Teoría del valor I. Pretensiones vs realidad.

 

Si hay una tendencia a lo largo de la historia del pensamiento económico, es la pretensión de ser una ciencia formal, tal como la física o las matemáticas. Tal ambición queda claramente reflejada a lo largo de la evolución de la teoría del valor, la cual va a ser nuestra primera parada. Veréis, las ciencias formales estudian fenómenos determinados, los cuáles se puede observar cómo siempre satisfacen de manera natural unas normas específicas. Debido a esto, se pueden establecer leyes naturales acerca de los mismos. Esto es, se pueden sugerir teorías y proposiciones, tales que en ningún caso observable el resultado del evento observado difiera del resultado esperado.

Dicho esto, la economía, y esto no debería sorprender a nadie familiarizado con la disciplina, no reúne los requisitos para ser una ciencia formal. No, la economía es lo que se conoce como una ciencia social/humana. Y hay una diferencia fundamental entre ambos tipos de disciplina: El sujeto de estudio en una ciencia social es el comportamiento humano, el cual no es un fenómeno determinado. El comportamiento es subjetivo, emocional, sesgado y situacional, y puede verse drásticamente alterado a lo largo del tiempo. Por ello, el resultado de fenómenos relacionados con el comportamiento, p. e. las acciones económicas, está lejos de ser fijo o determinado, tampoco estable en el tiempo. Como resultado, me temo, la economía no es una ciencia formal, por lo que no se la puede tratar como tal.

Pese a ello, a lo largo de la historia del pensamiento económico, se la ha tratado como tal. Y esto, precisamente, ha sido un gran error a lo largo de la trayectoria de la economía como disciplina. Las leyes económicas son pocas y de alcance limitado. La mayoría de sus teorías están fuertemente basadas en modelos, los cuáles se basan a su vez en asunciones más bien poco realistas (comportamiento racional, competencia perfecta, entre otras), resultando en la capacidad de explicar a la perfección situaciones que rara vez tienen lugar (p. e. una economía de un único factor, o un mercado de intercambios entre sólo 2 agentes).

En general, el pensamiento económico es capaz de explicar qué ocurriría en un escenario concreto, pero no cómo llegar hasta esa situación ni qué pasaría si pensamos fuera de la caja, en otro tipo de situaciones que, de hecho, son las más comunes en el mundo real, y quedan fuera de dicha caja. Hay poco o ningún consenso sobre reglas básicas, y muchas teorías contradictorias entre sí tratando de explicar fenómenos económicos, que son mayormente sólidas pero quedan muy restringidas en cuanto a qué fracción de la realidad comprenden, por el bien de la consistencia interna, lo que conlleva que muchas se sientan incompletas (p. e. las teorías sobre desarrollo o comercio).

Por último, pero no menos importante, hay un problema imperdonable para poder considerar la economía como ciencia formal: la incapacidad de establecer magnitudes que puedan ser medidas empírica y fiablemente. Cualquier ciencia formal necesita poder establecer magnitudes básicas para comparar y escalar el objeto de su estudio. Por ejemplo, en física tenemos la velocidad, la masa, la fuerza… ¿Pero y en economía? ¿Hay alguna manera razonable de establecer un estándar para reflejar ideas básicas como utilidad, riesgo, disposición a comprar, o el que hoy nos ocupa, valor?

Estos son los problemas que adolece la economía y su foco de estudio a lo largo de su historia. La teoría del valor es un ejemplo ideal para verlos en práctica.

Después de todo, ha habido multitud de aproximaciones por parte de numerosos autores, y ninguna parece ser completamente satisfactoria. Más aún, los economistas están continuamente rebatiendo a sus predecesores (Ricardo a Smith, Cantillon a Petty).

Esta va a ser la perspectiva recurrente con la que voy a examinar la historia de las ideas económicas. Porque considero que los evidentes problemas del pensamiento económico son más profundos que las meras sutilezas de los modelos, que es la manera en que la mayoría de economistas los han tratado. Han pasado sus carreras buscando errores en los modelos ajenos, y tratando de idear la versión definitiva del modelo. En cambio, yo creo que el problema es la metodología misma, el uso de modelos como si de una ciencia formal se tratase.

Por supuesto, hacen falta algunos indicadores para resumir realidades que, de otro modo, serían excesivamente complejas, y facilitar la toma de decisiones. Dicho eso, los economistas, observo, tienden a depender demasiado de estos y dar por sentados los marcos establecidos por dichos modelos, cometiendo el error fundamental de malentender u olvidar la realidad tras dicho marco. Dado que indicadores y modelos son una representación de la realidad, es un error dar toda la importancia a sus resultados, sin comprender las limitaciones subyacentes y los motivos por los que se obtienen tales resultados. Poner la matemática, o la “observación de la ley natural” de los racionalistas, por encima del sentido común, en una disciplina en la que las variables observables no son cuantificables, es un error fundamental que la historia del pensamiento económico repite siempre.

Siendo optimista, el resultado de este examen crítico que voy a llevar a cabo hará posible una aproximación refrescante, con los pies en el suelo y más cercana al sujeto de estudio de la economía.

Habiendo dicho todo eso, ya me he extendido bastante por esta entrada, sin haber apenas tocado el tema principal: La teoría del valor. El motivo es que esta introducción era necesaria para entender el alcance y motivo con los que voy a llevar a cabo este repaso a la historia del pensamiento económico. Ahora, en lo que resta de esta entrada, voy a ejemplificar brevemente los puntos que vengo haciendo con la evolución del concepto de valor. Dado que aún voy a dedicar otra entrada a construir sobre la teoría del valor, me expandiré más en ella.

El valor, en sí mismo, es una magnitud. Es uno de los pilares en economía. Esto porque, en última instancia, la economía es una disciplina sobre intercambio y distribución de unos recursos limitados entre multitud de seres humanos con necesidades ilimitadas. Y este reparto de recursos debe hacerse sobre alguna base: he ahí la función del valor. Determinar cuán valiosas son las cosas para poder evaluar qué tan satisfecho deberías quedarte con una cantidad determinada de dicho ítem, y, por extensión, cuánto valor hay que crear para satisfacer al conjunto del mercado/sociedad.

Cualquier ciencia formal en condiciones debería ser capaz de medir tal magnitud clave de manera clara e impecable. ¿Es este el caso en economía? Una revisión de la evolución del pensamiento económico revela que no. Hay multitud de aproximaciones y métodos, pero no un consenso, aún hoy, sobre la manera correcta.
Algunos han puesto el foco en el lado de la demanda y el regateo (Los juristas romanos, los europeos del siglo 17, Lloyd). Otros en el lado de la producción y sus costes (Ricardo, Marx, Petty, Cantillon). Los hay que han tratado de combinar ambos (Aristóteles, Smith, Mill). Todas sus teorías se sienten como que les falta algo, incompletas. La mayoría han sido criticadas y, al menos parcialmente, rebatidas.

Smith habla de la famosa mano invisible, pero es incapaz de especificar qué es (Aunque el disienta. Hoy sabemos que esta es el comportamiento humano, el pilar de la economía que ha sido mayormente omitido o se ha asumido que funciona universalmente de algún modo durante la historia). Ricardo basó su propuesta en un estándar invariable que nunca logró encontrar, ni ha sido hallado aún. La mayoría de pensadores de la desviación Anglosajona omitió otro concepto fundamental en economía, que es la productividad. Aristóteles, Platón, Tomas de Aquino y el resto de intelectuales antiguos creían en una noción de “valor justo”, inherente a las cosas, pero nunca lograron determinar cuál era este convincentemente. Y así con el resto.

Ni nunca pudo, ninguno de ellos, dar una solución satisfactoria al gran dilema de la teoría de valor: ¿Hay alguna relación entre valor y precio, y, en caso afirmativo, cuál? A este asunto dedicaré la siguiente entrada de este repaso a la historia de la economía, considerando a los autores modernos surgidos a raíz de la revolución marginal.

 

 

 

AUTOR: Pablo Moral Pérez

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