Teoría del valor II. La revolución marginal. El valor como utilidad.

Tras repasar a los autores restantes posteriores a Marx, con quien concluí la última entrada, hasta la actualidad, vuelvo a la pregunta que quedó pendiente: ¿Podemos explicar la naturaleza del valor, medirlo de forma efectiva como magnitud fundamental para las pretensiones de la economía como ciencia, y entender su relación con los precios? Tras estos últimos economistas, he recorrido la conocida como Revolución Marginal, un refrescante cambio de perspectiva de lo macro a lo micro, y por ende revisado también sus consecuencias en desarrollos posteriores.

Como breve curiosidad, voy a señalar lo que considero una divertida paradoja, que es cómo la Revolución Marginal, que pretendía centrase en lo micro, en el nivel transaccional, recuperando la idea Aristotélica de utilidad y construyendo sobre ella, acabó evolucionando tras casi 2 siglos, por la mano de Wald y sus sucesores, basados a su vez en el equilibrio en intercambios bilaterales de Walras, y construyendo sobre la idea del Equilibrio de Pareto también, en un intento de llegar a una noción de “Equilibrio General”, la cual probablemente sea el concepto macro más ambicioso jamás propuesto, olvidando por completo los orígenes individuales y transaccionales de la idea de utilidad.

De vuelta a lo que nos ocupa, el asunto es: ¿Ha servido la Revolución Marginal para hallar la respuesta buscada? Bueno, dada la ausencia de consenso y el continuo rebatir de lo que el pensamiento previo había establecido, y el modo en que los economistas han fallado consistentemente en alcanzar por completo sus metas (Jevons no pudo librarse de la aproximación Ricardiana basada en los costes de producción, Pareto no logró escapar de la necesidad de contemplar la utilidad, o el Equilibrio General ha fracasado en su empeño de tomar forma en algo sólido y operacional, por poner algunos ejemplos) considero lo suficientemente evidente que la respuesta en negativa. No me malinterpretes, ha habido intentos muy interesantes, pero mayormente han fracasado por los problemas que implica tratar la economía como una ciencia formal que introduje en la entrada I.

La insistencia en tratar de matematizar lo que no puede matematizarse ha condenado estos intentos. De nuevo, la teoría del Equilibrio General es el mejor ejemplo de mi argumento. Debreu, uno de sus principales desarrolladores, de hecho llegó a la conclusión de que para cumplir con el formalismo matemático, la única manera era ignorar la realidad y construir un sistema lógico asumiendo que funcionaba en la realidad, pero sin tener garantías de esto de facto. Lo que es más, Marshall y otros economistas de la Revolución Marginal se enfocaron tanto en obtener una función de utilidad, que dejaron por el camino las consecuencias humanas, morales y filosóficas de tal consideración sobre el ser humano, que podrían llevar a conclusiones humanamente devastadoras, tales como aquellas levantadas por el debate entre la búsqueda del propio interés y el desarrollo sostenible. Edgeworth desarrolló su modelo, la conocida “Edgeworth box”, que describe a la perfección una situación inútil, un equilibrio ideal para el cual se requieren unos determinados repartos de recursos iniciales para poder alcanzarse, pero nunca se nos ha explicado cómo alcanzar dicha situación desde un punto de partida distinto, más realista.

¿Pero dónde se encuentra el error? ¿Tiene que ver con las matemáticas? ¿O es algo más profundo?

Si observamos el intento fallido de la Escuela de Economía Austríaca con el coste de oportunidad, que es una aproximación lógica desde un punto de vista formal (como las matemáticas, casualmente) pero difícilmente operacional, nos percatamos que la culpa no es de las matemáticas. Hay un patrón en ambos métodos: Tratar a la economía como una ciencia formal. En otras palabras, la consideración de que se pueden establecer verdades universales y fundamentales para esta. Los Austríacos se considerarán más flexibles por no usar tantas matemáticas, pero siguen siendo racionalistas. El objetivo del racionalismo, es la búsqueda de la verdad absoluta mediante la razón. Por ello, usarán distintos métodos, pero caen en los mismos fallos.

El problema no es cuál es la verdad absoluta. Antes, debemos clarificar: ¿Es posible alcanzar verdades absolutas en economía? Y esto nos conduce inevitablemente al gran debate de absolutismo vs subjetivismo, pero esperemos un poco más antes de meternos con esto. Lo primero, porque aún ni si quiera sabemos lo suficiente como para contestar. Como algunos de los más recientes economistas han sugerido, no pudo haber un Newton que se sentara y dilucidara las leyes fundamentales de la física hasta que intelectuales previos hubieron reunido suficiente información para que pudiera hacerlo con conocimiento de causa. ¿Tenemos actualmente la suficiente información sobre los fenómenos económicos para cubrir todas las posibilidades y estar seguros al 100% de nuestras afirmaciones? No. Sin embargo, el hecho de que sea más difícil alcanzar una verdad absoluta en economía que en física, no significa que no la haya tampoco. De modo que probablemente, antes de lanzarnos a formular verdades absolutas, debemos reunir suficiente información como para estar seguros. Ahora mismo, el debate sigue abierto, y nadie puede cerrarlo definitivamente.

Además, ha habido otro problema más. Como comentaba en la entrada I, uno de los mayores problemas con la economía como ciencia formal, es que no puede medir fiablemente magnitudes clave. Esta ha sido, tal como yo lo veo, la principal razón del fracaso la de aproximación basada de la utilidad (y sus derivadas). Incapaces de cuantificar la magnitud “valor”, trataron de ignorarla y cambiaron a la de “precio”, pero para poder determinar este tuvieron que recurrir a una nueva magnitud que tampoco pudieron medir: “utilidad”. Las ampliamente discutidas limitaciones de las propuestas de cada autor prueban mi punto. Simplemente intercambiaron magnitudes, con el mismo problema persistiendo en ambas.

Para cerrar con una reflexión más positiva, igual ninguna propuesta individual ha tenido éxito en resolver adecuadamente el problema. Pero, ¿se puede aprender algo de la evolución de todas en conjunto? Creo que sí. Se puede observar cómo, al inicio de la historia del pensamiento el racionalismo dominaba el panorama, dando lugar a respuestas absolutistas. A raíz de ello, la noción inicial de valor era la de una verdad objetiva y universal en sí misma, y los precios debían reflejarlo. Progresivamente, gracias al paso clave dado por Tomás de Aquino, se admitió que las fuerzas del mercado y las circunstancias podían alterar el precio, evolucionando hacia una perspectiva mixta. Smith y los otros economistas clásicos mantuvieron y desarrollaron dicha perspectiva.

De todos modos, a medida que le conocimiento económico creció en complejidad, el foco cambió de valor basado en costes de producción a precios determinados en el intercambio. Como resultado, los precios se volvieron centrales, desplazando el valor a una noción subjetiva (eso sí, no desapareció tampoco. Mira los debates actuales como el incremento del precio del papel higiénico durante la pandemia, o la gente que cuestiona si el IPhone vale realmente su elevado precio. Aún hoy se aprecian reminiscencias de la antigua noción de valor intrínseco). La cosa es que la teoría del valor y la formación de precios comenzó en el absolutismo y, debido a la complejidad, ha evolucionado hacia el subjetivismo.

De hecho, esto forma parte de un tema mucho más amplio que, hoy día, envuelve a todo tipo de conocimiento y está en el núcleo de un debate filosófico más profundo: racionalismo (tradicional) vs postmodernismo (nuevo), el cual pretende dar respuesta a cuál es la naturaleza de la verdad misma. Se ha discutido hasta el infinito dicho dilema, sin resolución por ahora. Yo ya he expuesto mis pensamientos en lo que respecta a la economía unas líneas atrás.

La cosa es, ambas aproximaciones han fracasado en resolver el problema del valor. Esto me lleva a pensar que el problema con la economía no es ése, no es si hay una verdad absoluta o no. El problema, como vengo reincidiendo, es la metodología usada por ambas aproximaciones para tratar de dar respuesta: Tiene un enfoque erróneo. Tanto economistas clásicos como neoclásicos han tratado la economía una ciencia formal y buscado establecer leyes y teoremas, tanto si estos se basan en criterios objetivos como subjetivos. Ya lo dije en la entrada I, la economía es una ciencia social, porque estudia a los humanos. Y dicho sujeto de estudio no es constante, que es el requisito para establecer tales leyes, está continuamente evolucionando y puede ser alterado por demasiados factores en demasiado poco tiempo.

Igual lo que los economistas deberían hacer, es empezar a entender mejor el comportamiento humano, el cual es de hecho la auténtica ley que rige a su objeto de estudio. Al hacerlo, igual serán finalmente capaces de compilar suficientes datos como para responder la gran pregunta de absolutismo vs relativismo, y comenzar a establecer leyes más fundadas y precisas, que no traten sobre escenarios esperados sino sobre fenómenos reales. Soy positivo con esto, al ver que Samuelson ya sugirió la importancia del comportamiento (aunque acabase cayendo también en el vicio de las asunciones surrealistas), de esta manera sembrando el terreno para el futuro surgimiento de la economía del comportamiento (que paradójicamente comenzó por refutarle). Además, Debreu admitió que la formalidad matemática era incompatible con la inconsistencia humana.

Puede que me haya extendido más de lo que esperaba esta vez, pero en la siguiente acortaré ya que ahora, tras esta exposición, puedo por fin exponer mi caso:

Igual la economía debería dejar de depender tan fuertemente de las matemáticas y otros métodos formales, y empezar a obtener ayuda de disciplinas que sí estén relacionadas con su sujeto de estudio, el ser humano. Ya lo decía Descartes, la importancia de elegir el método adecuado. En las próximas entradas construiré más sobre esta idea, pero por hoy eso es todo.

 

 

AUTOR: Pablo Moral Pérez

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