“El PIB es fácil de criticar pero difícil de reemplazar”

Paul Sheard

 

Producto Interior Bruto , un indicador económico utilizado para medir la actividad económica de un país durante un período de tiempo determinado, registrando y valorando a precio de mercado el valor añadido de todo lo producido en ese período en el país, tanto por nacionales como extranjeros… En otras palabras, el valor total de la producción anual en el país.

El amplio consenso actual, unanimidad incluso, lo postula como el medidor por excelencia del progreso económico de un país. Es “la medida del bienestar”, por así decirlo. De tal manera lo legitiman prácticamente todos los miembros de Naciones Unidas, incluso los que antaño fueron más reluctantes a su adopción como China o Rusia. Su liderazgo en el mundo es indiscutido.

O casi. Resulta que, desde hace tiempo, y más en años recientes tras la gran crisis vivida en 2008, se ha puesto en tela de juicio su pertinencia como medidor del progreso. En este período, se dio un extraño fenómeno: en muchos países (como en el propio caso español) se dio la paradoja de que durante la “recuperación” el PIB crecía a buen ritmo y sin embargo el paro no bajaba acordemente o los salarios permanecían estancados. La exportación barata o el gasto público tiraban del carro, pero no había mejoría perceptible en las condiciones de vida del ciudadano medio. ¿Cómo es posible que la medida del bienestar aumentase pero no el bienestar per se con esta?

Lo que es más, la creciente sensibilización respecto a nuevas tendencias, como la revolución tecnológica y los nuevos fenómenos económicos producidos con esta, o la situación medioambiental del planeta, ponen de manifiesto que hay sendos aspectos que esta medida no recoge en sus mediciones, pero que forman parte integral del progreso y bienestar. Pareciese que estemos ante un indicador de otra época, diseñado atendiendo a las sensibilidades de su tiempo, que no es capaz de atender a las preocupaciones actuales. Que esté anticuado.

Pero no estamos ante una problemática reciente. Resulta que su propio creador, el economista estadounidense Simon Kuznets, ya advertía en su día de la limitación de su creación y la cautela con que había que tomarla. Pongámonos en contexto. USA. 1932. El país se haya en plena Gran Depresión. El nuevo presidente, Roosevelt, planea un plan de choque contra esta (conocido como New Deal) pero antes debe evaluar los daños. Sabe que la producción y los pedidos se han desplomado, y que muchos americanos han perdido su empleo, pero no cuenta con ninguna medida fiable y cuantitativa. Resulta que, en aquellos tiempos, aún no existía ningún indicador macroeconómico como los conocemos ahora.

Dada la situación, Roosevelt encarga a Kuznets elaborar un barómetro de los daños a la economía americana. Este se pasa los siguientes 2 años recorriendo el país y entrevistando a empresarios y ciudadanos sobre cuánto habían gastado, producido y consumido, y va anotando en una suerte de libro contable todos los resultados, con el objetivo de comprimir en una sola cifra la actividad económica total. En 1934 publica el resultado de su trabajo en el célebre artículo Ingresos Nacionales 1929-1932 que sentó las bases intelectuales del new deal y del pensamiento económico para los 80 años posteriores. En este, presentó al mundo su nuevo artificio, el PIB, y con él reveló que en dicho período la economía estadounidense había perdido casi la mitad de su valor… El resto es historia.

Lo importante, es que Kuznets creó el PIB a medida de las exigencias con que se le había encargado, dada la excepcionalidad de las circunstancias, no acorde a lo que él consideraba que era idóneo para medir el progreso. Así, cuándo tras la Segunda Guerra Mundial las Naciones Unidas ratificaron el indicador como la referencia económica a seguir, el propio creador mostró sus dudas del uso que se dio a su obra. Se cuestionó si una medida del progreso debía contabilizar el armamento, la especulación financiera o la publicidad.

Su propio creador pensaba pues que su indicador servía para medir el valor de la producción agregada de una economía, lo que se antoja como una aproximación razonable a la actividad económica total, y esto era útil de cara a controlar qué ayudaba a aumentar la actividad, y como de graves eran las recesiones. El PIB, por lo tanto, es un hijo de su tiempo, la era industrial, pensado para mantener una especie de contabilidad agregada de la producción. Y para eso sirve razonablemente bien. Pero nunca fue pensado para el uso tan amplio que se le dio a posteriori, el mismo Kuznets renegó de esa idea.

El PIB no basta para medir una economía contemporánea por todo lo que deja fuera (se pensó para medir las actividades de su momento y no se ha actualizado debidamente el método) Ni, como Kuznets negaba, como indicador de progreso económico. La lógica de sus difusores ha sido sencilla, a saberse, “si producimos más consumimos más, y cuanto más se consume mejor”. Innegable es que existe una cierta correlación entre satisfacción material y bienestar. Y que existe una correlación entre los países con mayor grado de libertad y felicidad con el tamaño relativo de su PIB frente a otros menos libres y con menor felicidad.

Pero esa correlación es demasiado vaga y deja fuera muchas cosas, amén de contabilizar otras que no contribuyen sino negativamente a dicho progreso. Un ejemplo sencillo: Si cuanto mayor es el PIB mayor es el bienestar, España tiene un PIB prácticamente el doble de grande que Suiza. ¿Significa esto que el nivel de vida en España supera a Suiza? Mejor no hagas esa pregunta por la calle si no quieres que se rían de ti.

Sentadas estas bases, creo que es momento de afirmar que medir el progreso económico excede las capacidades del PIB, y que hay que, sino sustituir este indicador, complementarlo. Acompañadme pues, en las siguientes líneas, a ver porqué, y si existe una alternativa razonable al PIB.

 

LOS FALLOS DEL PIB

Antes de nada, quiero romper una lanza en favor del PIB. Es una medida que se creó en el contexto de una crisis sin precedentes, necesitándose calcular los daños, y cumplió su propósito excelentemente. Es más, es una medida homogénea que casi todos los países usan, lo que los hace comparables, y sirve para observar su evolución a lo largo del tiempo de modo que se puede estudiar en series temporales. Es una medida versátil y que ha sido razonablemente útil en muchos aspectos. Por tanto, en este artículo no pretendo desvirtuar nada de eso. Simplemente es que la ambición que se le ha dado le queda grande, y no sirve para medir el progreso de una economía por una serie de carencias que procedo a repasar.

En primer lugar, resulta problemático lo que el PIB deja sin contabilizar: el trabajo doméstico no remunerado, el trabajo voluntario o la economía sumergida. Y sí, esta es muy significativa en muchos casos. En España y los países mediterráneos, se estima que de poder registrarse esta última, el valor del PIB podría incrementarse sobre un 30% ni más ni menos (siempre contando con la poca fiabilidad de estos datos) Pero la economía sumergida sí importa para el bienestar porque no sólo hablamos de ventas de drogas, armas y otras mercancías ilícitas, sino también de mercados de segunda mano entre particulares sin ninguna plataforma de por medio, de intercambios del tipo “trueque” sin usar dinero, o de trabajos no declarados pero que están generando ingresos que incrementan el bienestar de esas personas; entre otras actividades. Por tanto, la medida del PIB no contabiliza toda la actividad económica, deja fuera muchas actividades que pueden tener un peso considerable.

Otra cuestión es lo que contabiliza y que dudosamente supone un progreso. Supuestamente el PIB debe representar el valor añadido total de la economía. Resulta, por el contrario, que mucho gasto público (que se contabiliza) no aporta ningún valor añadido o progreso: funcionarios innecesarios, chiringuitos políticos, duplicidades y administración paralela, entes públicos o relacionados con la administración de dudosa aportación… Se abre el debate, necesariamente, de si todo gasto público debería contabilizarse, o bien procedería ser más escrupuloso y ceñirse a las actividades con una utilidad demostrada.

Porque de este modo, reiteradamente, muchos gobiernos se han visto en la tentativa de camuflar caídas de la producción real, con valor auténtico, mediante incrementos absurdos de gasto público en partidas ridículas sin ninguna aportación (premio si te viene a la cabeza el infame plan E) Resulta que tener esta medida, como se mide, y con la importancia que se le da, es un peligro acorde a la experiencia, puesto que gobernantes sin escrúpulos ponen sus intereses electorales delante de su deber y aumentan el gasto en cualquier chorrada con tal de maquillar el PIB, endeudando a los ciudadanos enormemente en el proceso.

Siguiendo con el gasto público de dudoso valor añadido, otro ejemplo más contundente: la guerra y el armamento. El gasto público cuenta para el PIB, y el gasto militar es parte de este. Por lo cual, atendiendo a la lógica de cuanto mayor el PIB mejor, sin preocuparse por una composición sana del mismo que realmente refleje progreso, la guerra suena a excusa perfecta para sacar una economía adelante creando empleos en el ejército y revitalizando la producción con el armamento. Miren sino los casos de Alemania y USA tras la Gran Depresión, con la Segunda Guerra Mundial. Sus PIB estaban disparados de nuevo, sí. ¿Implicaba esto más cantidad, variedad, y calidad de alimentos? ¿Nuevos medicamentos? ¿Una creciente oferta de ocio? Estas cosas son las que realmente aumentan el bienestar de las personas, no el gasto en lo que sea por ver crecer una cifra.

Paradójicamente, en los USA, el consumo se paralizó durante la guerra por el hachazo fiscal para financiar tal esfuerzo bélico y por la poca variedad y calidad de productos en oferta, pese a un sensible aumento de las rentas. No fue hasta el fin de la guerra, con una bajada de impuestos masiva y la redistribución de la capacidad productiva hacia producción de consumo, que el gasto de las familias se disparó y la economía americana experimentó un súper-crecimiento sin precedentes.

Por tanto, el armamento, los chiringuitos y los aeropuertos sin pasajeros sí cuentan, pero los voluntariados o la economía colaborativa no. Obviamente, aquí hay un problema de criterio si la intención es registrar el progreso. Qué actividades registrar y cuáles no debería ser el comienzo de una revisión metodológica.

Otro tema importante, que ya comentaba antes, es que el PIB es hijo de su tiempo. No se han actualizado sus criterios debidamente al cambio en los tiempos, particularmente al cambio tecnológico, y ello lo pone en cierto riesgo de obsolescencia. Hay muchas nuevas actividades, surgidas del mundo de la innovación y la vanguardia, que no se registran apropiadamente. Por ejemplo, muchos de estos cambios, como la introducción de la industria 4.0 o el uso de tecnología blockchain, van a causar en los próximos años un enorme aumento de la productividad, pero el PIB es una variable estática, no flujo (dinámica), y por ende solo mide el valor de las cosas en un punto determinado del tiempo.

De este modo, para el PIB, toda la aportación de estos avances se resume en el gasto adicional en I+D, olvidando el incremento de la eficiencia que comportan. Obviamente, el progreso que esta innovación trae consigo es mucho mayor de lo que indica el PIB. Para eso ya medirá en un futuro la producción adicional, cuando esta se materialice, pero con nula capacidad de explicar de dónde viene dicho crecimiento extra. En suma, el PIB tiene problemas para medir apropiadamente el progreso que supone la innovación.

Pero no sólo carece de capacidad explicativa de los aumentos de la producción que esta permite. Hay muchas actividades que causan bienestar gracias a esta y no contabiliza en ningún momento. Particularmente con los elementos de la economía digital.

Pongamos el concepto económico del “excedente del consumidor”. Este representa el beneficio del consumidor por participar en el mercado, en forma del dinero que estaría dispuesto a gastar de otro modo pero se ahorra gracias a la asignación de precios del mercado. Esto es, por ejemplo, alguien con una renta anual de 40 000€ estaría dispuesto a pagar por la comida fácilmente 3 o 4 veces más de lo que paga a precios de mercado actuales, pero la formación de precios por oferta y demanda del mercado permite acceder a consumidores con menor renta fijando precios más bajos, y esos ricos también quieren comprar más barato, así que, con excepción de las marcas de lujo, la guerra de precios que se abre hace que nadie pueda vender más caro porque existen esas alternativas más baratas de sus competidores a las que sus compradores migrarían de hacerlo. De forma que todos los consumidores de mayor renta que el más pobre del mercado disfrutan de un excedente de consumidor.

Pues bien, la economía digital genera enormes excedentes del consumidor adicionales que no están siendo registrados en el PIB, y suponen un mayor bienestar. Está el ahorro de tiempo y gasolina que supone comprar tranquilamente online desde casa. El enorme ahorro en precio que ofrecen plataformas como Amazon o Alibaba por su revolución logística. La reducción del coste de transporte gracias a plataformas colaborativas como uber o cabify.

Pero, más que ningún otro, el acceso gratuito a información gracias a internet. Esta es un bien, intangible, pero con un gran valor, y antaño adquirirla suponía un coste y un tiempo, ahora es instantáneo y gratuito. Las búsquedas de Google son un enorme progreso, que el PIB no refleja, en todo caso cuenta como caída por la desaparición de ese gasto previo en información, pero la actividad sigue ahí, y es cualitativamente mejor que nunca.

A raíz de esto último, procede remarcar que el PIB tampoco refleja el progreso no cuantitativo, sino cualitativo, de muchas de estas innovaciones. No refleja la mayor seguridad que otorga blockchain como sistema de pagos. No refleja la mayor precisión otorgada por el Big Data para la toma de decisiones. No refleja el ahorro de tiempo, en la resolución de problemas gracias a la I. A. o a la computación cuántica en un futuro, o en nuestra navegación online gracias a la implantación del 5G. El PIB, en definitiva, sólo mide aumentos de la producción en el momento que se producen, pero deja de lado todo el progreso adicional que supone la innovación.

Tampoco es particularmente preciso estimando el valor de las ideas y conceptos, o de los bienes intangibles. Se saca de la manga estimaciones basadas en asunciones que luego pueden no cumplirse para darles un valor monetario. Sin embargo, ¿cómo medir el valor dinerario de una idea, como una cura para el cáncer, o un descubrimiento científico sobre el origen del universo? Y más aún a priori. A posteriori se pueden aproximar las ventas de ése fármaco, o los ingresos de las aplicaciones que dicho descubrimiento generase, sí… Pero a mí me parece insuficiente. Me parece que en el empeño por dar un valor numérico a estos progresos nos dejamos de lado demasiados aspectos no medibles de manera formal, cómo lo que pueden llegar a vivir y hacer esas vidas salvadas, o el valor cultural del conocimiento nuevo.

Mención aparte para una crítica de las más habituales, que el PIB no refleja la sostenibilidad ni la calidad medioambiental. Talar árboles es bueno según este indicador para incrementar la producción de papel y muebles, pero no refleja la pérdida de vegetación que absorba el CO2 y palie su efecto nocivo en la salud. No tiene en cuenta si un método de producción es contaminante y genera residuos o no. No considera negativa la merma de biodiversidad hasta que una especie cuyo uso no es reemplazable por otra se extinga, lo que considera negativo es bajar su valor por mermar la actividad para explotar esa especie de modo sostenible.

La propia economía circular, un concepto basado en la filosofía “0 residuos”, en reutilizar los materiales y componentes de los bienes, una vez gastados, en vez de tirarlos, creando un círculo, un bucle, con lo ya usado, para reducir el consumo de recursos naturales y materias primas. Pues bien, dado que esta idea supone mermar las actividades de extracción y transporte de recursos, para el PIB podría ser hasta negativa, si no se compensa con un aumento de las actividades de reparación y reacondicionamiento de bienes y materiales. Difícil es concebir progreso con un planeta devastado, así que este es un error de cálculo del PIB serio. Como decía cuando hablaba del negocio de la guerra, no cualquier actividad es buena o mejora el bienestar, así que estas no deberían contabilizarse como “progreso”.

Hay otro fallo más de este indicador al medir el progreso. Pongamos el ejemplo de los ordenadores. Al principio de la informática, uno valdría aproximadamente un millón de dólares. Ahora los puedes comprar nuevos por 400. Para el PIB se habrían perdido 999 600 dólares por ordenador, de valor, pero lo cierto es que ahora son más accesibles, son la puerta a mayores prestaciones, usos e información, y en definitiva, son mejores y llegan a más gente. Eso sí, se puede contrargumentar que la caída de valor por ordenador, por unidad, se compensa con el mayor número de unidades vendidas.

Vamos a un ejemplo más extremo: El smartphone. Uno actual, se puede conseguir por poco más de 100 dólares e incluye, en un solo producto, un teléfono, una agenda, un calendario, una radio, un ordenador, una consola para juegos, una cámara, un reloj, una linterna… Por mucho que haya miles de millones vendidos, cuesta ver como una diferencia de precio tan radical con lo que era adquirir todos dichos bienes, muchos de ellos básicos que todos teníamos, se puede compensar. Siguiendo esa regla de tres, el smartphone habría sido algo negativo para el progreso. Obviamente no ha sido así. El acceso portátil a información en todo momento que da, la capacidad de contactar y comunicarse con gente en cualquier parte del mundo, todo un nuevo mercado de oportunidades en el que hacer negocio con su producto: las app…

En fin, que el PIB es un indicador materialista, e igual si se trata de medir el progreso de una sociedad, ese enfoque no es adecuado. Igual tiene más sentido medir la utilidad, como en el caso smartphone, que ofrece muchas más prestaciones, de modo más cómodo y a un menos coste. De nuevo, foco equivocado en la metodología.

Y es que, como ya vengo reiterando, un enfoque materialista no es lo idóneo para evaluar progreso y bienestar. Deja fuera multitud de ámbitos subjetivos, sesgados, o difícilmente medibles, véanse, la calidad de los bienes producidos, su variedad, o los gustos de los consumidores. Pongamos un país rico en tierra fértil para producir arroz. Según una lógica materialista, su estrategia debe ser especializarse 100% en producir todo el arroz posible. Pero ¿Y si a muchos ciudadanos les gusta más el trigo, y no aguantan el arroz, o les sienta mal? ¿Y si, simplemente, acaban hasta las narices de comer siempre lo mismo, y estarían dispuestos a sacrificar producir menos comida en general a cambio de tener una dieta más diversa?

De nuevo, hay múltiples factores intangibles que un enfoque materialista no puede abarcar, pero son clave en el bienestar. Y recordemos, la economía es la ciencia que va sobre distribuir recursos para satisfacer necesidades, no la ciencia de generar dinero y producción porque sí, por lo que estos intangibles son vitales para dicha satisfacción.

Hay otro problema metodológico con el PIB más, y es la paradoja de la inflación. En este caso, hablamos a muy largo plazo, por lo que es algo que sólo se ha manifestado con los años, no se pensó en un inicio. Veamos, el PIB de un país medio a día de hoy, vale millones o billones más que hace un siglo. Ergo su PIB, esto es, el valor de la producción, vale más también. ¿Y si esto no fuera tan así, y el valor real se hubiera incrementado mucho menos de lo aparente? El PIB está medido a precios corrientes (del momento) de mercado, de productos acabados o costes de producción. Ergo está medido en lo que vale el dinero en el momento. Pero, generalmente, la economía sufre inflación, esto es, pérdida de valor del dinero, por producir más y más a una tasa mayor que el aumento de la producción asociada a este, de manera sostenida en el tiempo.

Esta inflación es baja en el corto plazo, anualmente, pero a lo largo de un gran período, como 50 años o un siglo, se acumula y acaba siendo considerable. De este modo, aunque el PIB de hoy sea mucho mayor que hace un siglo, está medido en un dinero cuyo valor es mucho menor. De este modo, si durante el último siglo el país ha crecido anualmente de media un 3% (una media bastante típica en la práctica) su economía ahora valdría 300 veces más. Pero si durante ese mismo período, su inflación ha sido de un 2% anual (la meta de casi todo banco central) su dinero actual, y por ende su economía, vale 200 veces menos. Por tanto, el progreso real, según el PIB, en tanto que el valor auténtico del incremento de la producción total, supone que el país tiene una economía 100 veces más grande tan solo, en términos netos. La paradoja de la inflación ha reducido a un tercio lo que a ojo se estimaba de crecimiento.

Aún no hemos acabado con los problemas del marco metodológico. Hay un asunto, y es que el PIB no es igual a la capacidad productiva. Existen, prácticamente en todos los casos, recursos ociosos, sin usar. Así, un dato de crecimiento aparentemente bueno, que indicaría un progreso sólido, puede esconder una carencia gorda detrás, en forma de potencial en desuso, cuya cuantía fuera mucho mayor aún que ese dato de crecimiento.

Por poner un ejemplo, la recuperación económica de España ante la crisis económica. Crecimientos anuales superiores al 3%, pero luego un 15% de paro durante todo el período. Parecía que estábamos avanzando viento en popa, pero en realidad de haber empleado esa capacidad ociosa, y haber podido poner a toda esa gente a trabajar, el crecimiento hubiese sido mucho mayor, y por supuesto el bienestar efectivo, que no era tan elevado como ese engañoso dato de PIB indicaba, por toda la gente que se quedó fuera de esa recuperación, y podrían haber estado empleando sus talentos.

Y todavía señores me queda un último fallo metodológico del PIB (sí, la verdad es que hay unos cuántos. Como decía, está algo desfasado ya) Y es que, de nuevo, el enfoque materialista nos lleva a más absurdos. Porque la idea es medir el valor de la producción, y esta se registra en dinero debido a este enfoque. Bien, si la idea es medir el valor, puede alguien explicarme cómo el PIB le otorgaría el mismo valor exactamente a dos autopistas cuyo coste hubiera sido el mismo, pero luego una esté rebosante de tráfico todos los días y la otra medio abandonada porque poca gente va por ahí. O igual pongamos 2 smartphones que se venden por más o menos el mismo precio, pero uno tiene mucho mejores prestaciones que el otro.

Es un sinsentido. Hay productos que cuestan lo mismo pero no tienen, ni de lejos, la misma utilidad. Ergo, no tienen el mismo valor, ni contribuyen al progreso en la misma medida. Pero el PIB los contabiliza igual a ambos.

Y para cerrar este abultado repaso a sus vergüenzas, hay una última cosa que no puedo irme sin hablar. Si la idea es tener una medida del progreso y el bienestar, hay muchos aspectos irrenunciables del mismo, no necesariamente económicos, y que el PIB deja fuera. El PIB no considera el nivel de desarrollo de un país: su dotación de infraestructuras, las cuáles contabiliza si se construyen pero no su utilidad, pertinencia, a cuánta gente afectan, su impacto o si son necesarias o dónde faltan otras, ni tampoco el nivel tecnológico del país. El PIB no refleja el nivel de vida, cómo se ha distribuido el valor de esa producción, si la gente llega a fin de mes o si van sobrados y pueden vivir en casoplones e irse de vacaciones.

No toma en cuenta la salud de los ciudadanos, ni su nivel educativo (a menos que este se refleje en mayor productividad debido al capital humano, en cuyo caso lo refleja parcialmente) No dice nada de la libertad de la que gozan sus ciudadanos para operar libremente como agentes económicos y construir la vida que ellos quieren. No contempla si hay barreras a la igualdad impuestas, como un sistema estamental de clases, véase el caso de la India, limitaciones religiosas al acceso a ciertas condiciones de vida, o un sistema de gobierno totalitario en el que un 2% de privilegiados gozan del 90% de la riqueza del país. Aquí el caso de Qatar, un país con un PIB relativo descomunal, de los mayores del mundo, pero que fracasa miserablemente en todos estos puntos, y le debe esa cifra a la riqueza en gas natural y otros recursos.

El PIB no dice nada sobre la riqueza cultural de un país, sobre el nivel del conocimiento de sus ciudadanos, sobre su arte o su música, sobre el equilibrio de su dieta, sobre la cantidad y calidad de su tiempo de ocio.

Pero, sobre todo, el PIB no aporta conocimiento alguno de la mayor medida del bienestar: la felicidad. Tampoco se le puede echar tanto en cara esto último, al fin y al cabo, ¿cómo medir de forma fiable y estandarizada algo así? Pero ello no le excusa de ignorar por completo el factor de progreso más fundamental de todos, que indica lo sana o podrida que está una sociedad realmente. Sino, miremos a los países nórdicos. Un PIB espectacular para la población y capacidad que tienen, de los mayores en términos relativos del mundo, y sin embargo una de las tasas de suicidios más altas del mundo paradójicamente. ¿A eso lo llamaríais progreso vosotros? Yo, desde luego, no.

 

 

¿EXISTE ALTERNATIVA AL PIB?

Tras tanto machacar al PIB, queda patente la conveniencia de cambiar de indicador de referencia. Sin embargo, ¿es posible? Yo no soy el primero que se percata de muchos de los fallos que os he expuesto, pero ahí sigue sin inmutarse. Igual resulta que no es tan sencillo de reemplazar.

El PIB es fácil de criticar pero difícil de reemplazar” Paul Sheard

Vamos a ver, pues, cuáles han sido las propuestas probadas hasta la fecha, y qué tal les ha ido:

Así, empezamos por el PIB per cápita. Este es el resultado de una sencilla operación, a saberse, dividir el PIB entre toda la población, de modo que obtendríamos el reparto aritmético perfectamente igualitario entre todos los habitantes. Esto, evidentemente, es una soberbia estupidez. Ya he comentado el caso de Qatar, con el PIB per cápita más elevado del mundo, pero el bajo grado de progreso que luego tiene. Esto de por sí sólo ya anula este marco.

Además, otro factor que influye mucho este indicador, es la demografía, que no es un elemento de base económica ni tiene gran cosa que ver con el progreso. Depende de muchos factores que no computan en este cálculo, y tener más habitantes no es excusa para bajar el nivel de progreso, no necesariamente. Y, por supuesto, esta distribución aritmética no se da en la práctica en ninguna parte del mundo, así que no tiene sentido tomarla de referencia.

Sobre la distribución de la riqueza también existe el coeficiente de Gini. Este, sin estar exento de sus críticas metodológicas propias, sí es más sólido y relativamente veraz. Pero no nos sirve como indicador de progreso por lo mismo que el PIB: se centra solo en un aspecto, la distribución de la riqueza, con un enfoque materialista también, y deja fuera infinidad de elementos básicos del progreso.

Luego existe el Índice de Desarrollo Humano (IDH) y otros similares. La idea de base no es mala, un indicador como el PIB pero que incluye numerosos ámbitos, y estos están ponderados en una única cifra. Así, el IDH es una media de los valores obtenidos en los campos de economía, como PIB per cápita en Paridad Poder Adquisitivo, en salud, en forma de esperanza de vida, y en educación, por años de media de escolarización.

A priori es más completo este indicador desarrollado por el UNDP (programa de desarrollo de Naciones Unidas) Pero al hurgar sobre la superficie, hayamos mil problemas como con el PIB. En primer lugar, sigue dejando de todo fuera. En segundo lugar, no entiendo en qué criterio se basa dar la misma ponderación, 0’33 sobre 1, a cada elemento. Hay mil factores que, en cada país y circunstancia, pueden primar la importancia de uno sobre otro.

Y luego están los problemas metodológicos, de nuevo. El PIB pc en PPA, tiene todos los problemas ya comentados sobre el PIB y el PIB pc, y respecto a la PPA, ni me tiréis de la lengua. Baste decir que me parece personalmente una medida ridícula a la que podría sacarle un artículo entero de fallos. Medir todo lo que envuelve a la salud por la esperanza de vida, es una aproximación generalista a más no poder, que deja fuera infinidad de peculiaridades. Y la educación por años de escolarización, tres cuartos de lo mismo, es una aproximación muy básica que no mide nada sobre la calidad o las circunstancias de dicha educación, ni su tasa de éxito, ni mil cosas más…

Estos indicadores estilo del IDH son algo más completos que el PIB algunos, sí, pero pecan de los mismos fallos de exceso de ambición en lo que abarcan, generalismo que le hace carecer de profundidad ni potencia explicativa, y errores metodológicos y de enfoque.

Otra alternativa es la tasa de pobreza. Lógicamente cuanto más progresa una sociedad, menos pobres debería haber, hasta erradicarla. No niego la correlación, y me parece una aproximación interesante, pero de nuevo, parcial e incompleta. De nuevo deja todo tipo de detalles fuera, y no tiene mayor virtud que el propio PIB.

Es entonces, tras tanto fracaso acumulado, que surgió una idea: ¿y si en vez de reemplazar el PIB, lo adaptamos? Así nació el PIB verde, básicamente es el PIB pero descontándole anualmente unos “costes de desgaste medioambiental”. El concepto era bueno. O, al menos, su intención. Pero en la práctica… Menudo desastre.

Sin tener en cuenta todos los errores e imprecisiones metodológicas para estimar estos costes ambientales, este PIB verde ha sido todo un fracaso en la experiencia. En 2014, China intentó cambiarse a él, y tras tan sólo unos meses de catástrofe lo abandonó rápidamente. El motivo, es que es un indicador que, hoy por hoy, no es realista. Fue ideado pensando en un sueño utópico ecologista, no con realismo. Las economías actuales, en su estado, soportarían unos costes bestiales que harían este dato incluso negativo. Para que este parámetro fuera viable, harían falta décadas de reformas estructurales en el modelo productivo intensas sin parar.

Preparaos, porque ahora viene la alternativa más loca de todas. En la pequeña nación de Asia, Bután, durante los 70s, accedió al trono un joven que, nada más tomar posesión, con apenas 18 años, declaró: “La felicidad interior bruta es mucho más importante que el producto interior bruto”. Esto, lejos de quedarse en una mera declaración de intenciones, permeó en el FIB, el índice oficial de progreso en el país, basado en la felicidad enteramente. Tal cual.

 La FIB es un indicador que se calcula a través de encuestas masivas a grandes sectores de la población efectuadas de modo regular, y con cuyos resultados, se construye un complejo índice basado en pilares fundamentales de la tradición budista, como el medioambiente, la satisfacción vital, la calidad del gobierno o el respeto a la cultura. Consta de cientos de preguntas a raíz de las cuáles se elaboran 33 indicadores, que se agrupan por categorías y se ponderan en el índice definitivo, la FIB, como cifra única.

No parece una idea demasiado descabellada, pese a todo, hasta que vamos a las preguntas, dado que muchas incluidas son del estilo: “querrías formar parte de otra familia que no fuera la tuya”, “con qué frecuencia tienes pensamientos egoístas”, “tienes lavadora en casa” o “conoces las danzas tradicionales”.

Estas, sin duda, nos parecerán una extravagancia, pero resulta que allí son lo más normal del mundo. Ello nos conduce a una limitación técnica: cómo elaborar un indicador universal y comparable, si hay tantas gentes tan diferentes con sensibilidades tan dispares. Diseñar un indicador de estas características para cada país tampoco sería lo más práctico. Y si estas sensibilidades varían con el tiempo, como analizar su evolución temporal.

Por no hablar de las limitaciones técnicas de realizar regularmente semejante encuesta y cálculos: para Bután, con apenas 700 000 habitantes, es factible, pero en países como China o India con 1 billón 400 millones… Difícil. Y qué decir del sesgo y la subjetividad, no hablamos de magnitudes y parámetros verificables, la percepción del encuestado puede diferir de la realidad, o puede no pensarse la respuesta por las prisas, o mentir porque esté mal visto declararse infeliz, como en los países nórdicos.

Tras esta colección de fracasos, se antoja evidente que el PIB no era tan mal indicador después de todo, y que no es tan fácil sacar uno mejor. En estas circunstancias, existe un consenso en que es insuficiente y debe, sino sustituirse, sí complementarse con otros aspectos. Lo que ya no está tan claro, es cómo.

En este marco, os presento la última propuesta que os traigo hoy, y a mi juicio, la que más sentido tiene, más que por su contenido per se, por su planteamiento. El Instituto para el Nuevo Pensamiento Económico, una institución intelectual en materia económica de corte no ortodoxo, propone una aproximación interesante: Un parámetro, compuesto, formado por sendos indicadores ponderados, todos ellos cubriendo áreas relativamente específicas, pero de relevancia clave para el progreso, y estimarlas de manera objetiva y con base científica mediante una magnitud medible y contrastable. Esta aproximación me gusta, porque plantea en un paquete todos los pros del resto.

En concreto, el INPE propone 5 indicadores para ponderar: 1 Empleos de calidad, más que estar empleado o desempleado es trabajar con seguridad social. 2 Bienestar, qué tan satisfechos están los ciudadanos con sus vidas. 3 Medioambiente, medir las emisiones de carbono. 4 Equidad, reducir la brecha entre ricos y pobres y 5 Salud, contabilizar la cantidad de muertes evitables. Todos ellos son objetivamente medibles, y al no querer abarcar demasiado, no dejan fuera gran cosa respecto a lo que pretenden.

Yo comparto la pertinencia del planteamiento: Un macro-parámetro, compuesto de sendos indicadores menores, ponderados, que representan aspectos relativamente cerrados y se calculan en base a criterios medibles y objetivos. Pero no comparto la ejecución concreta de estos señores, que veo demasiado parcial y apegada a una cierta ideología concreta. Yo creo que el progreso no entiende de ideologías, y debe ser algo más completo y con mira más amplia. De ahí lo que os presento a continuación.

 

 

MI APORTACIÓN: PROPUESTA DE NUEVO INDICADOR

Como ya os he dicho, voy a establecer sendos indicadores, de reducida ambición y objetivamente medibles, y agregarlos ponderadamente en un parámetro global de progreso. En concreto, va a ser una selección de 10 indicadores de aspectos que considero fundamentales en el progreso y el bienestar.

Primeramente, uno de ellos va a ser el PIB. Como dije, me parece muy bueno en lo suyo y cuesta reemplazarlo. Pero, en mi caso, propondré una revisión metodológica que tanto he revindicado en mi crítica: un cambio en el enfoque, que no sea materialista. En concreto, yo propongo que el criterio para incluir las transacciones sea uno de utilidad. Así, las actividades como la guerra o los chiringuitos quedan fuera. De hecho, la mayoría del gasto público (a excepción de sanidad, educación y pocas más) queda fuera. Por otro lado, los excedentes del consumidor y actividades colaborativas, el acceso a información, y otras transacciones de valor sí se contabilizarían.

El criterio para asignar un valor a esa producción va a ser numérico, efectivamente, pero no en dinero corriente: yo propondría un patrón oro, alguna criptomoneda, o petróleo, u otro recurso, en fin, algo estable. Incluso una cesta de varios recursos para diversificar los riesgos de exposición a cambios bruscos en el stock disponible. Y, por supuesto, deflactado sobre el valor en un año base actualizable para evitar sesgos inflacionarios. Además, al estar el valor de la actividad soportado por un patrón estable pero limitado, se pierde el incentivo de producir hasta el infinito para no devaluar esa producción, contribuyendo al desarrollo sostenible. Así primará la búsqueda de economías de escala sobre la colocación de deuda a tipos de interés negativo actual, lo que viene siendo dinero gratis vamos.

Respecto a cómo valorar numéricamente por utilidad, la valoración base sería el coste de producción (valor intrínseco) y a partir de ahí se contabilizaría el valor añadido en forma de mayores prestaciones (como el ejemplo de los smartphones siendo tantos productos en uno) y por supuesto su versatilidad y uso (así la carretera con más pasajeros valdría más que la que recorren cuatro gatos) Importante matizar que el valor de estos productos en mi PIB revisado no tiene por qué coincidir con el precio de venta en el mercado.

En mi caso, se calcularía el valor añadido total multiplicando el coste de producción por un factor de utilidad estimado, con un valor decimal entre 1-2, que representará su utilidad y valor añadido. Por tanto, mi PIB sería numérico, pero no materialista, y basado en un patrón estable, y dando mayor valor a los ítems que aporten mayor bienestar.

La verdad, su intención no es reemplazar al original, que sigue siendo más fácilmente estimable y usable en modelos más amplios. Yo elaboro esto como parte de mi propuesta, basado en una metodología distinta más enfocada en estimar el valor de uso de la producción, y no su mero coste/precio, y en medir sólo las actividades con un valor de bienestar.

Volviendo a mi propuesta global, mi gran parámetro compuesto de 10 indicadores, el “PIB utilitario” sería sólo uno de ellos. El peso y ponderación de cada componente lo puede decidir cada gobierno, en función de su ideología y prioridades, haciéndolo una excelente herramienta de política económica y social. Tendría que haber un mínimo aún por definir de peso de cada parámetro, y transparencia indicando en los cálculos los pesos que se les asignan a cada uno. Un posible problema en países poco transparentes y corruptos, cierto.

Por lo demás, considero que hoy en día semejante indicador es realizable, dado que vivimos en la era del Big Data. Todos los datos necesarios que voy a sugerir ahora en mis indicadores tentativos, se pueden obtener y procesar fácilmente para elaborar y jugar con este “Parámetro del Progreso Económico” (PPE), como lo he bautizado.

Mi PPE estaría compuesto de los siguientes indicadores, de modo tentativo por ahora:

  1. PIB utilitario (mi revisión metodológica del original) –

Medir el valor uso de la producción, como ya he detallado.

  1. Índice de innovación: patentes comercializadas y ratio de éxito de start-ups (media aritmética entre ambas sobre una base común) –

Medir de algún modo el peso de la innovación en dicha economía. Es difícil, o directamente imposible, estimar de forma directa todas sus implicaciones, pero al menos, ponderándola en su propio ratio, se deja constancia de si dicha economía está a la vanguardia, y con los ratios que he elegido de si esta es exitosa, de modo que al menos queda reflejada la correlación innovación/progreso. Se infiere que traerá efectos positivos, que se cuantifican parcialmente en otros indicadores como PIB utilitario u oportunidades.

  1. Medidor calidad y satisfacción consumidor: incluir datos de las certificaciones de calidad de los productos y agregarlos sectorialmente en una media, y de las encuestas de satisfacción y el feedback de los clientes –

Medir los elementos subjetivos e intangibles de los que depende la satisfacción de las necesidades mediante el consumo.

  1. Diversificación económica: variedad sectores (cuántos tienen peso sistémico sobre el PIB, establecer categorías con mayor o menor puntuación según más diversificados estén) y concentración de mercado (grado de competencia medido en número de empresas e influencia particular sobre los precios) –

 Esta es sumamente importante, la competencia y variedad benefician a todos los agentes económicos, por una serie de razones que dan para su propio artículo.

  1. Calidad laboral y nivel de vida: Calidad laboral medida en número de contratos indefinidos que llevan más de un año de duración y que incluyen salarios y condiciones laborales igual o más favorables que la media del sector; y nivel de vida en un simple ratio entre ingresos medios por hogar (medido con la mediana, que es menos sensible a los datos de los millonarios que la media, o por percentiles) y coste medio de vida (inflación según el criterio que sea conveniente), y finalmente hacer una media de ambas variables para sacar el indicador –

Aquí es donde se mide cómo el progreso del país se ha visto repartido entre la población, grosso modo. No se trata de una absurda aproximación igualitaria, sino de simple justicia, esto es, los trabajos son dignos y la gente puede vivir decentemente.

  1. Libertad, corrupción y no barreras estamentales al ascenso social: Libertad de acuerdo a alguno de los índices ya existentes, corrupción igual, y que no existan barreras culturales o religiosas, o ideológicas, o gubernamentales, o de ningún tipo, al ascenso y movilidad social de los individuos, valorado de 0-10 siendo 0 el mínimo cuando dichas barreras son inexistentes –

Este es uno de los puntos más importantes de todos. No es estrictamente económico, pero condiciona el correcto funcionamiento de la economía, y más aún, de la sociedad misma. Una sociedad con carencias serias en cualquiera de estos tres es una sociedad enferma, incompatible con forma alguna de progreso, que se releva a un reducido grupo de privilegiados.

  1. Oportunidades: Estimar un parámetro con valor entre 0-10 atendiendo a una serie de criterios que representan oportunidades, como el ratio de pobreza, la facilidad para migrar, las barreras de entrada al mercado y barreras estatales a emprender, el paro y la dificultad de encontrar trabajo, los nichos de mercado incipientes por explotar, el acceso a tecnología en el país, entre otros, a concretar. Estimar de 1-10 todos los valores elegidos, y hacer su media posteriormente –

Por supuesto, aunque para muchos esto pueda antojarse secundario, en una economía no puede haber progreso sin oportunidades, no puede ser el estado quien tire del carro con todo. Tiene que haber un potencial equilibrado que permita a los individuos perseguir sus sueños, y contribuir a la mejora colectiva en el camino.

  1. Estado de bienestar: Para la educación, tasa de escolarización y de abandono escolar, encuestas de calidad docente y prestigio del sistema educativo del país internacionalmente, todos ellos ponderados en un único valor para educación; y para salud la esperanza de vida, el riesgo de muertes innecesarias, el riesgo de enfermedades graves entre la población y el acceso a servicios sanitarios de urgencia, todos ponderados en un único valor para sanidad. Después, sacar la media sobre 10 de ambas variables –

Salud y aprendizaje son dos necesidades básicas de todo ser humano, un país con alto progreso debería ser uno en que los individuos tengan acceso a ellas. No hay mucho más que decir que no se haya dicho ya.

  1. Encuesta de satisfacción con el nivel de vida: factores subjetivos ponderados, a saberse, clima, calidad comida y equilibrio dieta, calidad medioambiental (medida a su vez en emisiones contaminantes, diversidad biológica y disponibilidad de recursos naturales como el agua y la luz solar), dotación de infraestructuras adecuada, tiempo de ocio suficiente y variedad de actividades disponibles, riqueza cultural… Cuantos se incluyan, ponderados en un índice.

Aquí tienen cabida todos los aspectos sueltos que no son de naturaleza eminentemente económica (aunque alguna influencia haya) pero que tienen un enorme impacto sobre el bienestar. Una economía de gran progreso debería tener prácticamente todos cubiertos, de ellos depende el nivel de vida de la gente más allá del dinero.

  1. ¿Felicidad?: Como ya dije, es seguramente el aspecto más importante del progreso, y sin duda del bienestar. Progresar es avanzar a un estado mejor, y el mejor estado en que podemos estar es felices, por tópico que suene. Sin embargo, aquí se plantea un serio dilema, esto es, ¿qué es la felicidad y cómo medirla? Dado que es algo profundamente subjetivo, es dudoso que exista una escala definitiva y objetivable. Quizá el único método viable sea el de hacer encuestas anónimas totalmente, preguntando directamente si se es feliz o no, y valorar tu felicidad de 1-10… Sinceramente, no tengo respuesta para esta cuestión, lo dejo aquí porque sí lo considero imprescindible de tener en cuenta, pero queda abierto a aportes o a futuras ocurrencias por mi parte. Por ahora, nos quedaremos con las mencionadas encuestas, o con test emocionales.

Tras obtener todos estos indicadores, se agregan en un solo parámetro, ponderados a conveniencia, para objetivos concretos de política o para comparativas internacionales, y se obtiene mi PPE. Con él, considero, podemos estimar una aproximación más que razonable al nivel de progreso de una economía, mucho más completa que el PIB clásico. Objetivo cumplido.

Como matización final, hay que tomar este PPE como lo que es, un mero indicador económico. Es una cifra, fría y limitada, con mil detalles fuera. Los indicadores económicos sirven como resumen exprés, de un vistazo, de la situación que pretenden representar, pero son solo eso, representaciones, no la realidad completa. Ayudan a simplificar información, una vez entendida, para poder tomar decisiones más ágilmente y contando con más factores.

 Pero jamás pueden sustituir a la realidad, y requieren de complementarse con una reflexión en profundidad, filosófica y cualitativa, de las realidades que refieren, si pretenden tener algún valor. Si no entendemos realmente lo que hay tras esa cifra, no entendemos nada, sólo números y fórmulas. Siempre he sido, y seré, muy crítico con esa especie de drogodependencia de los economistas hacia estas herramientas. Son buenas ayudas para resumir cantidades ingentes de información compleja, pero no lo reflejan todo, y creer lo contrario es un error. Hay que usarlos con cautela y con cabeza. Ya he explicado, al criticar al PIB, qué tipo de cosas ocurren si no se hace así.

Eso es todo, queridos lector@s. Un fuerte abrazo y espero, como siempre, haberte sido ameno y haber podido aportarte algo con estas palabras. Me gustaría mucho conocer qué opinas y tus posibles sugerencias sobre mi propuesta de PPE, tener una suerte de debate vivo en la sección de comentarios. Por mi parte, no te robo más de tu tiempo, y te dejo con una pequeña reflexión sobre mi tema de hoy, muy célebre, realizada por el difunto presidente de los Estados Unidos, John Fitzgerald Kennedy:

 

“Y sin embargo, el PIB no permite conocer la salud de nuestros hijos, la calidad de su educación o el disfrute de sus juegos. No incluye la belleza de nuestra poesía ni la fuerza de nuestros matrimonios, no mide la calidad de nuestros debates públicos ni la integridad de nuestra administración.

El PIB no mide ni nuestra inteligencia ni nuestros coraje, ni nuestra sabiduría ni nuestra capacidad de aprendizaje, no mide ni nuestra compasión ni nuestra devoción por nuestro país. El PIB lo mide todo excepto aquello que hace que la vida merezca la pena. Y puede decirnos todo sobre los Estados Unidos excepto por qué nos sentimos orgullosos de ser estadounidenses.

Si esto es cierto aquí en casa, también lo es en cualquier lugar del mundo. (…)”

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