    Un saludo Guillermo, seguiré con interés esta serie.

    PD: La anécdota sobre Australia puedo avalar su veracidad, la oí hace unas semanas (algunos sabréis que me hallo en dicha isla actualmente) Me hizo mucha gracia, es un detalle que me ha sacado una sonrisa.

    PD2: Muy curiosa la anécdota sobre John Maynard Keynes también, aludiendo a «su espíritu y naturaleza salvaje». Si bien no con tono tan marcadamente despectivo, la alusión al espíritu y la naturaleza de las personas es un elemento frecuente en la obra de este autor. Su percepción de las personas, desde el punto de vista de la política económica para entenderles y tomar decisiones que los movieran en una dirección u otra, se basa en lo que denomina como «Animal Spirits» (espíritus animales) Realmente creía este señor que llevábamos los susodichos espíritus dentro y estos influían en nuestro comportamiento… Dato curioso cuanto menos.

  2. Carlos Martínez García 6 meses

    Compañero @guillermo, continúo con tu serie sobre la Imperiofobia. Debo decirte que, entre todos, este artículo es mi favorito. ¿Cómo será el de España? Estoy tan entusiasmado como @pablomp por conocerlo.

    Ahora paso a comentar un asunto de este ilustrativo artículo. En un pasaje se referencia que «la Ilustración en modo alguno fue un movimiento francés, ni siquiera en su origen, sino paneuropeo, y que revistió en cada lugar formas peculiares y muy variadas». Si esto es así, a saber, toda Europa experimentó un proceso progresivo de ilustración, entonces, ¿quiere decir esto que el proceso fue en cierto modo poligenético? Este tipo de ideas —que a mí personalmente me agradan bastante, por querer desenmascarar procesos latentes o innatos del ser humano—, ¿cómo pueden demostrarse? Imaginemos que no pueden ser demostradas, como decía un gran profesor mío, con el que debatí ampliamente sobre ello. En tal caso, ¿deberíamos entender que las ideas ilustradas nacieron en un territorio —ya no «país», palabra bastante desagradable— concreto, generalizándose extensivamente por Europa? ¿Qué país sería este? ¿Hemos vuelto a Francia de nuevo?

    Por último, me gustaría preguntarte dos cosas: ¿En qué obra se encuentra la sentencia de Bakunin «Hay pocos rusos […] que ignoran hasta qué punto los alemanes odian a Rusia […] Este odio es una de las más fuertes pasiones nacionales de Alemania»?; ¿y sabes dónde pueden encontrarse los diálogos o las discusiones entre Bakunin y Marx? ¿Las has leído alguna vez? Te pregunto solo esto por encontrar más información y leer yo mismo; nada más.

    Un abrazo, colega, y hasta el próximo «capítulo» (si me permites).

  3. Autor
    Guillermo Colina Morales 6 meses

    Muy buenos días, amigo Pablo:

    De nuevo darte las gracias por los comentarios tan interesantes que aportas a mis artículos. Ya sabes que una de las cosas que más enorgullecen es saber que tu trabajo no ha sido en vano.

    No tengo mucho más que decir a tu comentario, la verdad. Lo que sí me apunto es lo de Keynes y, además, me gustaría pedirte que un día, cuando podamos, hagamos un Skype y hablemos, o mejor dicho, me expliques, cosas de economía y dudas que tengo sobre la misma.

    Un cordial saludo Pablo!!

  4. Autor
    Guillermo Colina Morales 5 meses

    Buenas de nuevo, querido Carlos;

    Creo que lo que quiere destapar María Elvira, la escritora, es que desde jóvenes se nos enseña que la Ilustración fue algo implícitamente y únicamente francés. Y, como es obvio, para nada es así; es más, tanto Montesquieu, como Diderot, como Rousseau, etc., eran unos personajillos que, aún escribiendo bien, hablaban sobre lo que no sabían y se auto otorgaban una inteligencia muy superior… y no solo ellos, sino todo el pueblo francés. Te diré más, de las mejores Ilustraciones que hubo en la época fue la inglesa, la cual aportó conocimiento muy elevado, cambiando el paradigma del pensamiento tana arraigado hasta la época. Una lucha que gana, como la historia ha demostrado, los ingles a los franceses; siento decirte, pues, que tu querido Descartes fracasa cuando la Ilustración escocesa entra en juego, donde la cabeza más visible es David Hume, que no olvidemos que es el que despierta del sueño dogmático a Immanuel Kant, y el que su filosofía queda para la posteridad con el Idealismo alemán; le sigue además Berkeley, a mí parecer un genio bastante desatendido, y John Locke, entre muchos otros. Además que Inglaterra en ese momento posee una de las mentes más brillantes de la historia en lo que a ciencia se refiere, un científico que cambia radicalmente todo lo que se piensa, Sir Isaac Newton.
    Además, la Ilustración alemana también es más importante, intelectualmente hablando que la francesa, mucho más. Con Wolff a la cabeza de la filosofía y con Leibniz en la de la ciencia … En fin, una crítica de la autora a la Ilustración francesa dado que son los que más vocerío tuvieron y los que menos aportaron…

    Lo de Bakunin lo podrás encontrar en: Frank Mintz ( ed. ), Bakunin. Crítica y acción, Buenos Aires; Libros de Anarres, 2006, pág. 16. La discusiones entre Bakunin y Marx, no lo sé con tanta especificidad pero creo que podrás encontrar algo en: El imperio knuto-germánico y la revolución social.

    Un gran abrazo.

    • Carlos Martínez García 5 meses

      Entonces, Guille, ¿qué fundamento empírico o racional tendríamos para que se nos enseñe que la Ilustración es de raigambre francesa? ¿Qué está detrás de todo esto?

      P.D.: Justo ahora estoy leyendo a Leibniz, amigo… Me está resultando de una dificultad enorme, así que agradecería que algún día conversáramos sobre él; seguro que tú me descubrirás más caminos intelectuales.

      Gracias por las referencias de Bakunin. Las apunto.

      Un abrazo.

  5. Autor
    Guillermo Colina Morales 5 meses

    Buenas tardes, amigo Carlos;

    El hecho de que todo esto se nos enseñe como algo inamovible es lo que venimos a reivindicar aquí. Yo no soy un sabio ni un estudioso de estos temas tan particulares de la Leyenda Negra, empero María Elvira Roca Barea sí. Por tanto, intento exponer lo que ella piensa acerca de esto, lo cual me parece correcto por su profesionalidad. lo que hay detrás de todo esto son años y años de envidia hacia los otros; Francia jamás llegó a ser algo que pudiese ni estar en la sombra de lo que fue, en su momento, el Imperio británico y el Imperio español. Por tanto, lo que está detrás de que nosotros en la escuela veamos que la Ilustración es algo puramente francés, es una envidia de siglos atrás que fue reflejada en los textos antaño y que han llegado a nuestros días (textos que, por envidia como digo, dejaban a los Imperios a la altura del suelo y ellos a sí mismos se reivindicaban como la cúspide de la inteligencia, entre otros casos).

    Leibniz… ya entras en materia complicada, no cabe duda. Es un tipo que, aunque haya sido sobre todo conocido por su ciencia, en lo que a filosofía se refiere, no se queda para nada atrás. Espero que te guste, un abrazo:)

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