La respuesta subyace mucho más allá de la avaricia

Escaleras del Museo Vaticano

Libertad & Economía

Capítulo II

 

La codicia del ser humano no conoce límites…

Si supiéramos conformarnos con lo que tenemos, el mundo sería un lugar tan maravilloso…

El sistema capitalista, ese monstruo engullidor, solo quiere crecer infinitamente y no parará hasta destruirnos a nosotros y al medio ambiente…

 

Muy probablemente me atrevería a decir que quien haya decidido emprender este viaje hacia la libertad y la economía, como mínimo, ha empezado ya a dudar de tales afirmaciones. No obstante, es seguro que, si no él o ella mismo/a, muchas personas de su alrededor defenderían a capa y espada alguno, o incluso los tres mensajes escritos arriba.

En su mente y percepción diaria de la realidad, ver la preocupación mundial  -esa obsesión por el crecimiento perpetuo e ininterrumpido de la economía-  es consecuencia de la rampante necesidad de consumir más y más. Pueden pensar con enfado, que el deseo de un puñado de personas poderosas encorbatadas es la causa de que siempre tenga que crecer la economía.

Si bien esos argumentos no son falsos en su absoluta totalidad, me temo que no podrían estar más equivocados. Preparémonos, porque estamos a punto sobrevolar y entender una de las cuestiones más importantes de nuestra existencia; una cuyo enfoque, marca muy sensiblemente la dirección en la que vemos el mundo en el que vivimos.

 

 

*

Para comenzar, paradójicamente hemos de dar dos pasos atrás.

La economía siempre tiene que crecer…lo cual, dado que hemos empezado la serie desde cero, implica dos cosas nuevas:

 I. «La economía» también tiene cuerpo, tamaño o materia.

II.  Tenemos que poder saber y medir sus proporciones.

*

 

En el primer capítulo, se estableció que la economía es la correcta administración del «hogar». Dado que nacemos en un estado completo de necesidades varias, es imperativo utilizar nuestra capacidad humana junto con los recursos del medio, para producir aquello que libere la insatisfacción de tales necesidades. El éxito en tal empeño, nos permite sobrevivir, y más adelante Vivir con V mayúscula.

Bien, esa es la primera definición de economía. Con ella el segundo argumento del inicio prácticamente cae irremediablente derrotado. Las personas tenemos miles de necesidades, unas bonitas e inocentes y otras más complejas.

 

Ilustración de Black Sails

 

Nacemos con nada, y conformarnos con nada es morir, morir de hambre, frío, sed, enfermedad y/o depresión en sus infinitas formas. Incluso la familia que nos quiere y cuida siendo bebés es el resultado de una aplicación de recursos, diseñada para resolver una imperiosa necesidad vital gracias a la economía.

Si bien puede resultarnos útil y bello escuchar a un sabio monje budista «liberado de cualquier deseo», no debemos olvidar que son gente que vive de las donaciones de otros. El conformismo contemplativo puede ser una opción aceptada socialmente para algunos, pero no olvidemos que ocurre gracias a otros que la pagan voluntariamente, no es autosuficiente.

Ese modelo de vida aparentemente improductivo es en realidad una operación de intercambio peculiar de la que escribiré más adelante.

Pero no perdamos el hilo, sigamos.

Cuando los economistas observamos la producción que, consecuentemente, soluciona nuestras necesidades, visualizamos aquello que se ha creado como resultado. Si observamos una enfermedad, la vacuna que lo soluciona es el producto. Si visualizamos a un grupo de amigos con hambre, su cena en el centro de la ciudad es el producto. Si nos fijamos en una mujer que reclama dinero a su empresa, el servicio de asistencia jurídica que presten sus abogados, es el producto.

Como un águila que vuela sobre un valle, subimos hacia arriba, y observamos el volumen de todas aquellas cosas que creamos para solucionar nuestros problemas, deseos y necesidades. Esa suma total que vemos, es el cuerpo, volumen o «materia» a la que nos referimos con la segunda definición de «economía». Tenemos por tanto economía como ciencia y economía como producción total.

Cuando los economistas estudiamos en detalle la economía como la producción total, le otorgamos una serie de medidas, nos fijamos en una serie de creaciones clave y las estimamos. Nuestro medidor favorito es el famosísimo PIB, del que tanto se oye hablar. Cuando los telediarios hablan de que la economía crece o disminuye, se refieren al resultado que nos da ese medidor.

 

 

El PIB, o Producto Interior Bruto, es la producción total de bienes materiales y servicios, que los agentes económicos crean en el espacio temporal de un año.*

*Importantísimo: medido en precios que revela el mercado.

 

Aunque este medidor nos encanta y es muy útil, tiene una serie de inconvenientes, y existe debate sobre si deberíamos cambiar o no a uno más refinado, actual y potente. Mi compañero Pablo Moral, ha publicado un artículo en el que se explica esto en gran profundidad. (Disponible aquí). Como ya puede deducirse, ese Interiorestá ahí para hacer referencia a la producción de un «hogar» específico (una región, un país, un continente), lo de bruto lo dejaremos por ahora.

El PIB nos muestra decentemente, una parte del valor generado por una sociedad; y cuando hablamos de valor, ya hemos visto que en realidad nos referimos a su utilidad para mejorar nuestras vidas.

 

Sigamos, ¿por qué tiene que, o debería de, crecer siempre?

 

Ahora que sabemos que es el valor lo que tiene que aumentar, podemos responder la pregunta. Si bien nuestros prejuicios nos hubieran podido hacer pensar que la producción creciente es consecuencia de la avaricia, hemos visto con claridad que ese no es el caso. La avaricia es una versión posterior y corrupta de algo que originalmente es puro y noble: la necesidad de producir aquello que nos permita sobrevivir y Vivir.

 

Si observásemos un hogar cuya producción (importante, no solo de bienes materiales) es estática, e igual en tamaño anualmente, la conclusión evidente es que está sobreviviendo, sin más. Quizás ni eso, puede que en realidad esté en la misma situación precaria y pobre del año pasado, incapaz de suplir y cubrir lo básico con su valor producido en ese periodo.

Que la producción sea fija solo nos dice que ese hogar no se mueve de donde está. Puede que sea «rico» y ahí se vaya a quedar ahora (por ejemplo Alemania este año no va a crecer), o puede que sea pobre y lo que les espere sea el mismo panorama que ya conocen. (Véase el caso de Nigeria)

Lógicamente, si el valor de la producción se reduce, esa comunidad, hogar o economía, está cayendo escaleras abajo, empeorando su satisfacción de necesidades y la utilidad de sus acciones. Aquí tenemos como ejemplo la recesión vivida en España durante la crisis que estalló en 2008. Los efectos fueron claros, casi todo fue «a peor», y no solo hablamos de cuentas bancarias, trabajo o propiedad.

Muy por el contrario, que una economía o país crezca, significa que avanza hacia adelante en la odisea del progreso humano. El hecho de que su PIB aumente, implica que se están produciendo más y/o mejores soluciones a los problemas, necesidades y deseos; implica que sus agentes económicos están consiguiendo moverse hacia arriba en la pirámide vital.

 

Después de esto, el lector más hábil, puede estar pensando: el valor de todo esto se mide en precio de mercado por el PIB, pero hay muchas cosas en la economía que,  como vimos en el capítulo I, ni son materiales, ni se contabilizan matemáticamente…¿Podría darse el caso, por ejemplo, en el que una población fuera más feliz que el año anterior, pero que su PIB fuera ligeramente menor, implicando recesión?

Pues la respuesta es simple y llanamente sí. Bravo por la conclusión, habría que responder, dado que precisamente de ahí surge el gran debate sobre nuestras mediciones actuales. La lectura del PIB (si se hace bien) es siempre correcta, su fallo está en las cantidades reales, y en que un desajuste grande con la realidad puede hacer que el balance total sea completamente distinto. Eso no quita que los valores recogidos por el PIB no estén aumentando o disminuyendo, reitero, si la medición está bien hecha.

Una cosa no obstante, está clara: si lo que queremos es Vivir, más y mejor, la economía ha de crecer.

 

La Gloria, Tiziano. 1554

Para concluir, vamos a ver tres aspectos finales claves e importantes sobre esta cuestión:

 

I.

Aquellos que, ideológicamente, se encuentran en la izquierda política, son muchas veces críticos con la «obsesión» (ya hemos visto que en caso de serla, está más que justificada) del crecimiento económico. Este afán difamador, muchas veces compartido por la derecha de igual manera, cae en las redes de algo subyacente: la matematización que se ha hecho de la economía.

A lo largo del tiempo, los economistas de la corriente que hoy impera, el Keynesianismo, necesitan ver reflejadas en números absolutos y precisos muchas cosas de la vida. Respecto a esto, y sobre todo en ciertos campos, si somos mínimamente realistas sabemos que ningún humano tiene el poder de medir algunas cosas, menos aún a escala masiva.

 

«Sabio es aquel que sabe lo que ignora»

«Alguien sabio es aquel que sabe que no lo sabe todo,

el tonto, por el contrario, siempre cree saberlo todo».

 Lao Tzu

 

Sea el caso o no, los colegas keynesianos necesitan esas mediciones, porque de lo contrario sus modelos estadísticos y matemáticos serían inservibles, y el rey estaría desnudo. Esto, aunque al principio no pueda parecerlo, es tremendamente arriesgado y problemático ante ciertas cuestiones.

Veamos, imaginemos  que un gobierno pretende aumentar el nivel de vida de una población, y para ello tiene que manipular la variable A o B, pero no puede intervenir las dos a la vez.

«Que elijan la que mayor satisfacción dé, la mejor para el pueblo»… podríamos pensar.

Cuidado, no nos precipitemos; aunque realmente se actuase para el pueblo, para ello, necesitarían saber cuanto valor da cada una, y hay un ligero problema que pone en jaque absolutamente todo:

La satisfacción, las preferencias y el valor, varían tremendamente de barrio en barrio, de calle en calle, de familia en familia, de individuo en individuo y lo que es aún mejor, muchas veces cambian con el tiempo y el contexto.

A consecuencia de esto, los partidarios de la escuela austríaca, estamos en conflicto con los economistas keynesianos  que suelen aconsejar a la presidencia del gobierno. Tomar acciones que afectan a muchos, basándonos en lo que se supone que son medidas fiables del valor subjetivo, es un absoluto disparate en muchas ocasiones.

Si bien estos temas serán capítulos propios próximamente, es importante saber que la medición del valor producido, esa economía que tiene que crecer, ni es fácil, ni está clara, ni sabemos bien cómo varía entre cada agente económico. Por fortuna, si subimos lo suficientemente alto en nuestra observación como para hablar de un país entero, sí que estamos de acuerdo en algo: tiene que crecer.

 

II

Crecer involucra ir a mejor, no a estar bien.

Un país que crece a ritmos altos (por ejemplo un 7%) puede tener mucho camino por recorrer hasta alcanzar a uno más desarrollado que sólo crezca al 2%.

Filipinas, un país en desarrollo que crece al 6,2% anualmente, con 100 millones de habitantes, tiene un PIB de 313,6 miles de millones de dólares, mientras que España, con menos de la mitad de población (46,6 millones) y un aparentemente tímido 2,6%, alberga un PIB de 1,3 billones, con be.

*(Fuente: Banco Mundial, 2018. Los valores de 2019 aún no han sido publicados)

Mucho cuidado con los políticos y sus porcentajes sobre crecimiento, suele haber muchas más cosas detrás de ellos. Siempre advertido por los profesores de estadística, las evoluciones pueden decir mucho, nada, o incluso lo contrario de lo que nos quieran contar.

 

III

En el marketing, existe una distinción importante entre las necesidades y los deseos.

De esa distinción se establece que las necesidades son aquellas cosas que nos proporcionarían un salto adelante en el progreso vital, y los deseos, la voluntad consciente de conseguirlos. (A diferencia de las necesidades, que se están ocultas bajo la superficie cognitiva)

Por mi parte, estoy en la absoluta convicción de que la Humanidad tiene un papel que no llega a imaginar jamás, nuestras necesidades llegan mucho más allá de lo que podemos comprender, y nuestros deseos conscientes no son más que la punta del iceberg.

Es por esto, que incluso si un día conseguimos alimentar, procurar salud estable y felicidad a cada persona, eso no significaría más que el cierre del capítulo número uno de nuestro viaje. Exploración espacial, comprensión sobre nuestra naturaleza y psicología, alcanzar conocimientos sobre el universo que nos permitan cosas absolutamente indescriptibles…

¿Quién sabe qué hay más allá de la barrera de las necesidades materiales y nuestros deseos actuales? ¿Hasta dónde puede llegar y crecer el valor?

 

Si algún día llegamos a ese escenario, el valor total de lo que hagamos será revisado y puesto a prueba, pero incluso en ese momento, nuestro destino deberá ser el de aumentarlo, expandirlo hasta llegar a horizontes que hoy no somos ni capaces de soñar, y más allá. Nuestros resultados podrán ser estimados monetariamente o no, eso no es lo realmente importante. Antes de eso hay algo, y es que para el viajero intrépido, el que vive de verdad, la economía, ya sea la suya propia o la colectiva,

¡siempre tiene que crecer!

El crecimiento económico, es tanto el medio como el resultado de la Humanidad, en su viaje hacia el éxito.

 

***

Con esto llegamos final del segundo capítulo de Libertad & Economía, por mi parte, ha sido un placer. Como siempre, los comentarios están al alcance para cualquier duda u opinión.

Un gran saludo, y hasta el siguiente.

Adrián Valbuena Izquierdo

 

 

 

 

 

 

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