Reflexiones durante la crisis del Covid-19

Tras el vespertino y cotidiano aireamiento que nos permite esta situación excepcional de Estado de Alarma, me dispuse a entrar en las Redes Sociales —que últimamente se han vuelto mejor medio de acceso a la información que “la caja tonta”—. No fue de mi sorpresa la habitual desazón que desprendían —es el medio que cualquier adolescente o adulto aburrido utiliza para desahogarse— pero sí la crispación cada vez más creciente durante el confinamiento forzoso.

Vídeos de protestas y contramanifestaciones —de las que me abstendré de opinar—, gente insultándose y llegando incluso a agresiones físicas; a éstos, comentarios despotricando desde uno y otro lado. «Siguen siendo casos aislados», «No es un reflejo de la sociedad» me digo a mí mismo. Pero lo innegable es el caldo de cultivo que lleva décadas formándose y dónde, en los últimos años, se nota más el malestar general.

Esto me recordó a los cuadros del Romanticismo: Francisco de Goya y sus “pinturas negras”, Eugène Delacroix inmortalizando a “La Libertad guiando al pueblo”. La rememoración derivó en su coetáneo y paisano Théodore Géricault, junto a un suceso histórico:

 

La balsa de la Medusa.

Corría 1816, eran los primeros años de la Restauración. Régimen surgido en 1815 tras la definitiva derrota de Napoleón y el retorno de la dinastía borbónica con Luis XVIII.

El 17 de junio, una flotilla francesa zarpaba de la isla de Aix. Su fin era emprender un viaje a la ciudad de Saint-Louis (Senegal), para retomar la posesión del país —el cuál había sido restituido a Francia mediante el Tratado de París (1783)—. Transportaban a un grupo de colonos, militares, funcionarios y al nuevo gobernador del país entre ellos, el coronel Julien Schmaltz.

Una de las fragatas, La Méduse, mal comandada por el capitán Hugues de Chaumareys, naufragó frente a la costa africana de Mauritania el 6 de julio. Cuando, entre el caos y la desesperación, los 365 pasajeros pretendieron huir del navío en los botes salvavidas, se percataron de que no había suficientes para todos. Quienes no tuvieron la suerte de contar con uno de esos botes, construyeron con premura y aparejos improvisados una balsa con los restos de la fragata. Ésta debía de ser remolcada por los botes salvavidas —dónde se hallaba abordo el capitán, no siendo el últimos en abandonar el barco como manda la tradición—, pero debido a su elevado peso finalmente fue abandonada a su suerte.

Subieron a aquella balsa 147 personas, de los cuales solo 15 pudieron finalmente sobrevivir tras 13 días de naufragio. Los ocupantes de la balsa sucumbieron al hambre, la sed y a la exposición al sol, entre otras cosas…

Según los relatos, primero lucharon por el espacio en la balsa, que por el peso se hundía y muchos se ahogaron. Tras diezmar en gran cantidad el número de ocupantes y las provisiones, decidieron por votación arrojar por la borda a los malheridos y enfermos. Ya al cuarto día se acabó la comida —una única caja de galletas— dándose casos de canibalismo y ejecuciones sumarias.

Este escándalo fue intento de censura por el gobierno francés, que no quería que la prensa lo transmitiera y llegara a la opinión pública. Pero dos de los supervivientes, Jean-Baptiste Savigny y Alexandre Corréard, publicaron un libro describiendo los horrores: “Naufragio de la fragata La Medusa” (1817).

El clima de crispación y la historia inspiraron a Théodore Géricault para inmortalizar el episodio en un gran cuadro al óleo, titulado “Le Radeau de la Méduse” (La balsa de La Medusa).

 

Días del futuro pasado.

Vi aquella balsa como España, resultado de un navío mal comandado por un capitán sin más méritos que congraciarse con el poder. Tras numerosos errores de su capitán, alejándose de los demás navíos y sin corregir un rumbo erróneo —a vista de sus oficiales más experimentados e ignorados—, el barco acabará encallando.

Se han leído mal los mapas y nos dirigimos a aguas poco profundas, la quilla empezará a rozar con el lecho marino.

Pude oír aquel “sálvese quién pueda” y mientras unos construyen la balsa para salvar la carga, los altos mandos (incluido el capitán) están tomando posesión de los botes salvavidas. Al principio cada bote echará cabos a la balsa para el “bien común” e intentarán remolcarla.

Pero la balsa pesa mucho y empieza a hacer aguas. Es en ese momento cuando los botes, por su cuenta y para su salvación, empieza a cortar los cabos.

Mientras tanto, cada uno suelta sus propios recursos exculpatorios, «Yo no soy el malo, los malos son los otros». Palabrería de burócratas que tan solo quieren no perder el mando.

Muy pocos vieron venir el desastre y a menos les interesó. Estaban más ocupados repartiéndose las pocas provisiones que había en la balsa y disputando luchas internas y motines abordo. Solo cabe esperar un rescate de terceros, mandado por los de los botes salvavidas para poder recuperar lo poco que se haya salvado.

¿Quedaremos a merced de la tempestuosa e indómita mar, de los instintos más básicos de supervivencia y de la ley del más fuerte o del más canalla? ¿Agitando los jirones de ropa a la espera de que nos aviste un barco bajo mejor mando? No deseo tal cosa.

ACTA EST FABULA

R. Lázaro

1 Comentario
  1. Dorree Ricardo Creath 2 meses

    Un buen blog! Voy a marcar unos pocos de estos .. Dorree Ricardo Creath

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