Teoría de distribución I. El origen de los modelos económicos

 

La última vez, en la entrada II, avancé bastante en la exposición de mi perspectiva crítica hacia la historia del pensamiento económico, alcanzando algunas conclusiones clave. Hoy, en la presente entrada, voy a explorar más en profundidad esas ideas desde el punto de vista de otra de las principales corrientes del desarrollo del pensamiento económico: La teoría de distribución. Mi propósito es probar que la última vez no fue un golpe de suerte, que el uso de una metodología inapropiada en economía ha afectado negativamente al resultado de todo su avance.

La teoría de distribución es particularmente interesante, porque es donde los modelos económicos fueron introducidos por primera vez. Tal pilar fundamental para el posterior desarrollo de la economía, es también usado de manera errónea, como argumentaré ahora, por lo tanto llevando a inconsistencia entre los modelos y la realidad. Todo empezó con los fisiócratas. Quesnay, quien seguramente sea el más influyente entre ellos, diseñó el primerísimo modelo económico: la tabla económica. Para ello, básicamente combinó lo que autores previos ya habían teorizado, esto es, la conclusión de Petty de que la producción agrícola podía crear excedentes, y las 3 rentas de Cantillon, todo ello en un modelo que pretendía dibujar la naturaleza de una economía. Era una visión de la economía como un flujo circular de bienes entre distintos sectores, cada cual correspondiente a una clase social concreta.

Sin embargo, cometió un error, asumiendo que solo la agricultura podía generar excedentes, y por ende beneficios. Su compañero fisiócrata Turgot ampliaría más adelante esta visión para establecer que más sectores podían generar excedentes, y el capital disponible se distribuiría entre estos dependiendo de sus ratios de beneficio, alcanzando así “algún tipo de equilibrio” (en sus propias e indefinidas palabras). En cualquier caso, la idea es que el precedente de hacer asunciones absurdas que ignoran parcelas de la realidad para hacer consistente el modelo quedó servido.

Esta tendencia negligente continuaría en los siguientes modelos propuestos por otros autores. Adam Smith trató de explicar él mismo la distribución de la riqueza generada por la producción, pero acabó llegando a una idea auto-contradictoria sobre el alquiler. Además, tampoco fue capaz de cuantificar el ratio de beneficio. Malthus asumió que el crecimiento poblacional debe siempre sobrepasar al aumento en la producción de comida, conllevando un límite natural al crecimiento económico, lo cual es inconsistente tanto empíricamente (la historia ha demostrado que se equivoca en Asia o en Latinoamérica, entre otros) como teóricamente (según él, el crecimiento poblacional es una función exponencial y el de la comida aritmético. Por ende, la población debe crecer más deprisa. En cambio, esto depende de cuán alta sea la tasa de crecimiento exponencial, o de que dichas tasas se mantengan durante enormes períodos temporales. Lo que es más, su conclusión es autopretendidamente científica, pero de hecho la infirió discrecionalmente a raíz de algunos datos).

Ricardo se sacó de la manga su modelo del maíz, el cual significa asumir que el maíz es el único capital en la producción agrícola y una economía de un único bien, lo que es cuanto menos surrealista. Para tratar de enmendarlo, diseñó su teoría del valor, sobre la que hablé en la entrada I, pero de nuevo, en el núcleo necesitaba o una economía de un único bien, o algún tipo de estándar invariable en el que reflejar el resto de bienes. Jamás pudo encontrar dicho estándar. Y luego vino Marx y llegó a la dudosa conclusión de que, para incrementar la cantidad de beneficios en términos absolutos, el capitalista debía reducir el ratio de beneficio, lo que debido a su avaricia llevaría al colapso del capitalismo. De nuevo, a este la historia le desdice, no sólo por sus predicciones fallidas, sino también posteriores desarrollos teóricos como productividad, economías de escala, control de la cadena de valor o target costing.  Todo debido a que, en el núcleo de su modelo se hallaba la computación de una “tasa de explotación” cuya existencia es tan dudosa que no es la magnitud ideal en la que depender.

En resumidas cuentas, en todos los modelos se observa inconsistencia con la realidad, independientemente de si son coherentes a nivel interno (Smith por ejemplo, no lo era). Y son inconsistentes debido a las asunciones absurdas que hacen. Nada nuevo hasta aquí. La cosa es, qué necesidad habrá de hacer dichas asunciones. Pues porque sino no pueden medir todas las magnitudes que necesitarían para explicarlos. Quesnay no podría haber medido el excedente en sectores industriales sin una medida clara del valor. Smith no podía cuantificar el ratio de beneficio. Malthus no pudo establecer funciones claras de crecimiento poblacional y de la comida, solo generalizaciones vagas. Ricardo no podía estimar los precios relativos entre sectores sin tirar su modelo. Marx no pudo determinar la explotación (por mucho que él disienta).

Aquí el problema se halla en el orden del desarrollo científico. Para construir conocimiento científico formal, primero hay que recopilar datos, patrones de relación y de ahí obtener magnitudes medibles. Después se usan dichos patrones y magnitudes para enunciar leyes y teorías básicas, empíricamente fundamentadas. Por último, de dichas leyes empíricamente consistentes (insisto en lo de empírico) ya puedes derivar modelos, que por tanto serán consistentes con la realidad y, como resultado, útiles. De ahí el fallo de los modelos económicos. Han empezado construyendo la casa por el tejado, han ido directos a los modelos sin tener previamente suficientes datos o magnitudes fiables, como argumenté en la entrada II.

El problema es que la economía, por mucho que quisiera, no podría establecer magnitudes medibles. Porque su objeto de estudio, el comportamiento humano, no es constante, lo que hace imposible deducir patrones universales y duraderos, al menos sin caer en las asunciones. De ahí el núcleo del problema con la economía, como ya establecí. Eligió el método equivocado, uno que no se ajusta a su realidad, en vez de otros que tengan algo que ver con su objeto de estudio. ¿No sería más sencillo, para los propósitos de la teoría de distribución, medir la producción mediante la contabilidad (algo que desde la introducción del PIB ya mayormente se hace), y luego usar la teoría de sistemas sociales para estudiar los mecanismos de dispersión a lo largo de una red social? Probablemente.

En cualquier caso, mi espacio se agota, pero aún hay algunas teorías de distribución más. En la próxima entrada, examinaré si logran triunfar donde sus predecesoras han fracasado. Veremos si los desarrollos modernos resolvieron los problemas que vengo comentando. Por hoy, con esto concluyo.

 

 

 

AUTOR: Pablo Moral Pérez

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